Parece una misión imposible: Trump le encomendó al chavismo “deschavizar” Venezuela. Un régimen esencialmente anti-norteamericano debe convertirse en títere de Washington. Como el mariscal Petain, quien de héroe de las batallas de Verdún y del Somme pasó a presidir el régimen de Vichy, manejado desde Berlín.
Un puñado de actores que llevan décadas en el centro de la escena actuando para una feligresía local y extranjera aferrada a la creencia ideológica que profesan, ahora deben actuar para dos plateas que esperan de ellos personificaciones radicalmente opuestas.
El hombretón al que Hugo Chávez ungió como protagonista del guión que dejó como epitafio, ya no está en el escenario donde rugió discursos antiimperialistas, habló con pajaritos, cantó joropos llaneros, maldijo a disidentes, bailoteó e hizo bailotear a Maradona, actuó de superhéroe llamado “superbigote” y terminó balbuceando un inglés de cuatro palabras (“peace yes, war no”), repetidas hasta el ridículo.
Al lugar estelar que ocupó ese gigantón con pocas luces, ahora lo ocupa una mujer pequeña, con anteojos desmesurados y un ligero aire a la Chilindrina, que al revés de Maduro ha dado señales de ser muy lúcida.
Con la acción perpetrada en Caracas, Donald Trump se sumó a la larga lista de presidentes que llevaron a la praxis la doctrina que planteó James Monroe en la primera mitad del siglo 19, advirtiéndole a Inglaterra, España, Portugal, Holanda y Francia que debían abandonar sus colonias en las Américas, porque ambas son “para los americanos”. Aquella doctrina se convirtió por primera vez en praxis con el vigesimoquinto presidente, William McKinley, al lanzar la guerra que le quitó a España Cuba y Puerto Rico, además de Filipinas y Guam, así como también anexionar Hawaii e impulsar el control sobre el Canal de Panamá.
El hecho es que la felicidad que vivieron millones de venezolanos en el país caribeño y en la diáspora el sábado que amanecieron con la noticia de la caída de Maduro, se transformó en desconcierto horas más tarde, cuando apareció Trump y habló de petróleo, dijo que él dirigirá Venezuela y anunció que Delcy Rodríguez presidirá el régimen desde el terreno haciendo lo que le dicten desde la Casa Blanca.
La perplejidad se transformó en estupefacción cuando se refirió a María Corina Machado devaluándola y convirtiéndola en la segunda persona más humillada de estos días, por detrás del dictador caído.
Antes de que saliera el sol en Venezuela, la CIA y comandos Delta dieron una deslumbrante muestra de los niveles de excelencia alcanzados en materia de infiltración y operaciones quirúrgicas.
La mayor agencia de inteligencia norteamericana, que operaba dentro de Venezuela desde agosto, había logrado desconectar la estructura defensiva, mientras que los comandos de elite que tienen su cuartel general en Carolina del Norte, les dieron el mayor y más humillante golpe que hayan recibido el aparato militar chavista y también el régimen cubano.
Sin una sola baja en la CIA y en la Delta Force, paralizaron las defensas antiaéreas locales, destruyeron divisiones completas de tanques en Fuerte Tiuna y decenas de aviones de combate Sukhoy en la base aérea de La Carlota, mataron en combate a los 32 agentes cubanos que conformaban el último círculo de la seguridad de Maduro y se llevaron de una oreja al jefe del régimen.
Esa madrugada, Cuba perdió el invicto del que hacía gala con justificadas razones. Los aparatos de inteligencia y seguridad que en más de medio siglo frustraron centenares de conspiraciones urdidas por la CIA para asesinar a Fidel Castro y también neutralizaron cientos de intrigas y complots para producir fisuras en el régimen castrista, fueron humillados por la fulminante operación militar norteamericana.
Cuando el sol iluminó el Caribe, los regímenes de Cuba y Venezuela lucían un ojo en compota y los carcomía y la sensación de vulnerabilidad. La imagen de decenas de helicópteros Chinook volando sobre Caracas a baja altura, mientras los F-18 bombardeaban puntos neurálgicos del poderío militar chavista sin que hubiera respuesta alguna, mostraba un régimen a la intemperie. El panorama del día después era dantesco y le avisaba a las nomenclaturas venezolana y cubana que ya no podrán dormir tranquilas.
La Delta Force había debutado en 1980 con una misión desastrosa: la Operación Garra de Águila, que debía rescatar a los rehenes que el régimen del ayatola Jomeini mantenía cautivos en la embajada norteamericana en Teherán.
No fue el único fracaso de ese cuerpo de operaciones encubiertas. La batalla de Mogadiscio en 1993 fue un traspié demoledor y marcó el retiro norteamericano de Somalía. Pero se reivindicó con operaciones exitosas, como la captura de Saddam Hussein en el 2003 y la eliminación de Abú Bakr al-Bagdadí hace siete años.
También la CIA ostenta ataques exitosos, como el que desintegró con misiles Hellfire al líder de Al Qaeda Aymán al-Zawahiri, en el centro de Kabul. Y los comandos Navy Seal lucirá siempre la operación en la ciudad paquistaní de Abbottabad donde acribillaron a Osama Bin Laden. Pues bien, con la fulminante Operación Resolución Absoluta, los comandos Delta ya no tienen nada que envidiarles a los Navy Seal.
