Martes 21 de septiembre, 2021

OPINIóN | 25-11-2020 18:13

Diego Maradona, rebelde por siempre

Adrián Paenza cuenta cómo conoció al astro y la histórica entrevista en la que Diego dijo "me cortaron las piernas". Es parte del nuevo libro "D10S, miradas sobre el mito Maradona".

El día específico en que conocí a Diego Armando Maradona, no lo puedo recordar. Sí puedo decir que yo ya era periodista (empecé a trabajar con José María Muñoz en La Oral Deportiva en junio de 1966) y nos llegaba el rumor de un niño que hacía “jueguito” con la pelota en el intervalo de los partidos de Argentinos Juniors. En esa época, yo también jugaba mucho a la pelota (fíjese que no dije que jugaba bien, dije que jugaba…), y el rumor entonces no era solamente sobre lo que él hacía (como un “entretenedor” en el medio de un circo), sino que también jugaba en los equipos de Francis (Cornejo). Y no cualquiera jugaba allí…

También habíamos escuchado hablar de otro muchacho, lisiado, que lo acompañaba a Diego por todos lados. Era Jorge Cyterszpiler. Alguien de mi familia conocía a la familia de Jorge y del hermano, Silvio, y ya nos habían hablado de ese pequeño jovencito que hacía magia. Si no recuerdo mal, en esa época se jugaban dos partidos antes del de primera: la tercera, después la reserva y recién al final los equipos de primera. Diego hacía jueguito en los entretiempos, y en el momento en que reaparecían los equipos, el estadio se “desinflaba”, todos querían más, y que no se terminara nunca.

¿Habría gente que iba solo para ver los entretiempos?

Ahí lo conocí. Como yo “hacía” vestuarios para Muñoz, tenía acceso privilegiado. Y también conocía a Francis, porque muchos amigos míos jugaban o habían jugado en sus equipos. Todos que- rían jugar ahí, pero Diego no solo jugaba… Era razonable y espe- rable que, en algún momento, apareciera alguien sobresaliente, al- guien que fuera “el mejor entre los mejores”. Ese fue Diego. Nadie había visto nada igual. Para poder entenderlo uno tiene que haber jugado, tiene que haber intentado alguna vez hacer algo que no se puede, porque hay restricciones que impone la física, porque uno sabe que hay diferencias entre una mano y un pie. De la misma forma en que uno sabe que, si quiere ponerse la pelota en la cabeza, la ley de gravedad hará que la pelota se caiga. S

alvo que esa cabeza particular funcione de manera diferente, y los hombros, cumplan una función diferente de la que cumplen para el resto de los mortales. Únicamente así se puede entender. Y con esas zapa- tillas que no estaban rotas pero sí usadas, gastadas, de tanta tierra. Eso, tierra. En esos lugares no se juega sobre césped, se juega en la tierra, una tierra seca que salta hacia arriba como si fuera polvo. Siempre sospeché que el mismo polvo se quedaba quieto un ratito para poder ser un espectador privilegiado, tan cerquita de Diego.

Sí, me parece que fue allí donde lo conocí, y donde –creo– le hice la primera nota, un día que en la cancha donde estaba Mu- ñoz había llovido tanto que el partido principal se había suspen- dido, y entonces yo, en un momento descarado, lo interrumpí para decirle: “¡Muñoz! ¿Me da un minutito para poder hablar con un niño prodigio?”.

Nadie hacía eso, porque a Muñoz no lo interrumpía nadie, pero ese día no iba a haber fútbol así que estaba bien que hablá- ramos con alguien que hablaba muy bajito, con voz muy firme pero baja en volumen. Lo había traído hasta el micrófono Jorge Cyterszpiler. Y allí, en ese momento, conocí a Diego.

Mi profesión periodística me ha regalado vivir algunos de los momentos más importantes de la carrera deportiva de Diego, que me siguen asombrando y conmoviendo. Aunque hay un único momento deportivo que supera cualquier otro: el segun- do gol a los ingleses. Todo el resto está muy bien, y es posible que en la comparación con el título conseguido en México 86, sea más importante el campeonato del mundo que un gol. Se- guro que sí. Pero también, seguro que no. Ese momento es im- posible de superar porque fue lo más cerca que estuve de creer que estaba alucinando, que no podía ser que hubiera visto lo que había visto.

Tampoco podemos olvidar el primer título con el Napoli. Cuando Diego jugó por primera vez en Turín, pero también en Milán, a pesar de que ya había jugado algunos partidos de la liga representando al Napoli, lo recibieron con una bandera que de- cía: “¡Benvenuto a Italia, Maradona!” Es por eso que haber gana- do el Scudetto con el Napoli tiene un valor extra que nosotros no podemos evaluar. Hay que haber nacido en el sur, o representar al sur, y poder decirle al poder y al dinero: “¡El sur también exis- te!”… Entonces sí, también me conmueve ese título particular.

