ECONOMíA | 14-04-2022 06:19

Energía inalcanzable

El conflicto en Ucrania aceleró los cambios en la industria energética y alteró las urgencias en la agenda del cambio climático.

Los libros de texto todavía destacan el shock petrolero de 1973 como un claro ejemplo de cómo un evento impredecible (posteriormente denominado como un “cisne negro”) alteraba rápidamente el escenario y desnudaba la vulnerabilidad del sistema económico vigente. ¿Será la invasión rusa a Ucrania el punto de inflexión en la tendencia que se veía delineando hasta este verano, al menos?

Panorama. Guerras de más alta o baja intensidad hubo siempre, pero en este caso, el impacto sobre la economía global se canaliza a través de la revolución en el mercado energético. El tema es que Rusia es un actor protagónico en el sector y su influencia se nota no sólo en el espacio económico más cercano (Europa Central), sino en lo que terminó derramando en el resto del mundo a través del encarecimiento del precio del barril de petróleo (que más que cuadruplicó los precios deprimidos de hace dos años) y del gas natural licuado, ambos con plataformas de exportación globalizadas.

Para el economista y especialista en energía Daniel Montamat, la disparada de los precios de complicaciones, en el mercado del petróleo y el gas, aunque todavía sigan fluyendo por los ductos hacia Europa. “La duración del conflicto determinará si la suba en los precios se puede mantener en el tiempo. Podría ocurrir un corte de suministro de Rusia o un boycot de la Unión Europea a Rusia, pero todavía no se sumaron al de los Estados Unidos. Si fuera así, su valor crecería todavía más”, especula.

Montamat cree que, por el lado de la oferta, en los combustibles fósiles (que siguen conformando el 80% del total) ya venía produciéndose una sustitución del petróleo por el gas; un cambio en la matriz de generación eléctrica (a favor de la eólica y solar) y una mayor participación de la electricidad en lugar de los derivados del petróleo en el parque vehicular.

Desde el punto de vista de la demanda, lo que observan son dos tendencias salientes: “la introducción de la digitalización y la aparición de redes inteligentes para permitir la interacción en el mercado para gestionar los picos de consumo eléctrico, por un lado, y la preferencia del consumo por energías con menos huella de carbono, por otro”. Finalmente, apunta a que el reemplazo carbón o petróleo por gas, es más fácil, pero otras sustituciones llevan más tiempo e inversiones y en el marco de una guerra pierde la prioridad. “Entre el paradigma verde y las urgencias de la guerra, se difiere esta agenda en el tiempo hasta que el conflicto termine”, concluye.

Matriz. “A raíz de estos cambios bruscos en el mercado, lo que se observa es la profundización del cambio en la matriz energética ya que los países europeos quieren romper el ahogo por la presencia rusa en su provisión de gas, especialmente y comienza a explorar fuentes alternativas en energías no fósiles”, explica por su parte el especialista en energía nuclear Julián Gadano. Otro aspecto que subraya es una aceleración de la agenda del cambio climático: con la salida más apresurada de los combustibles fósiles. “Algunos están retrasando la salida de centrales que pensaban desafectar en el corto plazo y otros están reprogramando las postergadas, porque la energía nuclear es de base alternativa a la de los fósiles”. También está vinculado con innovaciones en la industria nuclear: reactores más pequeños que permiten trabajar con energías distribuidas, además del alto costo geopolítico y económico que quedó evidenciado la dependencia de la energía rusa.

Para Gadano, en Argentina esta reconfiguración no será tan lineal. “No hay una política energética a largo plazo y, además, su orientación está loteada, por lo que hay varias líneas directrices y hasta a veces contrapuestas. Pero la apuesta debería ser a favor de romper la dependencia de las energías importadas porque este año, por ejemplo, el factor precio impactará muy fuerte en toda la economía”, explica.

Por su parte, Montamat sostiene que Argentina volvió a tropezar con la misma piedra: el cimbronazo está pegando en el déficit público y en las cuentas externas. “El tema energético ya ahora es parte del problema económico. Ya el año pasado habíamos tenido un déficit energético de US$ 700 millones, pero este año, con los nuevos precios trepará a los US$5.000 millones”, enfatiza.

Además, en 2021 los subsidios que cubren la diferencia entre el costo del sistema y las tarifas políticas, fueron de US$ 11.000 millones y US$ 12.000 millones si además se suman las inversiones. “Creemos que con las actualizaciones anunciadas y los precios internacionales en alza podrían llegar en 2022 a US$ 14.000 millones o aún más”, cierra.

Tarifas y política. El enfoque diametralmente opuesto frente a cómo financiar el servicio público en materia de energía, abrió una grieta en la materia. Jorge Vasconcelos, economista jefe del IERAL, apunta al impacto fiscal que la suba de precios tendrá en un flanco que fue señalado desde el vamos por el Fondo Monetario Internacional en las rondas de negociaciones. No es para menos: “en el memorándum se apuntaba a reducir la cuenta de subsidios en 0,6% del PIB en 2022, pero por la demora en la actualización de tarifas y la falta de gasoductos para transportar el gas de Vaca Muerta, los precios internacionales del gas licuado aumentarían el costo de los subsidios en 0,8 % del PIB”, añade. Para Fernando Navajas, economista jefe de FIEL, en un reciente trabajo expuso que los subsidios a la energía “han sido la piedra en el zapato de la macroeconomía

argentina desde que en 2005 empezaron a escalar y llegaron a valores record

superiores al 3% del PIB en 2015”. Pero en este año, “vienen afectados por shocks de

precios internacionales, por ajustes parciales o indexatorios que paga la demanda y

por novedosos mecanismos de segmentación que no tienen antecedentes en el país

ni en el exterior”, desliza. Y remarca que la pretendida rebaja fiscal en este campo para poder “cerrar” las cuentas comprometido con el FMI (US$3.000 millones de costo) y lograr “sólo” el 1,8% del PBI, deberían ahora elevarse a US$9.000 millones. Es interesante el cálculo que presenta Navajas sobre diferentes estimaciones que han realizado sobre el porcentaje del precio que es pagado por el consumidor. En 2019, los usuarios pagaban el 69% del costo de la electricidad y el 78% del gas. Pero el año pasado, dichos porcentajes bajaron a 31% y 45%, aunque para este año, en el caso del gas, podría descender incluso al 27% si no hay la peculiar segmentación por “guía Filcar”. El costo fiscal no es inocuo: en 2018, los subsidios llegaban al 1,1% del PBI, pero se elevaron al 2,5% para el año pasado. La incógnita entonces radica en cuál será el número final para este año.

Impacto final. También en el balance externo, son magnitudes a tener en cuenta. Si bien Vasconcelos cree que el impacto final será neutro, nadie se anima a firmar esa certeza. En el plano del comercio exterior las exportaciones agroindustriales estarían aumentando en US$ 6.000 millones por la suba de los precios agrícolas y las importaciones energéticas y fertilizantes estarían subiendo en una cifra similar.

Todo esto devuelve a la actividad económica un rol diferente: ¿será un consumidor neto de divisas para importar energía y materias primas cuyos valores se fueron a las nubes o podrá compensarlas con la tendencia sostenida de mejores valores en los mercados de commodities globales? Un desafío extra para la economía argentina: aprender de esta coyuntura de incertidumbre que las exigencias de la sostenibilidad compensan con creces cuando hay que empezar de cero.

 

 

También te puede interesar

por Tristán Rodríguez Loredo

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios