Martes 24 de mayo, 2022

ECONOMíA | 24-04-2022 00:15

Escenarios económicos 2022: tradición inflacionaria

La peculiar dinámica de los precios jaquea la proyectada recuperación económica.

Mientras los economistas discuten si lo que sucedió a partir de la invasión rusa a Ucrania constituye un evento fortuito que arroja una “renta inesperada” para algunos o un “cisne negro” que acelera los frentes conflictivos para otros, la inflación local pegó otro salto. El otrora techo del 4% mensual se constituyó, a partir de este año, en un nuevo piso: proyectando el primer trimestre, el IPC de 2022 estaría corriendo casi al 82% anual.

Resulta una curiosa explicación de la dinámica que ya venía manifestándose desde finales de 2021 cuando se relajaron los controles previos a las elecciones generales. O, como ensayan dese el último informe del IERAL Jorge Vasconcelos y Mariano De Vita, “era esperable por el rezago con el que actúa la política monetaria, y también por la distorsión de precios relativos que se venía acumulando y que en marzo ha tenido una corrección todavía marginal, con ajustes de precios de combustibles y energía”.

Visiones. Con tantas horas de vuelo en materia inflacionaria, surge rápidamente comparar con otros dos períodos anteriores de alta inflación: la del gobierno de Raúl Alfonsín y la que renació luego de 2011. Para Camilo Tiscornia, director de C&T Asesores Económicos, lo que diferencia estas fases es la escala. “En los ’80, la inflación estaba mucho más lanzada que la actual y con respecto a la de la segunda parte de los 2000, es que al contrario venías de una década de convertibilidad, baja inflación, mecanismos de indexación desarmados y bajo desempleo con lo cual la inercia no era tan compleja”, observa.

Lo que indudablemente no sorprende de esta coyuntura es la convivencia con una alta tasa de inflación. La “multicausalidad” con que el ministro Guzmán se esforzó en atribuir la dificultad de éxito en el corto plazo en la “guerra” declarada contra los precios cada vez más díscolos, tampoco se somete a discusión. “Lo único raro de esta inflación, o por lo menos de que sea tan alta, es que se está dando sin una devaluación previa y sin ajuste de tarifas o de salarios fuera de contexto”, razona Francisco Gismondi director de Empiria Consultores. Para el economista, la situación actual es peor “que cualquier episodio de 2003 para acá, porque se está dando sin un disparador tan claro, tal vez comparable con la de 2019 desde las PASO hasta el cambio de gobierno”, agrega. La citada multicausalidad es la que despista: no se puede atribuir a una sola causa la nueva velocidad en el índice de precios sino, justamente, al juego retroalimentado de varios factores.

Efectivamente. Habitualmente, cuando el IPC se disparaba se miraba inmediatamente a las cuentas del Banco Central para ver la evolución de la tasa de emisión monetaria. Pero esta vez, acá intervienen dos factores: el rezago en el tiempo entre la creación de dinero, por un lado y la demanda de dinero, por otro.

En el primer factor, el salto ocasionado por el “plan platita” o la idea del oficialismo de mitigar la derrota electoral acudiendo al bolsillo del elector, fue financiado con emisión monetaria. El IERAL lo advertía el año pasado, cuando anualizaba la monetización del déficit fiscal del último semestre y le daba una cifra inaudita: casi 9% del PBI. Este derrame que constituyó un cambio de marcha en la política seguida por el equipo económico para enfriar la economía luego del tsunami monetario de 2020, cuando en noviembre el dólar había rozado los $190 (sólo 5% menos del valor actual, con casi 18 meses en el medio y 90% de inflación en el medio). “Entre septiembre y diciembre del año pasado, el BCRA emitió un 48 % de la base monetaria para transferir al Tesoro y casi el 70 % de todo lo que emitió contra el Tesoro en todo el año”, explican.