Otro momento especial que me tocó vivir junto a Diego fue durante su último Mundial, el de los Estados Unidos de 1994, y su expulsión por el doping positivo de efedrina. Los canales 13 y 11 se habían disputado la transmisión de los partidos, y finalmente la obtuvo el 13, que contrató a Diego. Y él me eligió como periodista del canal para que lo acompañara en el Mundial. Cuando apareció la noticia del doping, arreglé con Marcos Franchi, su representan- te, para hacerle una nota a Diego porque estaba todo el país pen- diente. Hacer esa entrevista fue muy complejo, era una situación muy delicada. Logré que Franchi me llevara a la habitación donde él estaba, pasando por entre todos los guardias. El hotel de Da- llas era un gran cilindro y afuera había miles de periodistas. Era una locura. Marcos me vino a buscar, me llevó atravesando toda esa nube de periodistas y gente de seguridad, y llegamos al piso que tenía alquilado el seleccionado. Cuando se abrió la puerta del cuarto, estaba Diego en penumbras, sentado en un sillón grande. Cuando me vio, se levantó, me vino a abrazar y se puso a llorar de una manera que me hizo llorar a mí también. Me decía “yo no me drogué, yo no me drogué”. Fue un momento durísimo.

Armamos todo con la cámara del cordobés Gustavo Rodero, y así hicimos la entrevista. Lo que él dijo no tuvo que ver con mis preguntas. O sea, mi participación fue irrelevante. Diego quería decir lo que dijo, y lo dijo porque le salió de sus entrañas: ¡Me cortaron las piernas! En todo caso, yo fui el vínculo para que él pudiera explicar lo inexplicable, y contarle a todo un pueblo, a todo un país, que él no había infringido ninguna norma, al menos en ese momento. Las había violado repetidamente otras veces, pero no esa. Ni tampoco ahí.

Yo sentí que era como si le hubieran plantado una bolsita con cocaína en el auto y que nadie le iba a creer.

Algunas veces me han preguntado cómo definiría a Diego futbolista, Diego ser humano y Diego político. Es muy difícil contestar las últimas dos preguntas. ¿Cómo se resume un ser humano en unos pocos caracteres? De esa pregunta, paso. Sobre la tercera, puedo decir que Diego estuvo del lado de los que más nece- sitaban, de los que menos tenían, de los que no tenían voz. A su manera, con las imperfecciones y contradicciones que tenemos todos los humanos (¿por qué no habría de tenerlas él?, ¿acaso no es humano?) estuvo siempre del lado de “acá”. Y fue rebelde, siempre. Por eso Fidel, y por eso Chávez. Y por eso Cristina, y por eso Néstor. Nunca renunció a su origen, y muchas personas tienen pudor de “exhibirse públicamente” con sus padres, con su familia. Diego hizo política desde que se dio cuenta de que tenía poder, y por eso enfrentó a Grondona y a Blatter. Él siempre supo que no quería ser como Pelé, y no me refiero al futbolista, sino justamente a quien fue utilizado políticamente. Sus visitas y su vida en Cuba tuvieron un sentido muy peculiar, fue un mensaje enviado al mundo. “Acá es donde quiero estar. Acá es donde el prójimo importa siempre, hay salud y educación”.

Finalmente, la primera de esas tres preguntas es la más fácil: ¿fue el mejor de todos los tiempos? ¿Será verdad? ¿Cuánta incidencia tendrá que fue contemporáneo, mi contemporáneo, nuestro contemporáneo? Los que vieron a Di Stéfano creyeron que Alfredo fue un todoterreno que “inventó el fútbol moderno”. Y es posible que tengan razón. Y los que amaron a Puskas, o a Cruyff. O los que hoy sostienen lo mismo de Messi. Pero en todo caso, ¿qué importa?

Nadie puede asegurar que cualquier respuesta que uno dé a la pregunta por “el mejor de todos los tiempos” no sea erra- da, porque no hay varas que sirvan para medir “todos los tiempos”. Cuando hay un metro patrón contra el cual compararse, la pregunta no tiene sentido. Usain Bolt es más rápido que Carl Lewis, sencillamente porque 9 segundos y 58 centésimas es me- nos tiempo que 9 segundos y 83 centésimas. ¡Y listo! La unidad minuto, y por ende segundo y sus diferentes fracciones son in- mutables, no cambian. Por eso Bolt gana y ganará siempre, al menos frente a Carl Lewis. No tenemos el privilegio de hacer lo mismo con Diego, pero lo que sí podemos hacer es decir que la frase no resulta descabellada. Y en todo caso, ¿qué importa? ¿Por qué quitarles méritos a los otros, a los Messi, a los Pelé o a los Di Stéfano? ¿Por qué no valorarlos a todos? Diego está en ese lugar que se ganó con la pelota, con todo a favor (de a ratos) y con todo en contra (también de a ratos). Al único que no pudo derrotar fue al tiempo, que la última vez que me fijé, seguía invicto.

Ver a Diego dirigir nuevamente el fútbol argentino no me produce nada, al menos nada original. Preferiría que no lo hiciera, pero si a mí me cuesta trabajo elegir lo que quiero para mi vida, ¿se imagina tomar decisiones sobre la vida de los otros? Yo preferiría que no lo hiciera, porque en realidad yo preferiría que Diego siguiera jugando, y que el tiempo se hubiera detenido, y que yo me estuviera preparando para ir a una cancha, para que haya tres entretiempos. No quiero verlo de ninguna otra forma que no sea vestido de jugador, con zapatillas gastadas y con la tierra que se queda suspendida, porque esa misma tierra sabe…¡todo lo que está por venir! Salud, Diego. ¡Y gracias!

 

 

*

por Adrián Paenza

Galería de imágenes

En esta Nota

Comentarios