OPINIóN | 25-11-2020 18:27

Diego, el dueño de la pelota

Maradona siempre dijo que Menotti era el técnico que más lo marcó: en esta columna lo recuerda el DT. "Diego era capaz de cruzar un río lleno de vidrios", dice.

Recordar a Diego Maradona es recordar parte de mi carrera como técnico.

Un día me llamó por teléfono Juan Carlos Montes, que estaba dirigiendo la Primera de Argentinos Juniors y a quien yo había dirigido algunos partidos como jugador en Newell’s, y me dijo que quería conversar conmigo. Entonces nos encontramos en el histórico bar La Biela y me contó que tenía un pibe que era un fenómeno, que hacía cosas con el fútbol de otro planeta. Ahí nomás le dije que lo pusiera en Primera y me respondió que eso iba a hacer. Y estuve esa tarde del 20 de octubre de 1976 cuando Diego, Pelusa, con solo 15 años, debutó contra Talleres de Córdoba.

Desde que vi a Diego en una cancha de fútbol, sostuve que iba a ser un jugador distinto, fuera de lo común. A partir de ese momento comenzó mi relación futbolística con Diego y me tocó dirigirlo durante muchos años de su vida.

Mientras era jugador de Argentinos, lo hice debutar con 16 años en la Selección mayor, el 27 de febrero de 1977, en un amis- toso frente a Hungría que jugamos en la cancha de Boca y donde ganamos 5 a 1. Aquel equipo formaba con Hugo Gatti; Alberto Tarantini, Jorge Olguín, Daniel Killer y Jorge Carrascosa; Osvaldo Ardiles, Américo Gallego y Julio Villa; René Houseman, Leopoldo Luque y Daniel Bertoni. Diego ingresó en reemplazo de Luque a los 20 minutos del segundo tiempo. Diego, siendo muy jovencito, tenía un compromiso inmenso con la camiseta argentina. Eso lo hacía un futbolista de raza. Además era alegre y muy querido por el plantel. También le gustaba hacer malabares con la pelota en los entrenamientos y previas a los partidos. Recuerdo que a Houseman le gustaba hacer jueguito con el taco, tanto con la derecha como con la izquierda, y yo no había visto a ningún otro jugador hacer eso. Entonces un día Diego lo vio y empezó a practicarlo, y a los diez días ya lo hacía mejor que Houseman. Diego era una cosa de locos.

Luego llegó la etapa del seleccionado juvenil que dirigí, con el que logramos el campeonato mundial en Japón en 1979. Era un equipazo, una delicia verlos jugar. Diego se consagró como mejor jugador del torneo y ayudó a muchos de sus compañeros, que eran buenos jugadores, a que se destacaran, porque además de ser un crack era muy generoso dentro del campo de juego. Nunca disfruté tanto con un equipo. Fue un grupo de pibes de mucha calidez humana y notable capacidad de juego. Ellos siguen siendo mis pibes, y con muchos nos seguimos juntando.

En el Mundial de España de 1982 teníamos un gran equipo y Diego estaba muy bien. Fue complicado y no ligamos nada. En el debut contra Bélgica, Jorge Valdano erró dos goles increíbles y el partido contra Italia fue una cacería. La marca personal de Claudio Gentile a Diego fue muy violenta. Aunque quedamos fuera del Mundial contra Brasil, destaco a ese gran equipo que nunca renunció a jugar bien al fútbol.

Durante toda la carrera de Diego la marca de los rivales fue durísima, casi criminal, y lo castigaron de una manera brutal. Además creo que Diego fue el primero que marcó una revolución en la modificación del arbitraje. Después del Mundial 82, los alemanes, que habían perdido la final contra Italia, hicieron un corto de televisión (del cual participé) donde mostraban todas las patadas y fouls que había recibido Diego y también el brasileño Zico en ese mundial, y lo presentaron a la FIFA. Tuvo su efecto porque a partir de ese momento se empezaron a endurecer las sanciones de los referís al juego violento y brusco a nivel global y comenzó a cuidarse al jugador habilidoso y al juego en general.

Diego llegó al Barcelona en 1982. Fue después de varios años de monitoreo, que arrancaron con un informe que hice para el club luego de un partido entre Boca y Argentinos Juniors que terminó 1 a 1, el 13 de agosto de 1978. En ese entonces Diego tenía 17 años y dejé en claro varias cualidades que con el tiempo potenció en sus máximos niveles como ningún otro futbolista, y concluí de la siguiente manera: “Tiene unas cualidades técnicas prodigiosas, remate fácil siempre en profundidad. Tiene una visión de línea recta cara al gol, pero sabe desprenderse del balón en beneficio del compañero mejor situado. Reflejos extraordinarios. Protege el balón muy bien para jugarlo acto seguido con gran eficacia. Sus pases cortos y disparos son pura maravilla. Cambios de ritmo prodigiosos”.

