Viernes 30 de septiembre, 2022

SOCIEDAD | 17-09-2021 16:45

La grieta entre periodistas

Los gritos y el escándalo reemplazaron a la información. Las peleas entre comunicadores, la militancia y el daño a la democracia.

Quien en los últimos días se sometió a los canales de noticias, escuchó a reconocidos comunicadores vomitar en su “periodismo de opinión” las siguientes expresiones: “atorrantes”, “gobierno de inútiles”,  “siniestros”, “escoria política”,  “crápulas”,  “boludos”, “gobierno de asesinos”, “prototipo de sicópata social”, “ladrones comunes“, “putos e imbéciles”, “gobierno de chorros”, “mafia de los privilegios” o “listas de chorros”.

Si el periodismo profesional lleva décadas intentando insertar valores como integridad,  precisión, equilibrio, confiabilidad o equidad, aquellas expresiones nos muestran un fracaso absoluto.

Todas esas expresiones de barricada son fake news. La dinamita verbal da para la calle o la tribuna, pero no para periodistas, a los que si una virtud se les pide es el rigor. El gran historiador francés Marc Bloch decía que las crisis tienen gran fecundidad mítica y el pensamiento grietero suele ser una cadena de mitos basados parcialmente en información real.

Ya sabemos que todas las sociedades tienen discursos inciviles. Eso forma parte de lo que es una sociedad abierta. La libertad de expresión va más allá de los límites de lo que nos gusta escuchar, y siempre hay en los márgenes argumentos, ideas y prácticas odiosas.

Pero lo preocupante es cuando las promueven algunos de los más importantes comunicadores en los principales medios, como C5N, LN+, TN o A24. En la grieta, el fondo es la impugnación y la forma es el agravio.

Cuando esos discursos se instalan en el centro de la escena la convivencia está al filo del abismo. La voluntad de no convivir, como decía Julián Marías, se difunde peligrosamente.

En nuestra historia, la novedad no es el periodismo militante sino el profesional. Aquel ha sido el que ha recorrido hegemónico nuestros dos siglos de historia y, cada tanto, han irrumpido brotes de periodismo profesional. Desde la recuperación democrática de 1983, la lucha entre ambos es encarnizada pero podemos decir que, desde hace unos años, hay un ganador claro.

El periodismo militante consiste, sobre todo, en guerras entre periodistas. El primer periódico de nuestra historia independiente, La Gaceta de Buenos Aires, sufrió una guerra mediática interna entre los directores de sus dos ediciones, Vicente Pazos Silva y Bernardo de Monteagudo, los que se enfrentaron entre sí. Teníamos un solo periódico y ya había una guerra mediática en la ciudad.

Esta grieta se produjo casi una decena de veces desde que somos un país independiente. Y en todos los casos, menos en este, terminaron con la ruptura del régimen político. Hoy estamos lejos de ese escenario, pero no confiaría en nuestra suerte. Los climas institucionales cambian, y a veces rápido. No somos ni mejores ni peores ciudadanos que los que promovieron y toleraron los sucesivos sacudones autoritarios de nuestra historia.

No somos originales. La grieta es una tendencia internacional, que la pandemia agravó

En sus memorias, “Una tierra prometida”, Barack Obama dice que los cambios en el periodismo contribuyeron a aflojar los guardarails del debate público aceptable. Habla de un corrimiento de la relación entre noticias y entretenimiento, que hace que los periodistas le den mucho espacio a personajes y discursos tóxicos.  

El diagnóstico más común señala que hay una mayor fragmentación de los medios, que siguen líneas ideológicas, donde se borronea cada vez más la distinción entre el periodismo profesional y el que no lo es, donde el valor objetividad ha sido impugnado sin ser reemplazado por otra ancla sólida, donde reina la editorial por sobre la información. Las audiencias se exponen en forma selectiva, buscando confirmar sus preferencias previas. Y en ese ecosistema informativo circula una inundación de información política, que se encauza en base a una creciente polarización ideológica, cognitiva y afectiva. Por su parte, esa polarización es en sí misma un proceso de desinformación. Al mismo tiempo se reduce la cantidad de periodistas de las redacciones, caen los niveles de edición de los materiales, y las nuevas incorporaciones tienen que ver más con profesionales con competencias digitales que con cazadores rigurosos de noticias.  

