Jueves 3 de diciembre, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 20-11-2020 17:29

Es la educación, estúpido

El año más pauperizado de la escolarización argentina plantea la oportunidad de un debate histórico sobre el futuro del país.

El año de la pandemia forzó a los argentinos a reconocer sus verdaderas prioridades, más allá de la corrección política puramente declamativa. La tímida y tardía reconexión de los niños y jóvenes con la escolaridad presencial demuestra con crudeza qué poca importancia estratégica le otorga esta sociedad a la educación. Y no sólo es un inasible plan estratégico de largo plazo lo que falta, sino que tampoco se le dio valor táctico a las escuelas durante la emergencia sanitaria que puso en jaque al país durante todo el 2020. 

 

Por un tabú bastante hipócrita, no se puso sobre la mesa de discusión pública el inevitable y necesario rol de “guardería” que cumplen los establecimientos educativos de los tres primeros niveles: el Estado gastó miles de millones en subsidios para padres y madres que se ausentaron casi un año de sus trabajos simplemente para cuidar a los menores de edad en sus hogares, en lugar de enviarlos al colegio. Ese debate ausente, que implicó una asignación de recursos improductiva, se olvidó principalmente de la infancia más carenciada, que es la que menos tuvo la oportunidad de suplir la asistencia a clases con otras herramientas educativas, sin contar con el rol tradicional de la escuela pública como compensador del impacto cultural negativo de la pobreza en el desarrollo emocional y cognitivo de los alumnos.

 

Distraído por una batalla judicial para elites dirigentes, el Congreso pasó por alto el drama educativo que aqueja a la Argentina, y que se agravó con la cuarentena “extra large”. El oficialismo se lavó literalmente las manos, echándole la culpa de la catástrofe escolar al Coronavirus, como si la educación no estuviera entre las actividades más esenciales, y por lo tanto no mereciera la creatividad y los millones del Estado en tiempos de crisis pandémica. Cuando se le señalaron otros ejemplos alternativos en el resto del planeta, los propagandistas K los rechazaron como muestras de la irresponsabilidad sanitaria de gobiernos insensibles, aunque muchos de esos países terminaron teniendo cifras de muertos y contagios menores al falso exitismo de las filminas de Alberto Fernández. Y en pleno rebrote viral de los países desarrollados, el relato K se aferra a los casos de suspensión de clases, soslayando que se trata de casos muy puntuales y por períodos cortos de emergencia. Se trata simplemente de esconder uno de los renunciamientos más escandalosos de un espacio ideológico que se llena la boca con la “defensa de la educción pública”.

 

La oposición, por ahora, no pudo dar una respuesta muy superadora a la mediocridad planteada desde el Gabinete nacional. El exabrupto de la ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, apenas logró deteriorar más la relación con los docentes y mostrar el fastidio impotente de la funcionaria PRO con el Talón de Aquiles de un país que no encuentra su pasaporte al futuro. Pero el lapsus de Acuña, a pesar de su costo mediático, señala al menos una oportunidad política que el macrismo viene desperdiciando desde el triunfo electoral de Mauricio Macri, y que ahora el desafío pandémico volvió a poner en evidencia. 

 

La famosa “batalla cultural” que supuestamente ganó el kirchnerismo nunca pudo tapar el hueco del sistema educativo nacional, basado en premisas del siglo XIX, emparchadas con las costumbres gremiales y burocráticas del siglo XX, pero que solo se limita a correr desde muy atrás las necesidades educativas que impone el siglo XXI. 

 

Incluso en los términos de progresividad en la distribución de recursos que declama el kirchnerismo cuando vota nuevos impuestos, la educación se mantiene en un limbo de inequidad social injustificable. Sería un escándalo calcular los millones que destinan buena parte de los hogares de clase media para pagar jardines, primarias y secundarias privadas de alumnos que, en muchísimos casos, terminarán estudiando en la UBA sin pagar un solo peso, en lugar de armar un poderoso y progresista fondo de becas, sostenido por aranceles y subsidios, que garanticen el acceso a la educación universitaria de los que menos tienen. Pero eso se llama, en otros países, “meritocracia”, y aquí se ha convertido en mala palabra oficial.

 

Aunque el posmacrismo no se anime a meterse en las peligrosas arenas movedizas del debate áspero y profundo de la nueva educación que necesita la Argentina para salir del pozo, las redes sociales muestran el caldo de cultivo que la tragedia escolar pandémica genera entre los potenciales votantes anti K. Allí hay disponible un relato muy potente para hacer política de alto voltaje, que en tiempos electorales recalentaría la grieta a niveles explosivos, pero que, en el largo plazo, puede dejar un legado más transformador. Sólo falta que aparezca el -o mejor, “la”- Sarmiento de la era Twitter.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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