EN LA MIRA DE NOTICIAS | 05-02-2020 14:19

Por qué Alfonsín no es un traidor

La decisión de aceptar la embajada europea que le ofreció Alberto Fernández sigue una lógica que excede sus apetitos personales.

No está ni mal ni bien la decisión de Ricardo Alfonsín de aceptar el cargo de embajador en España que le ofreció Alberto Fernández. Es cierto que luce desprolijo asumir como funcionario albertista apenas dos meses después de haber tuiteado que no buscaba cargos en el nuevo Gobierno, pero es cierto que la palabra política se ha vuelto cada vez más líquida en los últimos años. En todo caso, la decisión de Alfonsín vuelve a meter el dedo en la llaga del sistema de partidos en la Argentina.

Aunque haga mucho calor para formalismos republicanos, conviene recordar que nuestra Constitución consagra la representación democrática como un sistema de partidos, no simplemente de personalidades influyentes que se ponen o no de acuerdo café de por medio y le dan para adelante. Para que existan los partidos como un ámbito de inclusión cívica de mayorías, no se ha inventado hasta ahora otro mecanismo que el de la vida partidaria organizada en torno a congresos, asambleas, internas y otras instancias de decisión colectiva como mandato que sus autoridades tendrán que ejecutar de cara al resto del espectro partidario y de la sociedad en su conjunto.

Por ausencia de apego a estas burocracias partidarias, se dice que el peronismo es un “movimiento”, y que el PRO funciona como una empresa liderada por un CEO (por ahora, Mauricio Macri) y un directorio de altos mandos encargados del management. Se supone que el radicalismo mantiene, mal o bien, los viejos modales de la dinámica partidaria. Y ante el fracaso del experimento de las PASO para devolverle contenido paticipativo popular a la elección de candidatos de todos los espacios, al menos el rosqueo vintage del radicalismo servía como una especie de reserva ecológica de la especie en extinción que es el viejo partido político en la era de Twitter.

Pero no. La decisión de Alfonsín, que según él mismo fue consultada con un par de correligionarios, exhibe la misma informalidad y falta de apego a los canales formales partidarios que el resto de los mal llamados “partidos”. El hijo del ex presidente argumenta (todo en un tuit, como se estila hoy) que así busca contribuir a la superación de la famosa “grieta” que divide a los argentinos.

Pero al saltearse la instancia partidaria de debate y toma de decisiones más o menos consensuadas, no hace otra cosa que alimentar la necesidad lógica de la opinión pública de ordenarse de algún modo alternativo al tradicional: quizá sea éste el rol de la grieta, la única herramienta que hoy parece encontrar la mayoría para discutir decisiones individuales y agruparlas con alguna lógica de orientación política. En ese sentido, Alfonsín no le falla a nadie, solo sigue la corriente general de despartidización de la vida política nacional. No es traidor, apenas posmoderno.

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Silvio Santamarina

Silvio Santamarina

Columnista de Noticias y Radio Perfil.

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