Muchos aprenden lo bueno y lo malo de la política en el poder o en trayecto hacia el poder. Pero en esas circunstancias, lo que aprendió Keiko Fujimori es “lo malo y lo peor” de la política.
Que tres fracasos electorales no la hicieran desistir se entiende en su historia familiar. Vivió lo más oscuro de la política en su propio hogar, con la sórdida pelea entre sus padres que acabó en el divorcio que la convirtió en primera dama siendo aún adolescente. No tuvo tiempo de evaluar quien tenía razón y quien no cuando su padre, el despótico Alberto Fujimori, y su madre, Susana Higuchi, se enfrentaron ferozmente habitando ambos la residencia presidencial.
Fujimori era un agrónomo dedicado a la docencia universitaria y su esposa una rica industrial que financió la campaña electoral. Igual que el clan Yoma en el gobierno de Carlos Menem, la familia Higuchi quiso gravitar sobre el gobierno de Fujimori pero, en este caso, las desavenencias llegaron con los primeros actos de corrupción denunciados por la primera dama.
Consecuencias de esas denuncias, Susana Higuchi dijo haber sufrido persecución y torturas por parte de agentes del Servicio de Inteligencia Nacional que comandaba Vladimiro Montesinos, el brazo criminal y corruptor de Fujimori. Semejante acusación contra su marido hizo que el divorcio, ocurrido en 1994, sea aún más oscuro y escandaloso que el de Menem y Zulema Yoma.

Susana Higuchi se divorció también políticamente, saliendo de la agrupación Cambio 90 y creando el Frente Independiente Moralizador, duramente opositor. Keiko eligió el bando de su padre, convirtiéndose en primera dama. Nunca investigó las denuncias de su madre y solo volvió a mencionarla públicamente en diciembre del 2021, cuando asistió a su funeral.
El fujimorismo debió quedar sepultado en el derrumbe político que se produjo cuando, tras un grosero intento de fraude, Fujimori huyó del país y se refugió en Japón. Como mucho, debió sucumbir cuando se probó la culpabilidad de Fujimori en masacres del aparato represivo y en crímenes como la esterilización forzosa de mujeres indígenas de las regiones andina y amazónica. Pero sobrevivió a todo. También al choque entre los hermanos Fujimori cuando Keiko embistió contra Kenji porque éste quiso impedir la destitución de Pedro Pablo Kuczynski.
Keiko heredó de su padre el pragmatismo. Fujimori venció a Vargas Llosa presentándose como alternativa contra el neoliberalismo que representaba el célebre escritor. Con la misma bandera ganó la reelección contra otra figura internacional, el ex titular de la ONU Javier Pérez de Cuellar. Pero su década en el poder fue la que cambió la matriz económica peruana sentando las bases para el capitalismo de mercado. Por eso fue él quien terminó expresando en Perú lo que habían expresado Vargas Llosa y Pérez de Cuellar. La diferencia estaba en su corrupción y su autoritarismo, rasgos que su hija jamás cuestionó.

Ahora que finalmente logró su cometido, la pregunta es si podrá su gobierno sobrevivir a la crónica inestabilidad política del país. Y la respuesta es que sí, porque ella tiene dos ventajas respecto a sus malogrados antecesores: Por un lado, el hecho de que Keiko Fujimori ya no estará liderando la bancada opositora concentrada en obstruir gobiernos y tumbar presidentes. Y por otro lado, porque las reformas del 2024 reimponiendo la bicameralidad y modificando normas parlamentarias dificulta impulsar los procesos de vacancias, que tan fácilmente prosperaban en el Parlamento unicameral y con las reglas con que Keiko obstruyó y tumbó los gobiernos de Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Pedro Castillo, Dina Boluarte y José Jerí.
Ni Merino ni Castillo ni Boluarte ni Jerí fueron sólo víctimas de Keiko, pero con ella comandando el principal bloque opositor era imposible gobernar, salvo siendo su marioneta, como fue durante un año Dina Boluarte para mantenerse en el cargo. Keiko no va a tener ese problema y, si se conjurara la oposición entera contra ella, en el Parlamento bicameral y con las nuevas reglas bloquearla y tumbarla no será tan fácil.
La pregunta que plantea Perú a la región es si la nueva presidenta representa lo mismo que Javier Milei, Abelardo De la Espriella, los Bolsonaro (padre, esposa e hijos) y Daniel Noboa. Centrado siempre en las semejanzas y las diferencias entre las cosas y entre los sistemas políticos, Aristóteles habría puesto su atención en lo que tiene y no en común Keiko Fujimori con los líderes ultraconservadores que intentan mostrarla como parte de la ola reaccionaria que ellos están surfeando.

El punto en el que la líder peruana está cerca de los líderes ultraconservadores argentino, colombiano, brasileños y ecuatoriano, igual que del chileno José Antonio Kast, es la prioridad que dan a la mano dura contra la delincuencia callejera, mientras que el punto en el que se la ve más lejos es Donald Trump.
Respecto a lo que representa el magnate neoyorquino en Estados Unidos y en la política global, Keiko ha guardado un cauto silencio que resalta en el contraste con la idolatría eufórica que profesan los casos mencionados.
En Chile está el otro gobernante derechista que no alardea de lazos políticos con el jefe de la Casa Blanca. Pero el silencio de Fujimori sobre Trump resulta aún más audible, aunque nunca se vuelve explícito. Y ese rasgo la preservará si las derivas de Trump lo llevan, como probablemente ocurra, al fondo del abismo en el que ya están cayendo su popularidad entre los norteamericanos y su imagen en el mundo entero.

Keiko ganó sin apoyarse en Trump ni mencionarlo, o bien porque ve sus pies de barro enchastrando todos los escenarios que pisa, o bien por no inquietar a China, el principal inversor externo que tiene Perú. El vigor del capital del gigante asiático en la infraestructura peruana se visualiza en el Megapuerto de Chancay, suculenta muestra de la proyección china hacia toda la región a través de su vínculo económico con Perú.
A diferencia de Milei, los Bolsonaros, De la Espriella y Noboa, la ganadora en Perú no le debe nada a Trump. Al medio punto porcentual con que derrotó a Roberto Sánchez se lo dio el izquierdismo panfletario de su oponente. Y también a diferencia de los otros líderes ultraderechistas, a ella no la encumbró un momento político que favorece a los liderazgos disruptivos más agresivos, impresentables y extremistas.
Ella no construyó liderazgo idolatrando al líder norteamericano y a megamillonarios ni protagonizando escenas grotescas. Su liderazgo se forjó en la sórdida pelea entre sus padres y en el derrumbe del régimen del que fue primera dama.
Desde esos escombros emergió, tenaz, imperturbable y habiendo aprendido “lo malo y lo peor” de la política.
















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