Jueves 4 de junio, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 27-03-2020 11:06

La fiebre del Covid-19 genera síntomas revolucionarios nac&pop

El Presidente y la tribuna kirchnerista se dejan llevar por las fantasías inchequeables de cambio global que desata la pandemia.

Las declaraciones de Alberto Fernández en la TV pública para difundir su versión de la teleconferencia del G20 le dieron un empujón oficial a los delirios revolucionarios que ya se incuban en la opinión pública kirchnerista desde que desembarcó la pandemia del Covid-19 en la Argentina.

El Presidente contó anoche que los grandes líderes mundiales reconocieron la necesidad urgente de unirse contra el Coronavirus, e inyectar dinero para salvar la economía global del colapso. También señaló que, aunque en la cumbre virtual del G20 se habló de proteger a tiempo al continente africano de los efectos devastadores de la pandemia, la Argentina busca instalar en la agenda de rescate global la situación de emergencia en la que está ingresando América latina, por su vulnerabilidad socioecónimica severa. Para Alberto Fernández, se impone que los más poderosos del planeta avalen la creación de un gran fondo de rescate humanitario, junto con un llamado a los acreedores internacionales para condonar intereses y otros servicios de la deuda soberana hasta nuevo aviso.

La esperanza presidencial de que esta catástrofe sanitaria desemboque finalmente en un mundo mejor, al menos para la Argentina, tiene un reflejo más febril y desaforado en la tribuna kirchnerista. La idea de que la pandemia es una especie de revolución alimenta la ilusión de tuiteros y periodistas del oficialismo, que sostienen que el Coronavirus implica un cambio radical de paradigma económico en favor del Estado empresario y la distribución automática de la riqueza. 

A eso se le suma la revancha contra los bautizados “chetos”, tanto los que deambulan por las calles en cuarentena como los que deambulan por el mundo buscando cómo volver a la Argentina. Se trata de una especie de linchamiento mediático oficialista que, llamativamente, el kirchnerismo venía criticando como parte del supuesto mecanismo de Lawfare contra sus “presos políticos”. También el Presidente habilitó con su colección de insultos a ciudadanos puntuales en infracción esta lapidación clasista que apasiona a los influencers nac&pop.

En plena fiebre alucinatoria por los efectos revolucionarios que podría propiciar el golpe del Coronavirus, el kirchnerismo cree haber encontrado el Plan B que el nuevo Gobierno venía buscando sin éxito desde antes de asumir. Pagadiós de la deuda externa, control total de precios, aumentos de salarios por decreto, créditos blandísimos, tarifas congeladas, y todas las intervenciones posibles del Estado peronista en el ámbito privado. Y los poderosos del mundo, calladitos y ayudando a la Argentina a salir de una vez por todas del pantano.

Ese oasis K puede ayudar a muchos militantes en cuarentena a sobrellevar el encierro y la angustia personal, pero nada indica que sea sustentable, ni siquiera en el mediano plazo. Es cierto que las grandes potencias del planeta, y especialmente sus líderes ocasionales, están acusando recibo del sorpresivo cachetazo a su soberbia que les pegó el virus. También es cierto que el capitalismo cruje con el parate del libre comercio. Y el efecto igualador de esta peste, que ataca a ricos y pobres, genera un fenómeno que los sociólogos de la cultura describen como “carnavalización”: se trata de un acontecimiento que parece poner el mundo patas para ariba, que confunde alto y bajo, que cuestiona las normas y jerarquías establecidas, en una gran fiesta paródica que le quita simbólicamente la corona al rey y se la presta al pueblo. Pero confundir ese clima de revuelta de las costumbres y los sistemas con una revolución permanente y definitiva puede ser apenas una ilusión febril nocturna, que se disipa al amanecer, como el fin del carnaval.

La historia del capitalismo por ahora demuestra que, ante cada crisis global que parece ponerlo de rodillas, se activan anticuerpos que, pasados los primeros síntomas revulsivos, terminan fortaleciendo y potenciando el dominio del capital sobre las otras fuerzas que pujan por el control económico y político del mundo. Esto no significa que el cambio social sea imposible. Solo que no está garantizado por la mera aparición de un cisne negro contagioso. Como diría Cristina Kirchner, no fue magia. Y nunca lo que será.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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