El asalto a la fortaleza donde los agentes cubanos eran el último anillo de seguridad, fue de un éxito abrumador. Pero en términos políticos, de “resolución absoluta” no tuvo nada.
Trump ya había mostrado que el narcotráfico es sólo una excusa, al indultar al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández para colaborar con la campaña de Nasry Asfura, la ficha ultraconservadora del magnate neoyorquino en Honduras. Y lo corroboró con una operación que se limitó a la captura de Maduro, dejando vivos y en sus cargos a los más despreciables jerarcas de lo que Trump considera una mafia narco: Diosdado Cabello, el general Vladimir Padrino López y el Fiscal general Tarek William Saab.
Si la operación estaba verdaderamente dirigida a decapitar el narcotráfico, lo que logró es insignificante. Y las primeras apariciones públicas tras la espectacular operación, dejaron en claro que ni el fin del narcotráfico ni la democratización de Venezuela son las prioridades de Trump.
No habló de liberar presos políticos, ni de poner fin a la censura. La palabra que se repetía en las parrafadas de Trump era “petróleo”. Y desde la primera referencia pos-caída de Maduro que hizo de María Corina Machado, quedó claro que la desprecia y no quiere que llegue al poder.
Lo desconcertante no es que eligiera a Delcy Rodríguez en lugar de elegirla a ella. Por extraño de parezca, tiene lógica dejar a una dirigente chavista que lleva años en la cúpula del régimen, en lugar de la líder antichavista. Lo increíble es que la descalificara de manera humillante y recurriendo a una falacia burda. Decir que Machado no tiene el respeto ni el respaldo de los venezolanos choca con la realidad evidente. En los primer años de su vida política, era una joven con coraje que le decía en la cara al mismísimo Hugo Chávez lo que otros líderes opositores no se atrevían siquiera a murmurar. Pero era una derechista recalcitrante que impedía la unidad del arco político opositor, porque su conservadurismo rechazaba a la centroizquierda.
Su accionar fue negligente y negativo. Pero es indiscutible que en los últimos cinco años logró lo que no habían logrado Henrique Capriles, Manuel Rosales, Antonio Ledesma, Leopoldo López, Juan Guaidó y otros. Está a la vista que su inteligencia y su coraje terminaron de desnudar al rey chavista ante los ojos de los venezolanos y el mundo. Comenzó al organizar unas elecciones internas de la oposición que, aún ilegalizada y obstruida por el régimen, le permitió mostrar más de dos millones de votos.
Cuando el régimen la proscribió al tener en claro que Maduro sería derrotado si la enfrentaba en la elección programada para el 2024, María Corina sacó de la manga una carta inesperada: colocó en esa boleta única donde todos los candidatos eran varones y falsos opositores, a una persona desconocida, pero con dos atributos que la visibilizarían como la ungida por ella: es mujer y se llama Corina.
Cuando el régimen cayó en cuenta de lo astuto de la jugada y proscribió a Corina Yoris, Machado sacó otra carta de la manga: un diplomático jubilado, con rostro inofensivo y apariencia bondadosa. Como Edmundo González Urrutia era tan desconocido como la candidata anterior, pero no es mujer ni se llama Corina, por ende sería invisible en la boleta, entonces Machado se calzó su uniforme compuesto por un jean ajustado y una camiseta blanca, subió a su candidato a un camión y recorrió a su lado toda Venezuela para que hasta el último venezolano se grabara en la memoria la cara del candidato de María Corina.
Ya fue tarde para proscribirlo y el resultado de la elección presidencial fue una derrota tan abrumadora de Maduro que hizo imposible implementar un fraude mínimamente creíble y el régimen se resignó a proclamar un resultado que jamás pudo probar mostrando actas del escrutinio.
Maduro robó la elección, pero tuvo que hacerlo a cara descubierta. A esa mancha en la imagen de un régimen que a esa altura ya sufría un inmenso desprestigio, se la produjo María Corina Machado. La líder de la oposición a la que el mundo vio durante todo 2024 navegando océanos de gente que la aclamaba en todos los rincones de Venezuela. Decir que ella no tiene “respeto ni respaldo” para estar en la transición es una mentira a cielo abierto, o sea que exhibe el rencor viscoso de Trump hacia quien se quedó con el Premio Nobel de la Paz que tan públicamente lo desvelaba obtener.
Hay razones lógicas para dejar de lado a la líder de Vente Venezuela en esta etapa, pero no son las que dijo Trump. Encargarle al régimen chavista que deshavice el país podría ser una jugada brillante si el experimento supera todas las pruebas de fuego que tendrá que atravesar. En esa nomenclatura de matones obtusos, Delcy Rodríguez es la única que pudo exhibir resultados, como poner fin a años de hiperinflación y lograr estabilidad económica, además de entablar diálogos con empresarios que generó inversiones en el sector privado.
La nota completa, en la presente edición de NOTICIAS.














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