En materia económica, la historia argentina enseña que las etiquetas son fáciles de pegar, pero mucho más difíciles de explicar como la clasificación que alcanza para explicar la problemática. No es sólo una cuestión semántica: desde hace rato que hay rasgos característicos de una “etiqueta” que conviven con otros. El Premio Nobel de Economía Paul Samuelson popularizó una frase que todavía se discute si era suya originalmente. “Hay cuatro clases de países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina”. Los dos primeros rótulos no tienen misterio; Japón era por aquel entonces (década del ’50) el ejemplo de un país que renacía de sus cenizas, incluso arrasada por bombas nucleares, y llevaba adelante un “milagro” económico. En cambio, nuestro país era el ejemplo inverso: con muchos recursos naturales, se enredaba en su laberinto y parecía estar condenado al descenso eterno. Hoy quizás siga siendo un ejemplo de abundancia de ciertos recursos naturales con una larga tendencia al estancamiento económico y su correlato, sin dilucidar si son causa o efecto: alta inflación permanente en el tiempo (al menos, medio siglo), crecimiento de la pobreza estructural y récord mundial de recesiones periódicas.
En alerta. Los síntomas aislados que presenta la economía argentina en esta primavera distan de ser los del preludio de un período de auge sostenido. Tampoco son los de una profunda crisis, pero sí hay un elemento novedoso que ayuda a camuflar muchas de sus debilidades: el cambio de la matriz productiva que genera la aparición de sectores “ganadores” paralelamente al hundimiento de otros, que podrían denominarse “perdedores”. Esta cifra esconde la dualidad que los especialistas denominaron hace décadas como la de una economía con dos velocidades.
En el primer lote se encolumnan aquellos sectores que encontraron una oportunidad en el cambio en las políticas públicas (apertura del comercio y alicientes fiscales). También por el cambio en los precios internacionales (el salto en el precio del gas natural licuado y el petróleo por la crisis geopolítica en Medio Oriente y de los granos de la guerra en Ucrania) o simplemente por el azar. Los “perdedores” constituyen la mayoría de los sectores manufactureros, mayoritariamente Pymes, que ven perder rentabilidad, actividad y empleo. De allí que es lógico la caída en la cantidad de empresas que hace alusión FUNDAR, -16.386 empresas en el último año y -31.342 respecto a noviembre de 2023, tomadas sobre los datos de empresas adheridas al régimen de ART y por lo tanto del empleo.
Por ejemplo, en julio pasado, la actividad cayó 2,9% con respecto a junio en la medición desestacionalizada del INDEC, constituyendo la mayor caída mensual desde abril de 2020. Para el economista Lucas Pussetto del IAE Business School, el dato es en sí mismo muy problemático porque implica que el nivel de actividad de la economía argentina fue el mismo de marzo del año pasado y sólo un 2,2% más alto que en noviembre de 2023. “Se lo mire por donde se lo mire, es una cifra difícil de asimilar”, comenta. En su último informe, la consultora Invecq analizó que en julio perdieron impulso varias de las actividades que venían sosteniendo el crecimiento agregado: la intermediación financiera pasó de crecer 6,1% en junio a caer 3,0% en julio de manera interanual; el agro desaceleró de 5,3% a 0,7% (y todavía acumula una suba de 9,8% en el año); y minas y canteras bajó su expansión de 15,8% a 8,4%, (con un alza acumulada de +13,5%). “El avance de estos últimos sectores no alcanzó para compensar la debilidad de los demás, mientras el retroceso del sector financiero resta otro de los motores que habían impulsado al EMAE”, explica en alusión al Estimador Mensual de Actividad Económica. Además, el dato complica la lectura trimestral porque el PBI desestacionalizado cayó 0,6% en el segundo trimestre, con lo que otra baja en este que recién concluyó configuraría una “recesión técnica” (dos trimestres seguidos en rojo).
Un estudio de Eco Go, indica que, tomando como base noviembre 2023=100, el EMAE registró 102,2 en julio, pero con mucha dispersión: la energía (126), intermediación financiera (120) y el agro (112) como claros triunfadores; mientras la industria (92) y la construcción (82) como derrotados. Esto se vuelca, finalmente en la variable más castigada en el último año: la inversión que no se agota en los proyectos del RIGI. Según datos de OJ Ferreres & Asociados, la inversión cayó 5,4% interanual en agosto, con signo negativo en la construcción como en maquinaria y equipos, constituyendo el décimo retroceso continuo y arrastrando una contracción de 7,9% acumulada en 2026.
Objetivo: desinflar. La primera promesa electoral fue la de bajar la inflación, algo muy lógico y un salvavidas en diciembre de 2023, donde figuraba como la prioridad excluyente para la ciudadanía. Sin embargo, una encuesta reciente realizada por el LOOP (Laboratorio de Observación de la Opinión Pública) de la Universidad de San Andrés muestra que las prioridades se invirtieron: mientras que la inflación pasó al octavo lugar (17%), el primer puesto lo ocupa la problemática del empleo (39%). Para el economista Jorge Colina, de IDESA, ambas cuestiones están vinculadas porque una de las ventajas de bajar la inflación es que mejora la situación de los trabajadores informales y esto baja la pobreza. “Con baja inflación, se explicita que es imprescindible mejorar la calidad de los empleos y si la estabilidad no se acompaña con recuperación del empleo, no solo que no bajará la pobreza, sino que aumentan los riesgos de que la gente vuelva a apostar electoralmente por el retorno al populismo”, argumenta.














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