Monday 14 de September, 2026

ESPACIO NO EDITORIAL | 07-09-2026 11:38

Hay dolores que quisiéramos llevarnos

El dolor pediátrico no solo transforma la vida de quien lo padece, también pone a prueba a quienes lo acompañan. El dolor en la infancia no es una versión menor del dolor adulto. Cuando se aborda de manera inadecuada desde el comienzo, puede persistir y volverse crónico. El sistema nervioso de un niño está en desarrollo y el dolor recurrente o no aliviado puede modificar la forma en que el cuerpo procesa los estímulos.

Cuando un hijo enferma y el dolor se instala en su cuerpo, algo cambia en el de sus padres. Nadie se prepara para sostenerle la mano mientras algo le duele y no poder hacer nada para evitarlo. Para mirarlo a los ojos y decir «vas a estar bien», sin saber si es cierto.

Hay dolores que quisiéramos llevarnos

Hay algo instintivo en querer interponerse entre un hijo y aquello que pueda dañarlo. Pero cuando el peligro vive dentro del propio cuerpo, ese instinto se encuentra con un límite. Y aparece una palabra que muchos padres conocen, aunque pocas veces dicen: impotencia. No es debilidad, es la distancia entre lo que quisiéramos hacer y aquello que está en nuestras manos. Frente a la impotencia de no poder quitarlo, aparece una pregunta: ¿qué podemos hacer?

De pronto hay que aprender un lenguaje nuevo -estudios, dosis, escalas de dolor-. Aflora la culpa por trabajar, por cansarse, por distraerse. Como si cuidar exigiera estar disponibles.

Pero los padres también necesitan ser cuidados. Porque un niño no solo registra lo que se le dice: lee los silencios, la respiración, los gestos. Cuando un adulto logra encontrar calma, aun en medio del miedo, puede convertirse en ese lugar seguro desde el cual el niño se sostiene.

Si el dolor no se puede evitar, queda algo importante: la manera de acompañarlo. Se puede intervenir en la experiencia que ese dolor construye. Porque cuando un hijo duele, el amor aprende otra forma de proteger: no siempre puede quitar el dolor, pero puede convertirse en refugio mientras pasa.

Con el tiempo, esa circunstancia vuelve a los padres más pacientes, más atentos al dolor ajeno, más aferrados a lo esencial. No todos los procesos tienen un desenlace favorable ni dejan aprendizajes claros. Pero queda una certeza: no haber podido aliviar el dolor de un hijo, sí haberlo acompañado a atravesarlo. A veces, cuando no se puede curar, eso es lo más grande que se puede ofrecer.

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