Por todo esto, el ecosistema informativo que la democracia necesita tiene que generar mayor cantidad de situaciones de exposición forzada (cross cutting exposure) que me ponga delante de los ojos noticias y argumentos que contradicen o matizan al menos mi visión de túnel. En las audiencias siempre hay personas que tienen un interés especial en exponerse a argumentos contrarios, incluso como juego o entretenimiento intelectual, pero muchos no lo hacen. 

Así, la sociedad democrática depende de los medios transgrieta, que son los capaces de generarte esa exposición forzada aunque vos no tengas la iniciativa de hacerlo por tu cuenta.

Las redes digitales también funcionan como medios transgrieta. Si bien se habla mucho de las burbujas en redes, las investigaciones indican que es allí donde se realiza la mayor cantidad de exposición transversal de una persona. Solemos tener más exposición a argumentación contraria en el mundo online que en el offline. Pero ocurre que en las redes reina la incivilidad, por lo que muchas veces esos cruces son una experiencia desagradable. Ante eso, el efecto positivo de exponerte a información diferente, te provoca el efecto negativo de aumentar tu polarización afectiva, ya no solo la ideológica. Ya no te sentís solo alejado de esa persona por lo que piensa, sino por lo que es. Así, la mayor rudeza del enfrentamiento refuerza tu exposición selectiva y tendés a reducir tu exposición transversal. 

Y este proceso social se vuelve dramático si ni siquiera los periodistas profesionales realizan esa exposición transversal a la información y argumentación que los contradice, lo que queda penosamente en evidencia cuando no son capaces de contraargumentar si alguien los refuta. No se necesita tener mucha información para argumentar con los que a priori van a estar de acuerdo con nosotros. El público de la grieta es cada vez menos exigente.

Hoy, solamente uno de cada cinco ciudadanos del AMBA confía en el periodismo; antes lo hacía tres de cada cinco

Desde que comenzó la actual guerra mediática en el 2008, los medios de comunicación perdieron dos terceras partes de la confianza social. Para la zona del AMBA, las cifras de la consultora CIO, de Cecilia Mosto, indican que pasó del 62% en el 2009 al 26% en el 2020.

La sociedad cada vez piensa menos que el periodismo es independiente y confiable. En especial, si sos mujer, tenés entre 16 y 29, estudios universitarios y votaste a Alberto Fernández, sos la que menos creés que el periodismo es una institución confiable, según un reciente estudio de Auditoria de Opinión Pública, de la Universidad de San Isidro.

En los hechos, los ciudadanos no consideran que es periodismo aquello que hacen los medios opuestos a su posición ideológica. Además, muchos de ellos, al estar acostumbrados al consumo de un medio faccioso, consideran sesgado cualquier otro encuadre alternativo. De esta forma, un medio y su audiencia más fiel se rodean de alambre de púa y pierden conexión social.

Para peor, estudios realizados por FOPEA indican que los propios periodistas valoran también negativamente la última década de la profesión, y sus perspectivas sobre el futuro del periodismo son negativas, tanto por razones económicas como profesionales. El temor al despido, la mala remuneración, compiten con los argumentos como la falta de rigor profesional que ven en el periodismo. En consecuencia, tanto los ajenos al campo profesional como los propios coinciden en que el periodismo está en su peor momento desde la recuperación democrática.

La buena noticia es que una gran parte de la sociedad cree que el periodismo es una institución importante para la democracia: lo piensa más del 60% según un estudio de junio del 2021 sobre credibilidad periodística, realizado por el Auditorio de Opinión Pública. Y en eso todos piensan igual sin importar a quién votaron.

Ninguna sociedad escapa a tener sectores irreductibles de cínicos, escépticos y propagadores seriales de fake news. Pero las democracias necesitan una mayoría que tenga una relación seria con la información, que exija rigor y le preocupe que exista un periodismo confiable. Eso es lo que llamamos el círculo azul, que son aquellas personas, sin importar nivel social, cultural u opinión política, que son serios y rigurosos en su discurso. Desde el punto de vista democrático, la gran estabilizadora del proceso es una relación sólida entre esa mayoría ciudadana y el periodismo profesional, expresado en forma pluralista en medios de distinta orientación, pero con capacidad de ponerse de acuerdo entre sí sobre cómo fueron efectivamente los hechos más importantes.

