Domingo 5 de julio, 2020

EN LA MIRA DE NOTICIAS | 26-06-2020 13:20

Qué esfuerzo espera Cristina de Alberto Fernández

Ante el anuncio presidencial más difícil desde que arrancó la cuarentena, el kirchnerismo junta fuerzas para resistir tiempos más duros.

Aunque se volvió una frase cotidiana la afirmación de que “esto no da para más”, la pandemia dejó claro que la paciencia social en realidad no tiene un límite. A contramano del sentido común, la capacidad de adaptación y tolerancia humana a las restricciones y la adversidad es extraordinariamente elástica. Y esa flexibilidad no depende tanto de las circunstancias ni de la idiosincrasia nacional, sino de la pericia política de los líderes para modelar y manipular la comunicación y los tiempos del cambio colectivo. Eso lo sabe muy bien Cristina Kirchner, y lo está aprendiendo, a duras penas, su presidente designado.

El siglo pasado es una biblioteca amarga pero también sabia sobre la infinita resiliencia humana a la adversidad: no hay guerra, masacre o depresión económica que no pueda asimilarse socialmente, si hay un liderazgo dispuesto y capaz de cualquier cosa, la más sublime o la más repugnante. Así encaró la crisis argentina la jefa fundadora del kirchnerismo, repartiendo tareas con Alberto Fernández: mientras ella se ocupa de lo judicial y político más puro y duro, él le pone el pecho a la trampa financiera y ahora a la sanitaria. Alberto aguanta, y Cristina avanza.

En las próximas horas, al Presidente le toca maniobrar una vez más el timón de la moral colectiva, pidiendo más paciencia a cambio de nada bueno: apenas la promesa incierta de que habrá menos muertos y no tantas quiebras comerciales gracias a nuevos subsidios de emergencia que pronto llegarán. Aunque la oposición coquetea con acompañar el malhumor social, al final termina acompañando a desgano el aislamiento indefinido como única herramienta fuerte que ofrece el Gobierno contra la pandemia.

La misión es dura pero no imposible. La clase media argentina ladra pero no muerde, o al menos lo piensa mucho antes de salir a cacerolear en serio pidiendo que se vayan todos: la última vez que se animó a hacerlo fue en el 2001, con la diferencia de que, esta vez, hasta los más enojados saben que la calamidad nacional viene de afuera y que contagió a todo el planeta. La otra diferencia es que el timonel de aquella tormenta era Fernando De la Rúa. Y lo más delicado era que hace 20 años no había red social de contención para prevenir saqueos y levantamientos populares: hoy esa red, con sus costos y fallos, cumple su cometido político.

Este es el tablero que mira Cristina y que le muestra a Alberto. La batalla es día a día. Sin la victoria garantizada, pero con chances de llegar de pie al 2021. Y entonces se verá qué se puede rescatar de los escombros.

 

 

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