Cuando pensamos en las herramientas capaces de impulsar nuestra carrera profesional, solemos pensar en la formación, la experiencia o los vínculos. Sin embargo, existe otra que atraviesa todas ellas y que muchas veces damos por sentada: el inglés.
Y es justamente ahí donde surge una pregunta fundamental: ¿cuánto de nuestro potencial profesional puede quedar invisible cuando no podemos expresarlo en inglés?
Durante años, el inglés fue concebido, en buena medida, como una habilidad más para sumar al currículum. Sin embargo, en un mundo atravesado por la globalización, la internacionalización de los mercados y una circulación de información y conocimiento sin precedentes, esa concepción resulta cada vez menos suficiente.
Quizás sea necesario, entonces, pensar el inglés desde otra categoría: como el nuevo capital profesional que exige el siglo XXI.
Y esto no significa que el inglés sea, por sí mismo, una garantía de crecimiento. Hablar inglés no nos vuelve, por sí mismo, mejores profesionales. Su valor reside en otra parte: en la posibilidad de movernos con mayor autonomía por una cantidad mucho más amplia de espacios profesionales.
Espacios de conocimiento, formación y especialización. Publicaciones y eventos. Comunidades profesionales y redes internacionales. Proyectos, mercados y oportunidades laborales. En este sentido, el inglés opera como una puerta de acceso a un universo profesional significativamente más amplio.
Pero acceder no equivale necesariamente a poder aprovecharlos plenamente. A lo largo de mi trayectoria trabajando con profesionales, hay una frase que he escuchado con frecuencia: “Siento que tengo que simplificar mis ideas al hablar en inglés y terminan perdiendo impacto”.
Y esa distancia importa. Porque cuando buscamos negociar, construir autoridad, ejercer liderazgo o influencia en un escenario profesional internacionalizado, necesitamos contar con los recursos lingüísticos que nos permitan generar impacto a través del inglés.
Para eso, no alcanza con conocer las estructuras gramaticales ni con poder sostener una conversación cotidiana. Necesitamos desarrollar un inglés que podamos utilizar como instrumento de pensamiento y de acción: para comunicar nuestras ideas con la convicción suficiente para que el idioma no reduzca aquello que somos capaces de aportar.
Es allí donde el inglés adquiere su verdadero valor como capital profesional: cuando está a la altura de nuestras ideas y no nos obliga a empobrecerlas. Cuando deja de ser una frontera entre nuestro potencial profesional y el mundo, y se convierte en el puente que nos impulsa a llevarlo más lejos.
María Agostina Larroulet, fundadora de English to Bloom, es Profesora y Traductora de Inglés formada en Argentina y Reino Unido.
Si querés contactarte con ella, podés hacerlo a través de:
Instagram: @englishtobloom
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