Viernes 27 de mayo, 2022

MUNDO | 06-04-2020 14:49

Al revés del mundo

De Trump a Johnson y la “cuarentena política” que se intenta imponer a Bolsonaro para minimizar los daños a la salud pública.

Entre las primeras víctimas políticas del coronavirus está la Unión Europea y los gobernantes que desnudaron de manera pavorosa su irresponsabilidad y negligencia. Desde que el COVID-19 detonó su Big Bang en Italia y España, la UE comenzó a desvanecerse en el aire. Paralizada y muda, la imagen de la estructura paneuropea se fue desdibujando velozmente. Como si los edificios del Parlamento Europeo y del Consejo Europeo fueran sólo eso, edificios, cada país comenzó a actuar por su cuenta. Como si Bruselas, principal sede administrativa de la Unión Europea, fuese sólo la capital de Bélgica. En el escenario de la pandemia, parecería que los europeos no hubieran emprendido nunca el camino de la integración iniciado con los acuerdos de Roma y profundizado con el Tratado de Maastricht. El jurista y filósofo Luigi Ferrajoli señaló con dureza la incapacidad de la UE para actuar más allá de lo presupuestario. Este teórico del garantismo jurídico y discípulo de Norberto Bobbio, resaltó la gravedad de que Bruselas no haya podido garantizar mínimamente la salud de los europeos ni actuar en la emergencia.

Jair Bolsonaro

Aleksandar Vucic, el presidente de Serbia cuestionó la absoluta falta de solidaridad europea, contrastándola con la pronta respuesta que sus pedidos de materiales e insumos médicos tuvieron de China. Una ironía: el gobierno chino no sólo silenció los primeros alertas médicos, sino que además, sabiendo el poder de contagio del coronavirus, permitió que millones de chinos viajaran a Europa, Estados Unidos y demás destinos que tienen entre sus preferencias los turistas del gigante asiático. Xi Jinping pudo lanzar una campaña de recuperación de imagen a nivel mundial, en parte gracias a la paralización de la Unión Europea. El primer ministro italiano señaló también esa parálisis y exhortó a las autoridades comunitarias a aplicar una política que su gobierno diseñó y denominó Plan de Recuperación Europea y Reinversión. Su objetivo es evitar que, tras la devastadora invasión viral, los europeos sean atacados por la recesión. Tener éxito en revertir la crisis recesiva es la última oportunidad de la Unión Europea. Si fracasa en reactivar la economía comunitaria, probablemente los países que quedaron a la intemperie durante la pandemia, terminen firmando su certificado de defunción.

El COVID-19 también envió a terapia intensiva el liderazgo de Jair Bolsonaro. El presidente de Brasil ni siquiera puede argumentar en su favor la excepcionalidad de la situación. Uno de las curiosidades políticas que está generando el coronavirus, es que fortalece a la mayoría de los gobernantes del mundo. Incluso a los que reaccionaron tarde, los que incurrieron en graves contradicciones, los que cometieron errores y los que encararon políticas que luego desecharon para improvisar otras totalmente contrapuestas. Todos están viendo en las encuestas que tienen el apoyo de la gente.

Donald Trump es un caso paradigmático. Demoró en reaccionar, cuando reaccionó lo hizo mal y lanzó aseveraciones que fueron refutadas por sus asesores científicos, entre otros estropicios. Pero las encuestas muestran que tanta deriva y tanto error no debilitaron su imagen.

Boris Johnson es otro ejemplo. El primer ministro británico puso la proa en una dirección y poco después giró en U y encaró en la dirección exactamente opuesta. Pero el apoyo en los sondeos se mantiene intacto.

Giuseppe Conte también figura en ese ranking. Italia fue uno de los países más afectados por la falta de reacción de las autoridades para hacer saltar las alarmas. Sin embargo, es en el escenario de la pandemia que esa figura, hasta el momento gris, comenzó a crecer en la política italiana. El hombre que llegó a la jefatura de gobierno por decisión de otros políticos que lo usaban de pantalla (Matteo Salvini y Luigi Di Maio) terminó convirtiéndose en un gobernante valorado por los italianos. Se trata de un fenómeno tan extraño como muchos de los que se ven en el escenario de la pandemia. Como si las sociedades, en situaciones de amenaza tan grave, se abrazaran a sus líderes al modo en que los niños asustados corren a abrazarse a la falda de sus madres.

Boris Johnson

No importa que esos gobernantes hayan cometido errores y equivocaciones. Con que se muestren presentes y exhiban acción y preocupación, despiertan la confianza de sociedades necesitadas de liderazgos. Bolsonaro es una de las pocas excepciones a esa regla. Desde que irrumpió el coronavirus, el presidente de Brasil ha mostrado su costado más grotesco. No sólo dejó el timón a la deriva en la tempestad, sino que se dedicó a sabotear todas las iniciativas de distanciamiento social puestas en práctica por los gobernadores y los alcaldes.

La Secretaría de Comunicación de la Presidencia elaboró un aviso que procuraba levantar a los brasileños contra las medidas estaduales para contener la pandemia. Hasta Twitter, Instagram y Faceebok entendieron que las publicaciones del presidente ponen en riesgo la salud de millones de personas. Por eso decidieron censurar esos mensajes, para no ser cómplices de irresponsabilidad criminal. Entendiendo también que sus iniciativas constituyen un sabotaje contra medidas indispensables para salvar miles de vidas, el Supremo Tribunal Federal de Justicia, el Congreso y los gobernadores de los estados más poblados acordaron medidas para bloquear las acciones de Bolsonaro. Hasta los militares (sector al que el presidente adula y entrega grandes cuotas de poder), empezaron a hablar analizaron retirarlo para que asuma al frente del gobierno el vicepresidente Hamilton Mourão. Y João Doria, el conservador y neoliberal gobernador de San Pablo que había apoyado con entusiasmo su llegada al poder, ahora describe a Bolsonaro como un desequilibrado que no tiene aptitudes para gobernar.

Aunque resulta difícil que se practique un impeachment en un tiempo tan difícil como el que impone la pandemia, Bolsonaro podría ser destituido por la misma razón por la que se destituyó al presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram en 1997: incapacidad mental para gobernar.

Desde el juez supremo Celso de Mello hasta el pensador ultraderechista Olavo de Carvalho (gurú del jefe del Planalto), describen al presidente de Brasil como un desquiciado que pone en peligro la salud pública. Mientras su imagen cae en picada, Bolsonaro ingresa al terreno de lo insólito al convertirse en el primer jefe de Estado sometido a una cuarentena política para minimizar los daños que provoca su patética actuación.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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