Martes 2 de junio, 2020

OPINIóN | 31-03-2020 17:20

Del aplauso a la cacerola: el que insulta, pierde

Alberto Fernández y la tentación de increpar al ciudadano. Lecciones de la historia para no dilapidar el capital simbólico conseguido.

“A vos no te va tan mal, gordito ¿no?”. Puede que la frase carezca de significado para quienes no vivieron la crisis económica en tiempos de Alfonsín. Era el 4 de agosto de 1987 y el Presidente hablaba en un acto en Chos Malal, Neuquén. Entre la multitud pero cerca del palco, un tipo morrudo que vivía de changas y sufría la falta de dinero, no paraba de hacerle reclamos mientras Alfonsín daba su discurso. Hasta que visiblemente molesto, interrumpió su guión para increpar al manifestante con esas palabras que quedaron en la historia. La réplica presidencial suponía que la gordura de los mal comidos neutralizaba sus quejas. Como siempre, los devotos aplaudieron con ganas la ocurrencia del mandatario.

Cuando supo que lo buscaban por desacato a la autoridad, Sergio Valenzuela se escondió por más de una semana. Finalmente un periodista de la revista Gente lo convenció de acompañarlo para que se entregue. Y estuvo detenido diez días. Con el correr de los años, su osadía se hizo leyenda en Cutral Có. También con el tiempo, el propio Alfonsín se retractó ofreciéndole ayuda económica y mantuvo con Valenzuela una relación de afecto hasta su muerte.

No fue el caso de Cristina y su diatriba contra el jubilado que quería acceder a 10 dólares para regalarles a sus nietos en pleno cepo. La entonces presidenta  lo descalificó por cadena nacional como “abuelito amarrete” por el escaso monto de su compra frustrada; y llamó  “caranchos” a los jubilados que enjuiciaban al Estado en defensa de sus haberes.

El de increpar al ciudadano es un impulso que los líderes deberían aprender a reprimirse. Si se desbanda, Alberto Fernández puede dilapidar el capital simbólico que construyó como gerenciador de la crisis desatada por la pandemia. Como Alfonsín en aquel atril, escuchó aplausos cuando lanzó el primer “idiota” a un infractor de la cuarentena. Hubo algún “ignorante” y el “miserables” que le dio pie al empresario cordobés para grabar un video de réplica al Presidente viralizado en pocas horas.

Antes de asumir la presidencia, Alberto Fernández era muy afecto a las agresiones épicas en redes sociales. Economistas, intelectuales y anónimos fuera de su radar ideológico eran calificados a menudo como “pelotudo”, “imbécil”, “boludo importante” y otros epítetos sexistas para nada inclusivos. Pero la asunción del poder pareció bañarlo de tolerancia y perfilarlo como un buscador de consensos. Cercano y ecuménico en la crisis, dialoguista –hasta con el hijo de Marley por twitter- alimentó al SuperAlberto del que dio cuenta la última tapa de NOTICIAS. Pero la ciudadanía es volátil, sobre todo si la asustan a dos puntas la peste y la sequía: como se probó en la noche del lunes, de los aplausos al caceroleo puede ser sólo cuestión de minutos.

 

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Alejandra Daiha

Alejandra Daiha

Editora Ejecutiva y columnista de Radio Perfil.

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