Como dijo Angela Merkel recientemente, la democracia vive de la información compartida. Eso es lo que nos permite hacer cosas en común.

Todo gobierno hace una caricatura de su oposición para poder deslegitimarla, y lo mismo la oposición. Si el periodismo paraleliza con uno u otro sector político, no hace periodismo, sino política partidaria. Y si además adopta la caricatura del sector más extremo de cada sector, lo que se proyecta es una novela de ficción: “los del PRO no se quieren vacunar” o “los planeros son todos vagos”.

El lenguaje periodístico tiene que ser distinto al partidario. Un periodista no puede ser un político con micrófono. No está prohibido que así sea. Pero el servicio público del periodismo requiere construir información compartida, que llegue a la ciudadanía sin fronteras ideológicas. No se trata de autopercibirse como halcón o paloma, sino de ser periodista o no.

Hay que entender la grieta. Es una fiebre provocada por la percepción de un antagonismo ideológico profundo que el momento político lleva a un cruce de caminos histórico. Nadie quiere quedar encerrado en el país con el que sueña el opuesto.

En los discursos electorales se difunde que el 14 de noviembre se definirá la república por décadas. No podemos saber si vamos desde una sociedad polarizada a una bipartidista, o hacia alguna forma de autocracia. No lo sabían quienes votaron a Hugo Chávez, a Jair Bolsonaro o a Pedro Castillo. El futuro es siempre un final abierto. En nuestro país compiten actores que quieren que seamos Venezuela, Cuba, Alemania, Estados Unidos o Uruguay. 

Ante este riesgo, la pregunta es ¿cuál es la mejor forma que tiene el periodismo para defender una sociedad abierta? Las libertades no se defienden solas. Al contrario, la habilidad autoritaria es hacerlas pelear entre sí. Son astutos proclamadores de libertades. Esta es una pregunta clave de la historia de la democracia, que tiene fracasos y victorias en su intento de frenar a los autoritarios. Varios países de Europa, y en primer lugar Alemania, discuten hoy qué tipo de cordón sanitario tiene que tener para frenar la impugnación a la democracia que nace desde sus entrañas. Es un poco más complejo que simplemente pensar si van los buenos modales con aquellos que no los tienen. El futuro de la democracia depende de que esos brotes de autoritarismo, que siempre van a existir, nunca dejen de ser bonsáis. 

Para muchos, la respuesta es clara: aumentar la dosis de adjetivos e insultos, exagerar, generalizar, gritar, tirarles con lo que sea, descalificar e impugnar a los opuestos.

La grieta es sistémica. Es difícil salir solo. Cuando las sociedades se polarizan, nos aprisionan desde todos lados. Es notable ver la incomodidad de quienes acompañan a varios de los conductores de radio o televisión más agrietados. Se expresa en silencios o frases entrecortadas, que evitan dar un aval explícito a la caricatura o al insulto que acaba de proyectar el periodista celebrity al frente del programa. Y tampoco insiste el conductor en buscar ese apoyo, pues se da cuenta de que su colega se resiste a seguirlo en su camino de boxeador mediático. En ese momento, ese colega que acompaña se siente “el mosquito más tonto de la manada”. Al no subirte al tono de barricada, te ponés en la línea de tiro de la patria grietera: los que no se suman al coro de la histeria no hablan claro, no dicen las cosas como son, no hablan con todas las letras, no son frontales ni descarnados, son blandos, miran para otro lado, son políticamente correctos, cobardes, almas bellas, pecho fríos, cómplices, negadores, mercenarios, cool, débiles, pusilánimes, ingenuos o, directamente, idiotas.

