Viernes 30 de julio, 2021

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 25-11-2020 22:51

Alberto Fernández, del Dr. Cahn al Dr. Cahe

La muerte de Maradona, otro test del destino para un Presidente que quería ser un hombre común.

Digamos todo: desde aquella carambola electoral que armó Cristina Kirchner para volver al poder de manera solapada, Alberto Fernández dejó de ser definitivamente “un hombre común” -como le gusta llamarse-, para convertirse en un enigmático instrumento del destino. Un estado de excepción que camina.

Presidente inventado por su vice, asume preocupado por deuda nacional y pobreza record, pero antes de acomodarse en el sillón de Rivadavia, un virus pandémico arrasa con la poca normalidad que quedaba en la Argentina. No obstante, Alberto saca pecho, explica filminas triunfales, festeja su modelo sanitario y se convierte en héroe accidental de las encuestas. Pero no: casi todo estaba mal, porque resulta que su gobierno termina peleando los primeros y peores puestos del ránking global en infectados y muertos por millón, a pesar de haber dictado una de las cuarentenas más largas y restrictivas del planeta. En el medio, renegoció un alamante default, con el dólar desbocado, pero antes de festejar la reestructuración, sus nuevos bonos de canje batieron récords de depreciación precoz. Su vice le manda tuits y cartas abiertas que suenan a alertas antes del caos, sin embargo, él las toma como una buena señal. Y sigue adelante.

Anuncia, con alivio forzado, la inminente vacuna y afloja el aislamiento colectivo, aunque no se anima a reabrir en serio las escuelas, porque las cifras nacionales siguen en rojo. Sin crédito financiero ni inmunidad viral, igual está empeñado en terminar su primer año de mandato dándole alguna alegría -la que sea- al sufrido pueblo. Pero el destino, como ya le advirtió la carta astral que le hizo su expareja y actual mano derecha legal y técnica, le tiene reservado “construir sobre las cenizas”. Mientras buscaba una fiesta popular para alegrar el fin de año, murió Dios. Es cierto que la de Diego Maradona era una muerte anunciada, pero lo fue desde hace tantos años que cuando finalmente llegó, cayó como un balde de barro hediondo. Murió el inmortal. Y Fernández, el hincha de Argentinos Juniors que se despertó Presidente, el hombre que quiere ser común aunque la Historia no lo deja, se encontró de nuevo ante el abismo del humor nacional, condenado a pilotearlo una vez más.

No era una decisión fácil. La Casa Rosada es un escenario familiar de los mejores momentos del diez. Los estadios también, y con ventilación más acorde a la normativa sanitaria que tanto pregonó el oficialismo durante el año que vivimos en peligro contagioso. Pero no: el desfile multitudinario, con toda su incoherencia sanitaria, recuerda demasiado al de hace una década atrás, cuando la súbita muerte de Néstor Kirchner pareció un acabose en el momento de la primicia shockeante, pero que con el correr de las horas se fue transformando en el gran punto de quiebre que consolidó la hegemonía de Cristina y sus herederos. La tentación mediática es grande para el peronismo, que desde los adioses de Evita, Perón y Néstor, encuentra en los sepelios apoteóticos su zona de confort política. Y Diego, después de todo, se merece eso y mucho más.

El tiempo dirá cómo salió esta nueva apuesta abismal de Alberto. Ironías del destino: empezó el año abrazado a las certezas inciertas del doctor Cahn, y lo termina signado por las peripecias médico-familiares que no pudo llevar a buen puerto el doctor Cahe. Pobre Presidente de un país sin remedio.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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