Domingo 2 de octubre, 2022

MUNDO | 10-09-2022 09:44

Gabriel Boric y el blooper institucional de Chile

Un inmenso desafío para el presidente transandino: entender por qué fue rechazada la nueva constitución y reinventar su gestión, sin ideologismos.

Parece un blooper constitucional. Los asambleístas constituyentes elegidos en el 2021 para darle una nueva ley fundamental a Chile, quedarán en la historia pero en un capítulo desopilante. Aunque las reglas establecidas para reemplazar la carta magna que dejó la dictadura eran bastantes particulares, resulta sorprendente que un proceso constituyente que había sido aprobado por el ochenta por ciento de los votantes, desemboque en una constitución fallida por ser abrumadoramente rechazada en las urnas. Como si fuera una sociedad ciclotímica que un día quiere cambiar todo, y poco después retrocede abruptamente.

Por cierto, que no haya antecedentes en el mundo se debe también a que los gobiernos normalmente promulgan las constituciones redactadas por las asambleas constituyentes sin someterlas a la aprobación o desaprobación mediante un plebiscito. Chile llamó a decidir en las urnas si cambiar o no de Constitución, después la composición de la Asamblea Constituyente y, finalmente, la aprobación o rechazo de la nueva carta magna. El resultado en este último tramo es lo que desconcierta.

La pregunta es si semejante contramarcha es el síntoma de una patología social, un signo de este tiempo o por el contrario, es una muestra de capacidad de admitir una deriva riesgosa y corregirla antes de que conduzca a un naufragio. Otra pregunta que quedó flotando en Chile es cómo hará el gobierno para remontar una derrota a tan pocos meses de haber entrado en funciones. ¿Podrá Gabriel Boric resetear su presidencia?

Aunque el plebiscito tuvo para él un resultado catastrófico y antes de la votación las encuestas ya mostraban un desgaste de la imagen del joven mandatario, desde que hizo campaña para lograr la candidatura en las primarias de su espacio político hasta el fatídico anochecer del domingo, Boric ha dado señales de inteligencia, lucidez  y pragmatismo.

Inteligencia no es sinónimo de lucidez, pero el presidente chileno es inteligente y lúcido. O sea puede entender la razón de lo ocurrido y tener la reacción de tomar medidas adecuadas para enmendar el rumbo. Gabriel Boric percibió el problema ni bien el trabajo de la asamblea constituyente fue presentado en público. A simple vista se divisaban rasgos excesivos. Eran la consecuencia lógica de la sobrerrepresentación de ciertos sectores en desmedro de otros que estaban subrepresentados en el cuerpo que redactó la nueva carta magna.

Por percibir esos excesos, Boric empezó desde junio a aclarar que, tras ser aprobada en el plebiscito, la nueva constitución sería sometida a varias correcciones. Lo que hacía al repetir como disco rayado esa aclaración, era pedir a los chilenos que voten “aprobado” porque él se comprometía a las posteriores correcciones necesarias. No le funcionó, quizá porque era demasiado tarde o porque la mayoría de los chilenos no quiso correr el riesgo de que el futuro del país dependa del cumplimiento de una promesa de campaña electoral lanzada en estado de pánico por lo que decían las encuestas.

Los constituyentes que redactaron la ley fundamental masivamente reprobada en las urnas, quedarán en la historia como autores de una desmesura constitucional. Los 388 artículos desplegados en 170 páginas la habrían convertido en una de las más voluminosas y recargadas constituciones del mundo. Sus más de cien derechos fundamentales, con algunos que pudieron resultar extravagantes para muchos, acentuaban el aspecto de adefesio jurídico.

En muchos aspectos era una constitución de avanzada y un progreso  modélico para otras sociedades que aspiren a más inclusión y equidad. Por ejemplo, es vanguardismo positivo incluir la aceptación de realidades como la neurodiversidad y garantizar “a las personas neurodivergentes su derecho a una vida autónoma y a desarrollar libremente su personalidad e identidad”.

Puede sonar raro la palabra neurodiversidad, pero dar ese paso sería avanzar hacia una sociedad más incluyente y comprensiva. Igual que garantizar constitucionalmente el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. También el derecho al acceso a sistemas de salud y de educación que abarquen mucho más que los restringidos sistemas existentes, así como otros derechos que no por novedosos son necesariamente extravagantes.

El problema es que la elección de constituyentes, por ser con voto voluntario y en pandemia, estableció una asamblea con sectores sobre-representados y sectores subrepresentados. La izquierda, los independientes antisistema y los afines al indigenismo radical quedaron sobre-representados, mientras que centro, centroderecha y derecha quedaron subrepresentados. 

Por temor al contagio del virus, el grueso de las personas mayores no acudieron a elegir constituyentes, pero en el plebiscito, con la pandemia bajo control y el voto obligatorio, la estadística se revirtió en las urnas de manera abrumadora. Lo que más influyó en la votación fue la consagración de un estado plurinacional con autonomías que pondrían en duda la existencia misma de Chile.

Es un avance el reconocimiento de pueblos originarios y el derecho a sus culturas ancestrales. Pero el nivel autonomía establecido en la nueva carta magna, superponiendo sistemas legales originarios al sistema legal chileno, podría diluir el estado central. Esos eran los excesos que Boric se había comprometido a corregir, pero rebelan sobre-representaciones que deslegitiman la composición de la asamblea constituyente.

El gobierno de Boric recibió un sopapo tremendo, pero la primera reacción del presidente muestra que no quedó grogui. En lugar de negar el resultado, relativizarlo o atribuirlo a conspiraciones de los medios de comunicación, como hacen habitualmente los líderes populistas cuando son derrotados, el presidente de Chile reconoció el resultado, lo calificó de contundente, se hizo cargo del fracaso y convocó a todos los partidos a un diálogo para encontrar el modo de crear una nueva Constitución pero que, a diferencia de la reprobada, refleje proporcionalmente a toda la sociedad, sin sectores ideológicos sobre-representados, como ocurre con la ley fundamental que dejó Pinochet y también con la fallida carta magna que redactaron los constituyentes.

La traumática experiencia podría alejar a Boric del ala radical de su coalición, acercándolo al centroizquierda que ya ha gobernado Chile, y con mucho éxito. No para desistir de la construcción de una sociedad con más inclusión y menos desigualdad, sino para avanzar hacia esas metas con más sentido común que ideologismos. 

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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