Para salir de la grieta se necesita tomar conciencia que es una degradación de la calidad periodística. Pasamos del periodismo de investigación al delivery de las denuncias de otros; mis opiniones funcionan como un sombrero seleccionador donde ya sabemos a qué sector político van a ir los elogios y dónde las impugnaciones; la sociedad pierde un lenguaje común porque cada facción habla distinto dialecto, y las mismas palabras quieren decir distintas cosas; crece la autocensura, porque es más costoso para mí contradecir el relato del medio en que trabajo, lo que se agrava en períodos preelectorales como este; perdí la brújula para distinguir entre criticar y agraviar; nuestros amigos tienen presunción de inocencia y los enemigos presunción de culpabilidad; mis editoriales y comentarios tienen pies de barro, llenas de medias verdades, pues no me someto a la exposición transversal; me resigné a no consultar a los que impugno, por lo tanto mi distancia e ignorancia sobre ellos es cada vez mayor; y mi periodismo tiene cada vez menos posibilidad de ser siquiera escuchado por quienes no piensan como yo. En definitiva, no solo tengo menos calidad en mi trabajo, sino también menos impacto social.

¿Cómo puedo explicar como periodista la intención de alguien con quien no hablo hace años? ¿Dónde se obtienen esos conocimientos tan misteriosos de psicología a larga distancia? ¿Cómo pretendo denunciar en público a una persona si ni intenté pedirle al denunciado una explicación? La grieta es fogoneada por la mediocridad. Incluso a veces pretender estar afuera de la grieta no es tampoco señal de calidad, sino solo un equilibrio entre mediocridades contrapuestas.

Además, la patria grietera es paradójica, porque si bien es muy ruidosa también es muy eficaz para organizar los silencios necesarios sobre los temas que pueden beneficiar al enemigo.

Pero la opinión de un periodista solo vale si está fundada en hechos rigurosos. Si no, su opinión es un abuso de posición dominante: como controla un micrófono o una cámara, opina. Eso es malversar su profesión de periodista.

Y, para peor, la mala praxis no construye democracia, sino todo lo contrario. ¿Cómo podemos pensar que bajando nuestro rigor informativo y la calidad de la argumentación, y escuchando menos a nuestros opositores, vamos a defender mejor a las instituciones?

Por eso, a pesar de lo que se piensa, la firmeza está en la moderación, en el diálogo y en la escucha, incluso con los autoritarios.  Ya lo decía a principios del siglo XIX la sabiduría política del legendario canciller francés Charles Maurice de Talleyrand, “cuando un punto de vista es tan exagerado se vuelve insignificante”. Lo sabemos de nuestra vida diaria: las ideas adquieren volumen cuando son matizadas.

Fernán Saguier, el director de La Nación, escribió hace poco que “la crispación es una clave central de nuestro estancamiento: impide el debate civilizado y constructivo que exige el futuro”. Sería “el gran obstáculo para encarar los grandes desafíos de la Argentina”.

Los periodistas no gestionan palabras, sino climas. Y volver a la civilidad es el camino que debilita a los autoritarios. Imitarlos, en cambio, es querer ganarles en lo que son más fuertes.

Algunos dirán que no hay audiencia para ese camino. Que las audiencias las obtienen los comunicadores que “hablan claro” como Baby Etchecopar, Roberto Navarro, Tomás Méndez, Pablo Duggan, Gustavo Sylvestre o Eduardo Feinmann. Pero las audiencias se construyen. Como ocurre con los géneros musicales nuevos. El periodismo profesional depende de que pueda construir su público. Además, hay cierto mito con el rating de la grieta. En nuestros canales de noticias, un programa grietero puede festejar mucho si supera los cuatro puntos de rating, por lo tanto no es la varita mágica de la que tanto se habla. La grieta ya empieza a funcionar como un contenido commodity, por lo que pierde la singularidad necesaria para abrirse camino en este ecosistema informativo. Crece el rechazo a las noticias, y la laguna donde pescan los grieteros puede quedarse, como el Paraná, con poca agua. La competencia en el prime time entre C5N, La Nación+, TN, A24, que es donde la grieta es más visible, puede irse secando.

Muchos de los periodistas más agrietados sufrieron tremendas campañas de destrucción de la reputación, tanto de combatientes políticos y mediáticos destacados en radio y televisión como desde las redes. Llevan años, sobre todo desde el 2008, recibiendo un duro granizo desde los medios y las redes. ¿Quién resiste eso? ¿Cómo no cargarse de ira tras un escrache, una denuncia penal o una campaña pública destructiva, y expresar una catarsis de sentimientos? ¿Cómo no caer en los sarcasmos, las ironías, el asco, el insulto y las burlas?

