Lunes 26 de octubre, 2020

SOCIEDAD | 25-09-2020 00:20

Educación: las secuelas del aula vacía

A seis meses de falta de clases presenciales, surge un interrogante: ¿es irrecuperable este año en educación? Especialistas y docentes analizan este proceso que dejará huellas más o menos profundas.

Según la Unesco, hasta principios de agosto de 2020 y como consecuencia del cierre de instituciones educativas, para detener la rápida propagación del COVID, más de 1.060 millones de estudiantes en todo el mundo se encuentran fuera de la escuela. De ellos, más de 160 millones corresponden a estudiantes de América latina y el Caribe.

La virtualidad suplantó rápidamente la presencia en las aulas. En Argentina, según los datos preliminares del proceso de continuidad pedagógica, el 95 % de los hogares recibió propuestas pedagógicas, pero el 53 % padeció la conectividad, es decir, se vio privada de su derecho a la educación.

Alejandro Castro Santander es docente, investigador, Director General del Observatorio de la Convivencia Escolar y autor de, entre otros libros, “Conflictos en la escuela de la era digital. Tecnología y Violencia”. Consultado por NOTICIAS sobre si este es un año perdido en materia de educación, considera: “Es un año distinto, excepcional que creó mucha incertidumbre y se hizo lo que se pudo con lo que se tenía. El tema es que a veces, no ir a la escuela, se convierte en perder el único lugar a través del cual se puede  acceder al conocimiento. Sin computadoras, sin celulares adecuados o directamente sin conectividad, con padres sin recursos para ayudar a sus hijos, el proceso educativo se hizo inviable”. El especialista agrega: “La desigualdad, más que surgir, se evidenció y se incrementó por la postergación de respuestas concretas a reclamos de décadas en el sistema educativo. Ya nadie duda del bajo interés de la política y de muchos ciudadanos hacia la educación. Tanto salud como educación son derechos impostergables y no están como deberían. Durante las tormentas, lo que esta flojo se deteriora o se pierde”. 

Gonzalo F., es maestro de primer grado en el Barrio Piedra Buena de la Ciudad de Buenos Aires. Todos los días, envía la tarea por whatssap a sus 24 alumnos. Solo cuatro, responden con periodicidad. El resto, cada tanto. Sabe que muchas familias no tienen computadoras, hay un solo celular en la casa y se arreglan con datos. “Hay 7 familias que no encontré más en el teléfono”, se lamenta.

Con respecto al cumplimiento de objetivos, el maestro cuenta que en un año normal la mitad de su curso ya leería y escribiría. “Hoy no tenemos manera de evaluar eso -admite-. Los padres mandan la tarea hecha y uno como docente tiene la opción de pedir un video, pero no lo hago porque no quiero presionar con una evaluación. Armamos la actividad, pero la situación pedagógica ocurre en el seno de la familia, y las familias no son docentes”.  Gonzalo está convencido que las secuelas de este proceso depende de las autoridades: “Se tienen que entregar computadoras a las familias que no las tienen y liberar internet, que ya se convirtió en un derecho humano básico en cuarentena. Y los derechos no se garantizan solos”, dice.

Relata anécdotas dolorosas: “Una mamá que me envió un audio y me explicó que no  sabía leer ni escribir y que no tenía quien ayude a su hijo”. De todas formas, el maestro cree que no está el año perdido:“Lo que no se hizo en estos 6 meses, no será irrecuperable si se toman medidas justas en un futuro cercano. La gente sigue viva. Los nenes que no aprendieron a leer ahora, lo aprenderán en algún momento”.

