MUNDO | 08-12-2019 10:38

Región en crisis: arde Medio Oriente

Los estallidos sociales arrinconan populismos religiosos en Irán, Irak y el Líbano. La remake de la Primavera Árabe.

Las protestas que llevan semanas sacudiendo a Irak, Irán y Líbano parecen confirmar que los estallidos sociales son un fenómeno de este tiempo y no sólo tienen como blanco a las democracias liberales. Si bien la llamada Primavera Árabe no comenzó cuando se la dio por iniciada ni concluyó cuando se la consideró terminada, resultaba inédito que, de manera simultánea, estallen masivas protestas en países árabes. Por eso llamó tanto la atención el fenómeno iniciado en el Magreb al comenzar esta década.

La imagen estacional que se usa para referir a las protestas que derribaron déspotas en el norte de Africa y convulsionaron el Oriente Medio, viene del desafío checoslovaco al totalitarismo comunista aplastado con tanques soviéticos en 1968, que quedó en la historia como La Primavera de Praga.

Ver multitudinarias marchas volteando dictadores causó estupefacción mundial, porque normalmente las postales de ese tipo no provenían de países árabes. Por eso se llamó “primavera” a las protestas que estallaron en Túnez, cuando un joven humillado por policías se quemó a lo bonzo en la ciudad de Sidi Bouzid, causando el estallido social que derribó a Zine al Abidine Ben Alí. La rebelión se contagió de inmediato a Egipto, donde las protestas en El Cairo y en Alejandría persistieron hasta la caída de Hosni Mubarak, iniciando el efecto dominó que sacudió a Bahrein y a la región chiita de Arabia Saudita, además de hacer estallar guerras civiles en Libia, Siria y Yemen.

Se consideró que era la primera vez que se producían masivas protestas callejeras en países árabes pero, en realidad, una de las primeras señales de que podía haber levantamientos árabes fueron las protestas en Argelia sobre finales de la década del ’80, que obligaron al presidente Chadli Bendjedid a introducir reformas democráticas que condujeron a la primera elección multipartidista en 1991, proceso que se revirtió abruptamente ante la fuerza electoral del Frente Islámico de Salvación (FIS), un partido fundamentalista

Otro antecedente de la Primavera Arabe se dio en 2005, cuando estalló en Beirut la “Revolución de los Cedros”, por el asesinato del premier Rafiq Hariri, perpetrado por Hezbolá. Aquellas protestas apuntaron contra la influencia del régimen de Damasco sobre los gobiernos libaneses y lograron la retirada de las fuerzas sirias que llevaban décadas allí.

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Las últimas. Antes de concluir el 2019, reconfirmando que la Primavera Arabe aún no ha terminado, una ola de protestas que comenzó en Beirut y alcanzó otras ciudades libanesas obligó a Saad Hariri, hijo del líder asesinado catorce años atrás, a renunciar como primer ministro.

Este dirigente sunita, sumiso al trono saudí, encabezaba un gobierno de unidad con el partido-milicia que mató a su padre y el otro movimiento chiita, Amal, liderado por Nabih Berri, además del Movimiento Patriótico Libre, que lidera Gibran Basil, que es yerno del general Michel Aoun, quien ocupa la presidencia en representación de los maronitas. También integraron el gobierno interétnico el partido de la falange cristiana que conduce Samir Geagea, y el Partido Socialista Progresista de los drusos liderados por Walid Jumblatt.

La gota que colmó el vaso libanés fue un impuesto a los mensajes por Whatsapp, derivado de una crisis económica persistente. Pero lo más extraño fue que la protesta apuntó a toda la clase política, particularmente a Hezbolá por ser un movimiento religioso. Y además de un gobierno de tecnócratas, los manifestantes reclaman poner fin a la división étnico-religiosa del poder, estableciendo gobiernos seculares.

El chiismo político también fue cuestionado por las protestas que derribaron al primer ministro Abdel Abdulmahdi en Irak. Las manifestaciones que comenzaron en Bagdad, extendiéndose a Nasiriya y Nayaf, denunciaban la ineficiencia de la burocracia para brindar servicios públicos aceptables, así como también la mediocridad y la corrupción que caracteriza a la clase política y, en particular, a la dirigencia chiita, a pesar de que el grueso de los manifestantes son chiitas.

Cuando el jefe de gobierno renunció tras recibir el empujón final en el sermón del ayatola Alí al Sistani en la mezquita de Kerbala, la cifra de víctimas causadas por la represión superaba los cuatrocientos muertos.
Simultáneamente, las multitudes desafiaban al poder teocrático en Irán, donde a diferencia de los países árabes las protestas no son una novedad. No fue una conspiración golpista como la que había derrocado al gobierno nacionalista de Mossadeq en 1953, sino un levantamiento popular el que tumbó al sha Reza Pahlevi en 1979. Y el régimen oscurantista que creó el ayatola Ruholla Khomeini también fue sacudido en varias ocasiones por multitudinarias protestas, a las que aplastó con feroces represiones.

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Por caso, la ola de protestas contra el fraude que se perpetró para imponer al ultra-islamista Mahmud Ahmadinejad en 2009. “Revolución Verde” se llamó al levantamiento que reclamaba al régimen reconocer el triunfo del candidato opositor Mir Hosein Musavi. Pero la respuesta fue una represión en la que actuaron los comandos del “Basij”, organización paramilitar creada por la Guardia Revolucionaria para actuar en la guerra de ocho años contra Irak, pero devenida en criminal fuerza de choque contra manifestaciones y agrupaciones disidentes.

En esta oportunidad, las protestas estallaron por la misma razón que en Ecuador se levantaron los indígenas contra Lenin Moreno y en Francia los chalecos amarillos contra Emmanuel Macron: un aumento en el precio del combustible.

En la República Islámica, el aumento tiene que ver con las sanciones que reimpuso Trump al sacar a Estados Unidos del Acuerdo Nuclear de 2015. En rigor, son una continuidad amplificada de la ola de protestas que entre 2017 y 2018 comenzaron en Mashhad y tuvieron réplicas en Isfahán, Qom, Hammadán y Teherán, entre otras ciudades.

Aquellas manifestaciones también nacieron de los rigores de una economía sin vitalidad, pero también evidenciaron el descontento de los jóvenes y las clases medias con el retrógrado autoritarismo religioso que impera sobre el pueblo persa.

Los blancos de las protestas en Oriente Medio son gobiernos y movimientos antiliberales: Hezbolá en el Líbano, la coalición chiita que gobierna Irak y el régimen de los ayatolas iraníes. Junto a las protestas en Hong Kong, constituyen otra prueba de que no sólo la democracia liberal está siendo cuestionada en este tiempo de barricadas ardientes.

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Claudio Fantini

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