Cuando se analiza la evolución del crédito en Argentina, la tentación es leer un único número agregado y sacar conclusiones generales. Sin embargo, los datos del BCRA y de consultoras especializadas revelan algo mucho más complejo: el mercado crediticio argentino no es uno solo, sino al menos dos mercados superpuestos con dinámicas, riesgos y perspectivas radicalmente distintas. Comprenderlos por separado es condición necesaria para anticipar sus implicancias sobre la actividad económica y la estabilidad financiera.
El segmento de crédito a las familias atraviesa hoy su momento más delicado desde la salida de la pandemia. La expansión crediticia de 2024 y 2025, traccionada por la baja de tasas reales, la recuperación de los salarios nominales y el retorno del crédito en cuotas, llegó antes que la recuperación genuina del poder adquisitivo. La reducción de los niveles de inflación impidió la licuación de las deudas con el paso del tiempo, una dinámica que generaba bajos niveles de morosidad. El resultado ha sido el previsible: según datos del Banco Central (BCRA) en marzo de 2026, la irregularidad en el crédito a las familias alcanzó el 11,5%, frente al 3,3% de un año atrás. Los préstamos personales lideraron el deterioro con una mora del 14,2%, seguidos por las tarjetas de crédito con el 11,2%, cinco veces el nivel registrado a fines de 2024.
Este deterioro no es homogéneo y afecta principalmente a los trabajadores informales, que representan aproximadamente el 40% de la fuerza laboral, cuyos ingresos no se ajustan por paritarias y quedaron rezagados respecto de la inflación. Para este segmento, el crédito operó como un amortiguador temporal que hoy se agotó. La consecuencia directa es una desaceleración en la creación de nuevos préstamos. Los bancos, con carteras deterioradas, restringieron sus políticas crediticias para morigerar sus pérdidas.
En el otro extremo del espectro, el financiamiento corporativo en dólares experimentó una sólida expansión. Según datos del BCRA, el crédito en moneda extranjera al sector privado pasó de representar el 1% del PBI en noviembre de 2023 al 5,8% en mayo de 2026. Este fenómeno fue impulsado por tres factores convergentes: el blanqueo que capitalizó el sistema bancario con depósitos en dólares —que saltaron de US$14.000 millones a US$39.000 millones en el período—, la baja sostenida del riesgo país, que abarató el costo del financiamiento externo, y el RIGI, que traccionó decisiones de inversión en energía y minería.
El mercado de capitales fue el gran protagonista de este ciclo. En 2025, las emisiones de Obligaciones Negociables (ONs) totalizaron USD17.500 millones, de los cuales el 54% correspondió a empresas del sector energético. La mora en este segmento se ubica en el 3,1%, manejable, aunque en suba desde el 0,9% de diciembre de 2024, y la cobertura de previsiones del sistema resulta adecuada. Sin embargo, la concentración sectorial en energía introduce un riesgo específico porque una corrección en los precios internacionales del petróleo o el gas podría modificar rápidamente las condiciones de este segmento.
El crédito al consumo depende, en gran medida, de la recuperación del salario real. Si las paritarias del segundo semestre de 2026 logran superar la inflación proyectada, los ingresos reales recuperarán terreno y la mora comenzará a normalizarse paulatinamente. Este es el escenario base que proyectan muchas consultoras especializadas, aunque ubican el piso de la morosidad en el segundo trimestre de 2026. La oportunidad en este segmento existe porque una vez que la mora se estabilice, la demanda de crédito reprimida puede traducirse en una recuperación un poco más vigorosa del financiamiento al consumo. El riesgo es que la inflación se muestre más resistente de lo esperado y postergue ese punto de inflexión.
El crédito corporativo en dólares continuará siendo el segmento más dinámico en el corto plazo, con la condición de que se mantenga la estabilidad cambiaria y el riesgo país no sufra un deterioro abrupto. El BCRA acumula compras por cerca de US$9.000 millones en 2026 y el tipo de cambio se mantiene en torno a los $1.430, lo que genera un entorno propicio para que más sectores, además de la energía, se sumen al mercado de capitales. La diversificación sectorial de las emisiones corporativas sería una señal muy positiva de profundización financiera. El riesgo principal en este segmento es la dependencia de condiciones externas, donde una reversión del apetito global por riesgo generaría un cierre abrupto de esta ventana de financiamiento.
En síntesis, el sistema financiero argentino muestra, en simultáneo, una expansión notable en algunos segmentos y un deterioro preocupante en otros. Leer este fenómeno como un todo homogéneo conduce a diagnósticos incorrectos. El crédito al consumo enfrenta su mayor desafío desde la salida de la pandemia y el crédito corporativo en dólares atraviesa un momento de oportunidad con riesgos acotados. La convergencia de estos dos mercados hacia una dinámica más equilibrada, donde el crédito financie genuinamente la inversión productiva y el consumo sostenible, depende, en última instancia, de que la estabilidad macroeconómica lograda se traduzca en mejoras reales del ingreso. Ese es el verdadero termómetro de la confianza.
*Profesor de Gestión del Riesgo y Finanzas en IAE Business School.
por Damián Falcone














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