Silvia Ardizzone es maestra de primer grado en la escuela N°31 Juana Manso, en Tierra del Fuego. Desde que comenzó la pandemia, todos los lunes envió la tarea con videos explicativos. A doce familias (en un radio de 50 cuadras) se las alcanzó cada semana  impresas a sus casas. “Yo no creo para nada que sea un año perdido”, dice. “Hace un tiempo comenzamos con dos clases semanales virtuales y, lamentablemente, de 22 alumnos, se conectan 7 u 8 nenes”. El resto no se conecta por cuestiones laborales de los padres, por no tener Whatsapp o por carecer de dispositivos. “Pero hacen las tareas, las familias me mandan fotos o los nenes que se han largado a leer me envían audios”, se alegra la seño. Silvia reitera que fue fundamental la ayuda y acompañamiento de las familias. Entiende que los avances no fueron los mismos que otros años, pero lo importante es que se va aprendiendo.

“Creer que este es un año perdido en la educación sería desconocer los esfuerzos que están haciendo las familias, los chicos, los docentes y las autoridades educativas para sostener la escuela sin presencialidad”, dice a NOTICIAS, Vanesa D´Alessandre, investigadora asociada del programa Educación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento ( CiPPEC),  “Unicef señala que el 79 % de los estudiantes tuvo contacto con la escuela en este tiempo de pandemia -agrega-. Incluso creo que aprendimos cosas nuevas como la aceleración de procesos que estaban en marcha con la incorporación de las tecnologías digitales en la enseñanza y en el aprendizaje. Creemos que esto se podrá capitalizar cuando regresemos a las clases presenciales”.

La investigadora destaca el rápido accionar de las autoridades: “Con las aulas cerradas las escuelas siguieron trabajando, con aciertos, errores y déficits. Una de las primeras respuestas que dieron las autoridades educativas fue garantizar el acceso al contenido pedagógico, como los portales de recursos educativos. Sabemos que el 37 % de adolescentes no tiene dispositivos digitales, el 18 % no tiene acceso a internet, y la mitad de las conexiones no permiten intercambio sincrónico (zoom, meet). Por eso, en este contexto se recurrió a cuadernillos impresos y contenidos de radio y televisión”.   

¿Habrá costos? “Eso es seguro”, responde D´Alessandre y considera que habrá que hacer un esfuerzo enorme para recuperar estos aprendizajes. “Nos preocupa más el empobrecimiento generalizado de las familias que va a dejar esta pandemia -opina-. Sabemos que cuando las escuelas se abran, muchos estudiantes, en especial adolescentes, no van a volver”.

Antonio Sosa es el director de la Escuela N°249 de Santo Tomás, una escuela rural de zona desértica, a 40 kilómetros de Piedra del Águila, y a 240 kilómetros de la capital de Neuquén. Allí no hay internet, pero el Covid 19 arrasó con 40 casos en una población muy pequeña.

A su escuela asistían 60 chicos, aunque hay algunos niños “golondrinas” que van rotando durante el año. “Esta pandemia no nos dio tiempo a nada” dice el Director que hace 7 años dirige esta escuela multigrado. “Alcanzamos a elaborar unos cuadernillos de diagnóstico y los llevamos a los hogares para conocer un poco a los alumnos. En una segunda etapa, el Ministerio de Educación de Nación envió otros cuadernillos pero no estaban contextualizados en la realidad de estos niños y eso nos complicó la tarea”. Antonio cuenta que hace poco llegó la señal de Movistar 2G, que solo sirve para el teléfono y no permite whatsapp ni bajar archivos ni ver videos. Algunos docentes acompañan las secuencias didácticas en los hogares, pero también allí surgen grandes silencios, porque no es lo mismo el niño sentado en su banco, con su rutina de los recreos.

En San Salvador de  Jujuy se suspendieron las clases virtuales durante la semana del estudiante en todos los niveles. “En realidad hay muchos alumnos y docentes contagiados, esa es la realidad, de 450 personas fallecidas en Jujuy, 27 son docentes”, dice Raúl Barba, profesor de historia de una escuela secundaria.

Al final, ¿se habrá aprendido?

“Sociólogos y filósofos desconfían de un cambio significativo en nuestras conductas. Hablamos de 'nueva normalidad', pero esta necesita tiempo para que se convierta en hábito”, concluye el investigador Castro Santander.

 

*Integrante del Equipo de Investigación de Perfil Educación.

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por Adriana Vanoli*

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