El otro aspecto que aceleró la inflación está vinculado con esto y tiene que ver con la abrupta caída de la demanda de dinero. Lógicamente, las perspectivas de inestabilidad monetaria y la búsqueda continua de salvaguardas a la erosión del capital, llevó a parte de la población a un cambio en la preferencia de liquidez, algo incompatible con la señalada mayor emisión. Cualquier gobierno puede actuar sobre una de estas patas de la ecuación (la oferta) pero difícilmente puede hacer que el público modifique estas opciones en su portafolio de monedas.

A pesar de los cepos, prohibiciones y dificultades para circular, la dolarización de facto en el menú del ahorrista se aceleró a medida que la inflación avanzaba. Para Diana Mondino, economista y profesora de la UCEMA, “hemos perdido los mecanismos para ahorrar, ya que la tasa de interés es negativa. Por lo tanto, cuando una familia o una empresa tiene pesos, prefiere consumir o refugiarse en el dólar. Así, la velocidad de circulación del dinero va aumentando”, explica.

Controles. Otro aspecto que llama la atención es que este rebrote haya coexistido con los controles de precios, tarifas y el tipo de cambio. Todavía no se conoce el impacto que tendrán sobre el precio de los servicios públicos y su peso en la canasta familiar el aumento “segmentado” pero se descuenta que oxigenará, además de las cuentas de las empresas del sector, a carrera del IPC. Desde agosto de 2018 que las tarifas se vienen retrasando contra el nivel general de precios y constituye una fuente creciente de emisión monetaria para paliar, justamente, el desbalanceo entre costos e ingresos de las empresas concesionadas. Pero también esta salida de tarifazo disfrazado de “redistribución” aumentará más la brecha que ya existe en un mismo mercado.  “Existen múltiples precios controlados o congelados”, apunta Mondino. “Transferir hoy completamente el costo de la energía al sector privado no sólo es inflacionario, sino que también es recesivo, porque las familias y empresas no podrían mantener sus gastos en otros rubros”, agrega. Un dilema más en el corto plazo para el diseño de una política antiinflacionaria “sustentable”.

Por último, el factor salarial no estuvo presente antes, pero podría empezar a pesar ahora. Los gremios con más poder de negociación y en sectores de “renta inesperada” ya han pedido desde 70% (petroleros) hasta 85% (camioneros) y muchos otros manifiestan su desconfianza hacia la inflación en cláusulas gatillo cuando la paritaria arranca de más abajo. El viejo lema de Hugo Moyano de cuando quería escaparse de la trampa del “dibujo patriótico” del INDEC intervenido por Guillermo Moreno, era sólo confiar en “la inflación del supermercado”. Nada nuevo bajo el sol.

Escenario próximo. “Si la moderación monetaria de este año continúa y el acuerdo con el FMI se cumple medianamente, la inflación mensual debiera bajar porque no puede seguir a este ritmo. Pero cuando se den los aumentos de tarifas y se acelere la devaluación puede haber meses de inflación superior a 6% dentro de esa trayectoria” arriesga Gismondi. En su proyección, la tasa anual no bajará del 60% y recién para 2023 podrá ser menor si hacen las cosas bien.

Ante todo, este mosaico de causas, sobrevino este verano, el salto abrupto del precio de los commodities, que ya venía manifestándose desde fines de 2020, cuando la pandemia cedió a la recuperación global. El dato a tener en cuenta es que entre los beligerantes Rusia y Ucrania producen el 60% de la oferta mundial de trigo y que es sólo la punta de un iceberg de lo que, para observadores como el analista Jorge Castro, constituye un conflicto global que afecta directamente a la producción agroalimentaria del país. Un dato positivo para los productores, pero un campo minado para la inflación. Una incógnita más que se agrega a este rompecabezas modelo 2022, reafirmando que la adrenalina en la economía argentina es innata.

 

 

Galería de imágenes

En esta Nota

Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Editor de Economía.

Comentarios