Lo dirigí a Diego en el Barcelona durante los años 1983 y 1984, lapso en el que obtuvimos la Copa del Rey en Zaragoza frente al Real Madrid, y la Copa de la Liga, también frente al Real, siendo Diego autor de un gol en cada uno de los dos partidos de la final. Recuerdo que el gol anotado en el Santiago Bernabéu provocó la ovación del público madridista, que reconoció la belleza del gol pese a ser marcado por el conjunto rival. A Diego lo hice jugar de 9 porque a mí siempre me gustó esa posición para él.

Luego sufrió una hepatitis que lo alejó de las canchas durante cuatro meses y también tuvo la fractura de su tobillo izquierdo, que le provocó Andoni Goikoetxea en septiembre de 1983, en un partido con el Athletic Bilbao. Fue tremendo ver su tobillo he- cho una bola de sangre, destrozado. Recuerdo que estando en el hospital con Claudia Villafañe, su mujer de entonces, Diego se negaba a que lo operaran pero finalmente fue operado por el médico del Barcelona, Rafael González Adrió, y gracias al trabajo que realizaron tanto Fernando Signorini (amigo y preparador físico personal de Diego) como el doctor Rubén Oliva, la recuperación que se hizo en Buenos Aires fue todo un éxito. Volvió a jugar meses después en un partido que ganamos 3 a 1 contra el Sevilla, haciendo dos goles. Ese día, también comprendí que Diego era un superdotado en su genética y en su cuerpo. Diego era capaz de cruzar un río lleno de vidrios y, aunque se lastimara, se recuperaría de una manera casi inexplicable.

Para Diego el fútbol era su vida, jugar era lo que más disfrutaba. Tal era su sentimiento por la pelota, que hubo partidos amistosos en el seleccionado juvenil o un partido del Barça contra el Manchester United, en los que lo tuve que sacar porque lo estaban castigando a patadas, y él no te lo perdonaba, no quería salir nunca de la cancha. Se ofuscaba, no te decía nada pero podía estar 15 días sin hablarte. El fútbol corría por sus venas.

Como tuve la fortuna de dirigir a Diego desde muy joven y en distintas etapas deportivas, puedo sostener que llegó a su máximo nivel futbolístico durante los primeros años en el fútbol italiano, jugando para el Napoli, sobre todo porque no era un gran equipo y peleaba los últimos puestos de la tabla, aunque después reforzaron trayendo a Bruno Giordano y a los brasileños Careca y Alemão. Pero en los primeros tiempos, Maradona jugaba solo contra todos los rivales y fue su esplendor. Se lo veía muy feliz y además había generado una relación especial con el pueblo napolitano del sur pobre de Italia. En esa época hizo todo lo que se le puede pedir a un jugador de su categoría, hizo goles, hizo pases de gol, quitó, recuperó… fue maravilloso. Ese nivel futbolístico lo siguió manteniendo y obviamente también se destacó en todo su esplendor cuando jugó el Mundial de México 86 y salió campeón y se consagró como el mejor jugador del mundo.

Siempre sostengo que existen cuatro emperadores del fútbol mundial: Alfredo Di Stéfano, Pelé, Johan Cruyff y Diego Armando Maradona, todos ellos en un contexto donde había grandes figuras.

He leído y escuchado que Maradona sostiene que he sido el técnico que más le ha enseñado. Yo considero que la palabra no es enseñado sino más bien ayudado. Lo entrené y traté de cuidarlo mejor posible porque sabía que tenía unas condiciones futbolísticas que le podían brindar un futuro prometedor como uno de los futbolistas más importantes. Y por suerte y alegría para el fútbol fue lo que pasó. Nunca el éxito lo descolocó para la relación y formación en un equipo de fútbol. Todo lo contrario, era un pibe generoso, alegre y gran compañero. Siempre le hice asumir la responsabilidad de que hiciera jugar bien al equipo. A mí no me importaba cómo jugaba él (que era una maravilla); me importaba que hiciera jugar y funcionar al equipo porque era el único que podía hacerlo y así lo hizo en todos los equipos en que lo dirigí.

Yo siempre lo cargaba y le decía que él era el dueño de la pe- lota, pero tenía que serlo en el sentido más amplio, no en el egoísmo; tenía que hacerse dueño del equipo. Y Diego lo comprendió y lo llevó a la práctica porque fue tremendamente generoso con todos los compañeros y el funcionamiento del equipo, fuera y dentro de la cancha. Defendía los derechos de los jugadores y era el primero en llegar y el último en irse de los entrenamientos. Sus actos lo hacían un ejemplo a seguir. Eso lo convirtió en un líder indiscutido donde le tocase jugar. Diego fue un futbolista excepcional en todo, en el juego y en el carácter con sus compañeros.

 

*Por César Menotti, técnico campeón del mundo. El texto es parte de "D10S, miradas sobre el mito Maradona", de Editorial Octubre.

por César Menotti

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