Thursday 19 de February, 2026

ESPACIO NO EDITORIAL | 12-02-2026 13:51

No es el trabajo. Es el vínculo que tenes con tu trabajo

Con una analogía entre el vínculo amoroso y el laboral, Gaby Centurión nos propone dejar de mirar el trabajo solo como empleo y empezar a pensarlo como una relación.

Hay algo profundamente humano —y también algo infantil— en la manera en que muchas personas se vinculan tanto con el amor como con el trabajo. Porque generalmente esperamos que nos haga felices, que nos dé sentido, que nos valoren, que nos entusiasme y que, además, nos garantice estabilidad y reconocimiento. Pero todo eso es muchísimo peso para poner sobre algo externo.

Y cuando esa expectativa no se cumple, solemos movernos entre dos extremos: o pensamos “esto no es para mí” o nos convencemos de que “me lo tengo que aguantar, no me queda otra”. Ninguna de esas posiciones es verdaderamente adulta. Crecer no es resignarse; es abandonar el ideal. Ni la pareja perfecta ni el trabajo perfecto existen. Siempre habrá tareas que no nos gustan, días sin ganas, desacuerdos, conflictos.

La pregunta no es si el vínculo tiene partes incómodas. La pregunta es si puedo convivir con esas partes sin desdibujarme?.

En una relación sana no se busca perfección, sino una base sólida: respeto, coherencia, posibilidad de hablar y margen de crecimiento. Con el trabajo pasa lo mismo. No es necesario amar cada tarea ni cada reunión, pero sí es importante que el vínculo no perjudique de manera constante tu autoestima ni te obligue a achicarte para pertenecer. Un buen trabajo, como una buena pareja, no completa; potencia. No evita los desafíos, pero ofrece un terreno donde es posible equivocarse, aprender y sostener una identidad propia sin miedo.

El problema aparece cuando el vínculo se vuelve desigual. Muchas veces no estamos frente a un “mal trabajo” en términos absolutos, sino ante una relación laboral que empezó a apoyarse en la sobreentrega. Aguantar más de lo necesario, justificar lo injustificable, adaptarse hasta empezar a desdibujarse, confundir sacrificio con compromiso. La fantasía de que, si doy más, el otro va a cambiar es tan normal en el amor como en el trabajo. “Si soy más comprensivo…” se convierte en “si me esfuerzo más, si me quedo más horas, si no me quejo”. Pero el resultado de esa dinámica rara vez es el esperado. Cuando el vínculo se sostiene en el desequilibrio, el desgaste se incrementa cada vez más.

También aparece el rol de la persona imprescindible: la que siempre está, la que resuelve, la que sostiene lo que otros dejan caer. En el corto plazo puede generar reconocimiento; en el largo, suele naturalizarse. El entorno se acostumbra a esa disponibilidad permanente y deja de verla como algo extraordinario. Y lo paradójico es que, cuanto más indispensable alguien se vuelve, menos cuidado recibe. No necesariamente por maldad, sino porque el entorno se acostumbra a su capacidad de sostenerlo todo. El sistema —sea una empresa o una relación— se acomoda a la sobreentrega, y la naturaliza.

En toda relación sana hay reciprocidad. Se da y se recibe. En el trabajo debería ocurrir lo mismo: tiempo, esfuerzo y responsabilidad a cambio de aprendizaje, reconocimiento, crecimiento y estabilidad. El intercambio no es el problema. El problema surge cuando dejamos de revisar cuánto nos está costando y empezamos a sostenerlo por inercia.

Es cierto que el sistema laboral muchas veces es injusto. Hay culturas organizacionales que normalizan la presión excesiva y estructuras que priorizan resultados por encima de las personas. Eso es real. Pero el sistema opera a través de vínculos concretos, todos los días. Y dentro de un mismo contexto no todas las personas viven lo mismo. Algunas se desgastan hasta romperse; otras, en algún momento, logran poner límites, cambiar de posición, disfrutar de lo que hacen o tal vez deciden irse. No es una cuestión de fortaleza ni de carácter, es una cuestión de vínculo. De cómo cada uno se para frente a lo que pasa, de cuánto está dispuesto a tolerar, de saber qué necesita para sentirse bien y respetado.

La mayoría de las personas no elige de manera consciente cómo se vincula con el trabajo. Simplemente reproduce el mismo patrón que aprendió en otros vínculos importantes. Y hablar de la relación que tenemos con el trabajo no niega que el sistema pueda ser injusto. Lo que hace es traer la discusión al único lugar donde realmente tenemos margen de acción: el vínculo de todos los días. Ahí es donde el desgaste se reproduce… y también donde puede empezar a cambiar para mejorar.

Porque ningún vínculo es perfecto. Ni en el amor ni en el trabajo. La cuestión no es que todo encaje, sino si aquello que no encaja se pueda integrar… o si nos está apagando de a poco. El trabajo no vino a salvarte, pero tampoco a destruirte. Es un vínculo más. Y como todo vínculo, necesita revisión constante.

Una buena pareja te potencia. No porque te “complete”, sino porque te expande. Te animás a hacer cosas que solo tal vez no harías. Te sentís más seguro. Más visto. Más capaz. Un buen trabajo puede hacer exactamente eso. Puede darte confianza. Puede mostrarte habilidades tuyas que no sabías que tenías. Puede ser un espacio donde desplegás algo que te gusta y que encima impacta en otros. Y eso es re poderoso.

