OPINIóN | 21-05-2021 11:23

El esquizofrénico tratamiento de la segunda ola

Parte de la población no asume la gravedad de la pandemia y los dobles mensajes por parte de los tomadores de decisión agudizan la confusión. El nuevo DNU.

El Diccionario del Psicoanálisis elaborado por los especialistas franceses Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis define la esquizofrenia como una “disociación, una incoherencia entre el pensamiento, la acción e incluso la afectividad de una persona”. El término, aclaran, deriva de dos palabras del griego antiguo: “schizein” (escindir) y “phrein” (espíritu, razón, mente).
La cita guarda relación con el comportamiento que la sociedad argentina en su conjunto -autoridades y ciudadanía en general- está teniendo en estas últimas semanas en la que la pandemia golpea de manera inusitada, como no lo había hecho hasta el momento.
Por un lado, buena parte de la población no parece decidida a asumir la gravedad de la situación. El movimiento cotidiano en las calles mantiene su tono habitual durante las horas centrales del día, y las aglomeraciones en puntos y horarios concretos son moneda corriente.
Por el otro, la asombrosa sucesión de “dobles mensajes” que emana de quienes tienen el poder de decidir los pasos a seguir solo lleva a la confusión y se convierte en un boomerang ante cualquier intento de prevenir el imparable ascenso de los contagios, las consecuentes internaciones en terapia intensiva y el aumento constante del número de fallecimientos.
Un breve listado de este extraño tratamiento de la pandemia que se viene llevando a cabo deja lugar a muy pocas dudas. Veamos algunos ejemplos.
- Se permiten las clases presenciales pero se cierran cines y teatros (el virus estudia, actúa, asume el papel de maestro o el del espectador).
- Los restaurantes se cierran de noche pero permanecen abiertos de 08:00 a 20:00 (el virus no ha aprendido aún a leer la hora).
- Los profesionales pueden seguir jugando al fútbol, pero se impide que lo hagan a quienes se juntan a jugar una hora al fútbol 5, en un espacio seguramente mejor ventilado que un estadio y con menos abrazos de festejo que entre los profesionales (el virus juega al fútbol en cualquier cancha y a toda hora).
- Se persiguen y prohíben fiestas "clandestinas", pero no se actúa ni se dice nada -tampoco se sanciona de inmediato- cuando algún personaje mediático como Marcelo Tinelli junta varias decenas de personas en un estudio de TV sin siquiera las medidas de protección necesarias.
- No se aplican sanciones ejemplares a quienes regresan del exterior y rompen sin disimulo sus aislamientos, pero en cambio se limita la movilidad interna en el transporte público a aquellos que se movilizan para concurrir diariamente a trabajar.
- Se permiten reuniones callejeras multitudinarias, ya sean de protesta o de cualquier otra índole, al mismo tiempo que se combaten las reuniones de amigos para un asado o se prohíbe la concurrencia a los estadios.
- Asumimos con naturalidad la baja incidencia de Covid-19 en el sistema educativo sin testear a todo el complejo que rodea a burbujas que se pinchan día a día, y con ello apoyamos la escolaridad presencial.
- Apoyamos una publicación científica en una revista de renombre cuando dice algo que nos conviene, pero si no nos conviene aducimos que se trata de “diferentes opiniones”, sin siquiera explicar qué avala dar preferencia a unas sobre otras.
Con todo, nada parece más peligroso para facilitar la libre circulación del virus que el otorgamiento de altas sin testeos previos. Dar de alta automáticamente a quienes contrajeron la enfermedad una vez transcurridos 10 días del diagnóstico sin la seguridad de la negativización del PCR es, simplemente, suponer que el virus sabe leer los almanaques, y hasta ahora no se ha detectado que posea semejante habilidad. Claro que los tests de PCR cuestan dinero, y quizás por ahí se pueda entender la reticencia de obras sociales, empresas de medicina privada y del sistema de salud en general por ampliar el espectro de los testeos a todos los que se hayan infectado, antes de darles el pase para que recuperen su vida normal.
Llegamos entonces al punto donde parece ocultarse la razón de tanto doble mensaje esquizofrénico. Paulo Dybala, el cordobés que juega en la Juventus y la Selección Argentina contrajo la enfermedad el año pasado. Lógicamente lo separaron del plantel y le fueron realizando hisopados cada 15 días. Hubo que esperar al cuarto intento para que diera negativo y lo dejaran volver al club.
¿Cuál es la diferencia con los miles de infectados diarios en el país? Que el valor de cotización de Dybala en el mercado futbolístico ronda los 75 millones de euros, y la suma del valor de los compañeros que podría contagiar alcanza los 692 millones. La vida y la cotización de mercado de cualquiera de las personas que andamos por las calles o de nuestros familiares y amigos no aparecen registradas en ningún balance de cuentas y resultados. 
Es cierto, puede argüirse que el fútbol se juega por dinero y que los restaurantes abren por el mismo motivo. Si se quiere “pensar mal”, incluso cabe la posibilidad de suponer que las clases presenciales persiguen antes el objetivo de permitir que los padres de los niños acudan a sus trabajos que el hecho educativo en sí mismo. Pero priorizar el dinero en una pandemia es un error mezquino y mayúsculo.
El DNU que regirá en todo el país durante los próximos días endurece las restricciones. Cabe preguntarse si era necesario llegar a este punto para ponerlas en práctica. El Gobierno posee una visión global de lo que ocurre en todo el país y los avisos que daban las cifras diarias deberían haber bastado para no tener que acercarnos al colapso sanitario en varias regiones para aceptar cuál es la realidad, en lugar de priorizar intereses personales, políticos o económicos. 
Vivimos una pandemia con el diario del lunes de lo que ha ocurrido en otros países. ¿No sería mejor aprovechar esas situaciones que aguardar que nos suceda lo mismo que pasó en otras latitudes para tomar las determinaciones más adecuadas? ¿No sería más razonable adelantarnos a los eventos con un análisis lógico de la situación?
Se necesita dinero para hacer buena ciencia, pero la ciencia siempre debe ocupar el primer lugar de la lista. En las clases de formación médica inculcamos a los nuevos profesionales que la buena medicina es ciencia y solo después dinero. No entenderlo, o lo que es peor, decir que se entiende pero actuar en sentido contrario es un signo de esquizofrenia. O si se quiere decir más claro, una verdadera chantada.

*Sergio Perrone, Médico, especialista en Cardiología, Insuficiencia Cardíaca, Hipertensión Pulmonar y Transplante Intratorácico.

*Rodolfo Chisleanschi, Médico y divulgador científico. 

 

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por *Sergio Perrone y Rodolfo Chisleanschi

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