Monday 27 de July, 2026

ESPACIO NO EDITORIAL | 06-07-2026 15:39

Los peregrinos de Pujato

No iban a Luján ni al santuario del Gauchito Gil; el destino era la vereda de Scaloni. La historia mínima de Daniel y su hijo Facundo, que cruzaron la provincia con una ofrenda de madera para un “santo” con buzo deportivo.

Por Alejandra Dabel — La ruta 9 se extendía recta, gris y eterna bajo el cielo santafesino. Llevaban manejando desde la madrugada, esquivando pozos y camiones. Envuelto en papel madera y atado con hilo sisal, descansaba el mate que el abuelo Oscar había empezado a tornear en el taller antes de que su cuerpo dijera “basta”.

Los peregrinos de Pujato

​   Llegaron a Pujato, y el pueblo parecía detenido en otra época. Calles de tierra, chicos en bici, medianeras bajas. A tres cuadras de la entrada, varias personas se amontonaban frente a la vereda de una casa común, demasiado corriente para albergar al hombre que había devuelto la felicidad a un país entero. Daniel y Facundo se unieron al grupo. Cada devoto llevaba su ofrenda: camisetas para firmar, postres, tortas, cajones de verduras.

    El abuelo Oscar alcanzó a ver el partido contra Egipto. Unos días después se descompuso y falleció. Cuando la familia revisó sus herramientas sobre la mesa de trabajo del taller, descubrieron la verdad tallada en la madera: el mate que estaba haciendo decía “Para Scaloni”. El nieto, que había heredado la maña y el pulso, terminó de pulir los bordes y sacarle lustre.

   Hubo un movimiento detras de las cortinas y se encendió la luz de la entrada de la casa. Scaloni abrió la puerta y salió a la vereda. Se lo veía cansado, pero contento. El grupo se acercó eufórico. Cuando les tocó el turno, Facu dio un paso al frente y le tendió el mate de nogal.

  —Somos de Mar del Plata—dijo Daniel—. Lo empezó mi viejo y lo terminó él.

   Scaloni se quedó mirando el mate. Pasó el dedo por la madera pulida, deteniéndose en la textura de la base que había tallado el abuelo. Apoyó una mano en el hombro del chico y les agradeció en voz baja.

  Volvieron al auto. El motor tosió un par de veces antes de arrancar. Nadie dijo nada, ya habían cumplido con la misión. El chico miró la ruta que se abría por delante y pensó que, de haber estado ahí, el abuelo Oscar ya le estaría criticando a Scaloni los cambios en el segundo tiempo.

por CONTENTNOTICIAS

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