Lo que tiene el trabajo, es que además, se entrelaza con la identidad. No decimos solo “trabajo de…”, decimos “soy…Director, Gerente, Coordinador, Jefe, etc”. Esa identificación vuelve el vínculo más intenso y, cuando algo se quiebra ahí, el impacto no es solo profesional: es personal. Por eso la decisión de quedarse o irse rara vez es puramente económica; también toca la imagen que tenemos de nosotros mismos porque llegamos a identificar nuestra identidad con el rol profesional.

Quizás por eso el punto no sea simplemente irse o quedarse. El punto es desde dónde se está en ese vínculo. No es lo mismo permanecer por elección consciente que hacerlo por miedo. No es lo mismo reconocer el costo que negarlo. La madurez no elimina el conflicto; lo vuelve visible.

En una pareja madura no buscás que el otro te haga feliz todo el tiempo. Buscás que el vínculo acompañe la vida que querés construir. El trabajo también puede ser eso: un aliado en tu proyecto de vida. No el centro absoluto de tu identidad, pero sí una pieza que encaja coherentemente. Incluso la incomodidad puede ser positiva. En una relación sana, el otro a veces te confronta, te muestra cosas tuyas que desconocías, te invita a crecer. No es cómodo, pero es expansivo. En el trabajo pasa igual. Hay desafíos que incomodan, pero te hacen crecer. La diferencia está en si esa incomodidad te fortalece o te apaga.

El trabajo no te puede hacer feliz por sí mismo. Igual que tu pareja, no puede solucionarte la vida. Lo que sí puede es acompañar la vida que querés construir. Y eso depende también de vos: cómo elegís vincularte, qué límites ponés, qué cosas sostenés y qué cosas decidís no tolerar. Mejorar la relación con tu trabajo muchas veces implica mejorar la relación que tenés con vos mismo, aprender a comunicar lo que necesitás, y dejar de justificar o romantizar situaciones que te lastiman.

Por eso mirar la relación de frente, entender tu rol en ella y decidir cómo querés ser, es el primer paso para construir un vínculo laboral sano: uno que te acompañe, te desafíe y te permita crecer, en lugar de desgastarte.

Y creo que es importante hablar de esto porque el trabajo ocupa demasiadas horas de la vida como para pensarlo solo en términos económicos. No es un lugar neutro. Es un espacio donde te validan o te minimizan, donde te sentís capaz o insuficiente, donde te expandís o te achicás. Eso no es solo “laboral”. Eso es vincular.

Y cuando no lo pensamos como vínculo, lo pensamos mal. Si lo vemos solo como empleo, todo se reduce a me pagan / no me pagan bien, me gusta / no me gusta, me conviene / no me conviene. Pero cuando lo empezamos a ver como relación, podes notar cosas más profundas: ¿Cómo te sentís ahí? ¿Quién sos cuando estas ahí? ¿Te volvés más grande o más chico? ¿Estas eligiendo o estas en piloto automático?

Es cierto que no siempre tenemos el trabajo que soñamos. Las oportunidades no son infinitas, el contexto económico influye y muchas decisiones no se toman desde la comodidad. No elegimos lo que nos gustaría. Elegimos dentro de nuestras posibilidades, nuestros recursos y nuestros miedos. Y eso mismo también ocurre en el amor. Tampoco tenemos exactamente el vínculo ideal que imaginamos. Tenemos el vínculo que podemos sostener, según quiénes somos y cómo nos posicionamos. Por eso el punto no es si todos pueden trabajar en el lugar perfecto. El punto es desde dónde se está en el lugar que hoy se tiene.

Muchas veces queremos tener un trabajo sano, respetuoso, motivante. El deseo es válido. Lo que suele estar invertido es el orden. Buscamos tener sin preguntarnos primero quién tenemos que ser para sostener eso que pedimos. Queremos transparencia, pero evitamos conversaciones incómodas. Queremos valoración, pero no defendemos nuestro trabajo cuando lo minimizan. Queremos oportunidades de crecimiento, pero nunca las pedimos. Queremos estabilidad, pero no negociamos nuestros límites por miedo.

Después nos preguntamos por qué la historia se repite. En el trabajo, como en cualquier vínculo, la fórmula no es tener–hacer–ser. Es al revés: ser–hacer–tener.

Un vínculo laboral sano no empieza cuando aparece la empresa ideal. Empieza cuando uno empieza a ser alguien que se elige, que se respeta, que puede decir “esto sí” y “esto no” sin sentir que su valor depende de agradar. Pero ser no alcanza si no se traduce en acciones. No sirve desear algo sano si después se tolera lo que desgasta o se justifica lo que lastima.

Cuando cambia la forma de posicionarse —cuando se ponen límites, se habla claro, se asume el costo de elegir— el resultado cambia. No porque el mercado laboral sea mágico, sino porque ya no somos la misma persona disponible para cualquier dinámica.

Eso no garantiza el trabajo soñado. Pero transforma completamente la manera de estar en el trabajo que hoy se tiene. Primero sos. Después hacés. Y recién entonces tenés. Y muchas veces no estamos en el trabajo equivocado. Estamos en el lugar que encaja perfecto con lo que todavía no nos animamos a cambiar.

https://www.instagram.com/gabycenturionok?igsh=dGd0OXMxc25kNGk5

https://www.linkedin.com/in/gabriela-centurión?utm_source=share&utm_campaign=share_via&utm_content=profile&utm_medium=ios_app

https://www.tiktok.com/@gabycenturionok?_t=ZM-8upJE5xzdLh&_r=1

por CONTENTNOTICIAS

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios