Saturday 18 de May, 2024

OPINIóN | 16-01-2023 10:38

El estertor bolsonarista

El gobierno de Lula tuvo su propio plan: observar los ataques a distancia, hasta entrar en acción contra un delito cometido.

Corrigiendo a Hegel, en “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” Marx explicó que la historia, que primero ocurre como tragedia, se repite luego como “una miserable farsa”. Imagen retórica que se convirtió en recurrente instrumento de análisis para ciertos casos y cuadra para entender los sucesos del 8 de enero en Brasilia.
El trágico asalto al Capitolio el 6 de enero del 2021, se repitió de una manera grotesca.

Lo que dificulta el paralelo con la reflexión que hizo Marx al comparar el golpe de Luis Bonaparte con el que había dado Napoleón en 1799, es que los sucesos del 6 de enero del 2021 en Washington también fueron un grotesco ataque a la democracia, la “miserable farsa” de “levantamiento popular” que termina en fracaso.Sin embargo resulta aún más burdo que, con los resultados a la vista del fallido intento golpista ocurrido en Estados Unidos, se haya intentado lo mismoFotogaleria El presidente brasileño Jair Bolsonaro gesticula durante la apertura de la XXIII Marcha en Defensa de los Municipios en Brasilia en Brasil.

Como un mariscal obtuso, Jair Bolsonaro ha seguido al pie de la letra la estrategia de desconocer la derrota que había aplicado Trump sin tener éxito alguno. Igual que el magnate neoyorquino, empezó a denunciar un fraude antes de la elección, cuando las encuestas comenzaban a mostrar como posible un triunfo opositor. Y tal como hizo Trump, ante la derrota en las urnas el ultraconservador brasileño desconoció el resultado diciendo a sus seguidores que la izquierda le había robado la elección para “instalar el comunismo”.

Siguiendo esa estrategia trumpista, Bolsonaro generó su propio asalto al Capitolio. Y el resultado fue también una patética derrota que lo deja en peores condiciones políticas y judiciales. Al día siguiente, las postales de Lula lo mostraban rodeado de miembros de los poderes Judicial y Legislativo, y de gobernadores que expresan todo el arco político, mientras que la única imagen de Bolsonaro que apareció lo muestra en una cama de hospital, internado por dolores abdominales que son secuelas del atentado sufrido durante la campaña electoral.

La foto que envió el dirigente ultraderechista le recordaba a Brasil y al mundo que él fue víctima de un acto violento y antidemocrático: la puñalada que recibió en Minas Gerais. Bolsonaro se victimizaba en las horas en que de él se hablaba como instigador de la asonada en Brasilia. Una imagen patética más en el álbum de la “miserable farsa”.

Fotogaleria Partidarios del presidente brasileño Jair Bolsonaro participan en una manifestación contra la elección de Luiz Inacio Lula da Silva como nuevo presidente frente al Congreso Nacional en Brasilia

Lo ocurrido el 8 de enero no muestra los síntomas de la descomposición de una democracia, sino los estertores de un liderazgo extremista.
¿Por qué estaría agonizante un liderazgo cuyos seguidores pueden realizar semejante movilización? Por el carácter grotesco de la asonada y por el fracaso del plan organizado y financiado en trincheras bolsonaristas.

Por cierto, el plan tenía una lógica. Esa lógica se entiende en la diferencia de lo ocurrido en Brasilia con el asalto al Capitolio. El seis de enero del 2021, el zarpazo trumpista intentó destruir la elección presidencial, impidiendo la certificación del resultado en el Congreso. El histórico edificio blanco estaba colmado de legisladores y el objetivo de la turba multitudinaria era tomarlos como rehenes y capturar al vicepresidente y titular del Senado, Mike Pence, para obligarlos a desconocer el triunfo de Biden y dar alguna “legitimidad legislativa” a la permanencia de Trump en el Despacho Oval.

En Brasilia, los edificios asaltados por la turba multitudinaria estaban vacíos porque era domingo. Entonces, cuál era el objetivo de esa masiva invasión. ¿Qué pretendían invadiendo edificios vacíos? Lo único que tiene lógica suponer es que pretendían crear el escenario en el que los militares se vean obligados a hacer lo que Bolsonaro y sus seguidores llevaban meses pidiéndoles: un golpe de Estado.

Fotogaleria El presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva gesticula durante la ceremonia de investidura del vicepresidente Geraldo Alckmin como ministro de Industria y Comercio, en el Palacio de Planalto en Brasilia

¿Cómo se crearía ese escenario? Convirtiendo a Brasilia en un foco insurreccional que irradiara imágenes de rebelión masiva para desatar, por efecto contagio, una ola de manifestaciones anti-Lula en todo el país, generando un estado de efervescencia que lo vuelva un territorio ingobernable. Ante el peligro de disolución nacional o de guerra civil, calcularon los estrategas de la asonada, el ejército no tendría más alternativa que hacer el tan reclamado golpe de Estado, o dividirse y entrar en convulsión interna al aparecer facciones partidarias del golpe desafiando la orden de subordinación a las instituciones, emitida por el alto mando.
Nada de eso ocurrió. Ni se produjo una ola de protestas desestabilizando todo el país, ni aparecieron facciones militares golpistas dispuestas a derribar el gobierno.

Como el único plan posible era una asonada golpista y como eso ocurriría entre el mediodía del sábado y la noche del domingo porque así lo sugería el arribo de miles de bolsonaristas en más de cien ómnibus, el gobierno tuvo su propio plan: sacar a Lula de la capital y observar los acontecimientos, hasta entrar en acción contra un delito cometido: el asalto a los edificios públicos. Observando desde afuera los acontecimientos, el gobierno comprobaría si las autoridades del Distrito Federal estaban a favor del cumplimiento de la ley, o eran cómplices del movimiento golpista.

Ibaneis Rocha

El plan del gobierno implicaba un riesgo grande. Si el plan golpista estaba elaborado sobre información acertada, la ola de masivas protestas convulsionando Brasil podía concretarse y, en ese marco, podía romperse el frente militar, apareciendo facciones dispuestas a derribar al presidente

Funcionó el plan del gobierno. Los activistas más violentos y los cabecillas fueron detenidos. También hubo funcionarios detenidos y el gobernador del Distrito Federal, Ibaneis Rocha, fue suspendido y deberá demostrar que su pasmosa pasividad se debe a que es un inútil y no un cómplice de los golpistas. Si el asalto a los edificios públicos no se hubiera producido, no habría detenciones porque no habría delito. Tampoco se podría investigar qué funcionarios son confiables y cuáles son golpistas al acecho.

Si un plan estaba inteligentemente concebido, entonces el otro era negligente. Los acontecimientos prueban que el plan negligente fue el de la asonada golpista.
El gobierno los dejó venir, y ellos avanzaron hacia el abismo político. El gobierno los dejó actuar, y ellos se autodestruyeron.
El único triunfo que aún podría obtener la asonada es que Lula lleve la necesaria búsqueda de responsables hacia una cacería de brujas, en la cual el extremismo bolsonarista sea la excusa para otro autoritarismo. Pero eso está por verse. Lo que ya se vio son los violentos estertores de un liderazgo extremista y exacerbado.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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