Pero esto es como la pelea de sumo: vos perdés si logran sacarte de tu lugar. Te invitan al barro y vas al barro. A los pocos segundos de esa lucha, ya los dos son difíciles de diferenciar. Y ahí perdiste tu fuerza. Te sacaron tu capacidad de influir en los seguidores del otro, en tener un estatus de credibilidad de periodista superior al de un combatiente más. En definitiva, te cambiaron. La grieta está llena de bruscos tránsitos personales. Te convertiste en otro tipo de periodista, o dejaste de serlo. Incluso podés haber descubierto tus talentos para el combate. Pero ahora tenés más posibilidades de ser legislador que de volver a ser un periodista. Y nada te da más bronca que otros te vean igual a tu enemigo. El provocado queda igualado al provocador.

Pero así como un bombero está preparado para manejar el fuego, un periodista en este ecosistema polarizado tiene que estar entrenado frente a estas campañas de odio. Y las organizaciones profesionales los tienen que rodear para defenderlos.

Si se sigue fogoneando la violencia verbal, nada asegura que no se llegue a lo físico. Y ya no estamos en el siglo XIX cuando un periodista que fue primero rosista y luego antirosista como José Rivera Indarte escribió una serie de notas argumentando que “Es acción santa matar a Rosas”, donde pedía una mujer que simule amor por Rosas y “con un brazo finja estrecharlo impúdicamente  contra su seno y con el otro le abra la garganta”. También el periodista anarquista Alberto Ghiraldo pidió el tiranicidio del presidente Miguel Ángel Juárez Celman y un tipógrafo de La Protesta atentó contra el presidente Manuel Quintana. Hubo varias organizaciones en la historia argentina que hicieron una simbiosis de violencia y periodismo: por supuesto, la mazorca rosista en el siglo XIX y, avanzado el siglo XX, las guerrillas y la Triple A agruparon a periodistas en organizaciones armadas. De hecho,  la publicación montonera El Descamisado y la derechista El Caudillo fueron publicaciones muy parecidas, donde tinta y sangre se entrelazaban en forma parecida. Las sucesivas dictaduras tuvieron también su prensa de combate. Muchas veces el periodismo fue una fábrica de odio y violencia.

Pero ahora se necesitan perros guardianes, no perros con rabia. Nada ayuda más a los que quieren convertir el país en una autocracia que el gatillo fácil desde el periodismo. Un periodismo sin legitimidad, ni credibilidad, que siga rifando su penetración social, es una rampa de lanzamiento para los autoritarios. Es urgente que la sociedad pueda distinguir por sus métodos cuáles son los periodistas serios y los que no lo son.

El prestigio de las causas vale de acuerdo al método que usan. Esteban Echeverría le escribía a Alberdi sobre la invocación al tiranicidio que hacía Rivera Indarte: “es un hombre a propósito solo para embarazar las buenas causas y las buenas doctrinas”.

En conclusión, los autoritarios ganan si logran fracturar la esfera pública, porque eso corta los vínculos de amplios sectores sociales con la sociedad democrática. Y el actual ecosistema informativo tiene cada vez menos esos espacios comunes donde cocinamos esa información compartida. La sociedad autoritaria no se construye de un zarpazo, sino que es un creciente sector social que se va segmentando del resto y se comunica y cree solamente en sus referentes autoritarios. La autocracia llega finalmente solo por el peso de ese sector.

Así el periodismo grietero contribuye a la llegada de la autocracia si sabotea los puentes para comunicarse con esos sectores sociales que pudieran ser más afines a los autoritarios. Los periodistas tienen que evitar que la sociedad se segmente demasiado. Si eso ocurre, los autoritarios ganan esas colinas. 

Por eso, hoy la patria grietera no nos defiende, nos debilita.

 

*Fernando J. Ruiz. Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral. Actual presidente del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA). Su último libro es Imágenes paganas. Periodismo, democracia y pandemia en Argentina y América Latina.

por Fernando J. Ruiz*

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