Hay parejas que, después de años de convivencia, descubren que ya no saben cómo hablarse. Comparten una historia, una casa, una familia o proyectos en común, pero sienten que conviven con un desconocido. Paradójicamente, cuanto más tiempo llevan juntos, más extraños pueden volverse el uno para el otro.
Esa sensación suele aparecer, de distintas maneras, en las primeras consultas. "Venimos a ver si todavía podemos salvar esto", "ya pasamos por otros terapeutas y sentimos que siempre terminaban poniéndose del lado de uno" o "él quiso empezar terapia porque yo nunca hice". Detrás de esas frases aparecen conflictos cotidianos: discusiones frecuentes, desacuerdos económicos, dificultades en la crianza de los hijos, pérdida de la intimidad o el desgaste propio de los años de convivencia.
Aunque cada historia es diferente, existe un aspecto que suele repetirse: la dificultad para escuchar al otro. En ese escenario, la terapia de pareja no busca establecer quién tiene razón ni repartir culpas. Su función es ofrecer un espacio donde ambos puedan comprender cómo se fue construyendo el conflicto y encontrar nuevas formas de vincularse.
Toda pareja es una construcción dinámica que necesita revisarse a lo largo del tiempo. Cuando esa posibilidad desaparece, el vínculo puede quedar atrapado entre dos extremos: la rigidez de una relación que deja de transformarse o la imposibilidad de reconocer al otro como alguien distinto.
El filósofo Emmanuel Levinas llamó alteridad a esa capacidad de aceptar que la otra persona nunca es una extensión de uno mismo. Desde esa perspectiva, uno de los desafíos centrales de la terapia consiste en revisar las propias certezas para que la diferencia deje de vivirse como una amenaza y vuelva a convertirse en una posibilidad de encuentro.
En esa misma línea, Jacques Lacan sintetizó una idea fundamental del vínculo en una de sus frases más conocidas: "Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es". Lejos de ser una expresión romántica, invita a reconocer que ninguna persona puede completar plenamente a otra y que aceptar esa falta constituye una condición necesaria para construir una relación.
Los proyectos compartidos también ocupan un lugar central. Son los que permiten que la pareja no quede reducida únicamente a la rutina cotidiana, sino que conserve un horizonte común capaz de darle sentido al vínculo.
Existe además un prejuicio muy instalado: creer que iniciar una terapia de pareja significa que la separación es inevitable. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que el proceso no persigue un desenlace determinado. En algunos casos ayuda a reconstruir la relación; en otros, permite elaborar una separación de una manera más saludable. Ninguno de esos resultados constituye, por sí mismo, un fracaso.
La terapia de pareja tampoco pretende reemplazar el trabajo personal que cada integrante realiza sobre sí mismo. Se trata de un dispositivo pensado para un tiempo breve, enfocado en el vínculo, mientras cada persona continúa, cuando resulta necesario, su propio proceso de terapia individual. De ese modo, cada espacio puede abordar aquello que le corresponde: la terapia individual trabaja la historia singular de cada sujeto, mientras que la terapia de pareja se concentra en la dinámica del vínculo y en las herramientas necesarias para reconstruir el diálogo entre ambos.
Más que conservar una relación a cualquier precio, la terapia de pareja propone recuperar la posibilidad de volver a encontrarse con el otro desde un lugar diferente. Escuchar, revisar aquello que dejó de funcionar y animarse a construir nuevos acuerdos no garantiza que una pareja continúe unida, pero sí permite que las decisiones que tome sean más conscientes y menos condicionadas por la repetición del conflicto.
Lic. Maximiliano Bon
Psicólogo y Psicoanalista
Instagram: @lic.maximiliano.bon
por CONTENTNOTICIAS















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