Domingo 19 de septiembre, 2021

OPINIóN | 09-02-2021 13:14

El país frente a un gran vacío

La disyuntiva es entre, por un lado, permitir que la Justicia haga su trabajo y, por el otro, resignarse a que la Argentina siga siendo tierra sin ley.

Si la Argentina fuera aquel mítico país “normal” al que aluden esporádicamente políticos de todos los pelajes cuando alguien les pide hablarnos del modelo que les parece alcanzable, la oposición arrasaría en las elecciones parlamentarias programadas para el 24 de octubre. Además de tener la mala suerte de estar a cargo del país en medio de una pandemia brutal, el gobierno de Alberto Fernández no tiene la menor idea de cómo manejar la fase actual de una crisis económica que ya ha durado más de setenta años. Para colmo, tanto el presidente formal como quienes lo acompañan tienen que solidarizarse con una legión de corruptos cuya jefa es dueña de las acciones mayoritarias de la empresa política que administran.

Sería de suponer, pues, que los dirigentes de Juntos por el Cambio sólo tendrían que llamar la atención a las muchas deficiencias de la variopinta coalición gobernante y comprometerse a obrar con sensatez y, huelga decirlo, honestidad cuando, por fin, la mayoría haya optado por devolverles el poder que perdieron en las elecciones presidenciales de 2019 pero, claro está, las cosas no les están resultando ser tan fáciles. A pesar de todo lo ocurrido en las décadas últimas, aún abundan los persuadidos de que es mejor que los peronistas gobiernen porque son los únicos que están en condiciones de impedir que los revoltosos que, por lo común, militan en sus propias filas, provoquen desastres aún mayores, Asimismo, hay muchos que toman la incapacidad de Mauricio Macri y su equipo de transformar en una dínamo productiva la economía raquítica que les entregaron Cristina Kirchner, Axel Kiciloff y compañía por un fracaso tan contundente que sería un error craso permitirles regresar.

También perjudica a Juntos por el Cambio la noción de que en el fondo escasean las diferencias entre quienes se ubican en los lados opuestos de la “grieta” que tantos dicen deplorar. Parecería que los que piensan así quisieran que los presuntos halcones como Macri y Patricia Bullrich se abstuvieran de criticar al oficialismo con tanta vehemencia, y, a veces, que Alberto, Santiago Cafiero y los ultras que los están vigilando, dejaran de insultar a los protagonistas del gobierno al que reemplazaron.

Se trata de una fantasía. Si bien en algunos países - no muchos - el partido gobernante y su rival principal comparten valores fundamentales y pueden coincidir en lo que convendría hacer en una situación de emergencia, aquí es demasiado grande la brecha ética que separa al Frente de Todos de Juntos por el Cambio. ¿Es posible ser “moderado” o “neutral” ante las acusaciones de corrupción que penden sobre las cabezas de la vicepresidenta Cristina y distintos funcionarios de lo que, por mucho que se queje de su desempeño, es su propia criatura? Por desgracia, no es cuestión de deslices anecdóticos o de infracciones menores de algunas leyes ambiguas del tipo que sirven para poner en apuros a funcionarios desprolijos, sino de delitos que, según todos los sistemas legales vigentes, tienen que ser castigados, a menudo con severidad. La disyuntiva, pues, es entre permitir que la Justicia haga su trabajo por un lado y, por el otro, resignarse a que la Argentina siga siendo un país sin ley, lo que, para el mundo occidental por lo menos, haría de ella un paria internacional.

Para Alberto y Cristina, el triunfo de Joe Biden en las elecciones norteamericanas fue una mala noticia. Puede que hasta cierto punto su propia cosmovisión se acerque más a la reivindicada por el grueso de los miembros del Partido Demócrata que a la de Donald Trump, pero sucede que al hombre del pelo anaranjado le importaba poco la conducta de sus “amigos” en lugares exóticos. En cambio, Biden y quienes lo rodean se sienten constreñidos a defender un orden internacional basado en reglas que no incluyen el presunto derecho de los poderosos a enriquecerse a costillas de los demás. Podría decirse que en este ámbito, como en otros, son menos “realistas” que Trump que no tenía interés en involucrarse en los asuntos internos de países que en su opinión no planteaban amenazas a Estados Unidos, pero extrañaría que los moralistas natos demócratas pasaran por alto la batalla furibunda que están librando los kirchneristas contra la Justicia como tal. Al contrario, lo más probable es que apoyen a la gente de Juntos por el Cambio con los que tienen mucho en común.

Desde hace casi un año, el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta encabeza el pelotón de presidenciables opositores. El perfil que se ha construido es decididamente más “moderado” que los de Macri, Bullrich, Alfredo Cornejo y Elisa Carrió, lo que, espera, lo ayudará a incorporar al movimiento que está formando a muchos peronistas que están hartos de la voracidad de La Cámpora y las contradicciones incesantes de Alberto, pero le acarrea el riesgo de parecer demasiado tibio para liderar un país que está abrumado por problemas angustiantes.

Después de todo, si el “gradualismo” de Macri no funcionó hace cinco años, no habrá muchos motivos para suponer que una versión actualizada de la misma estrategia resultara adecuada para el país que nos aguarda. Podría argüirse que sería prematuro que los dirigentes opositores se pusieran ya a confeccionar un “plan”, puesto que a menos que se produzca una convulsión, como la de fines de 2001, que haga trizas del calendario constitucional, no les sería dado aplicarlo antes de que hayan trascurrido casi tres años, pero uno de apariencia coherente contribuiría enormemente a fortalecer la confianza de una parte muy significante de la ciudadanía no sólo en la coalición opositora sino también en el futuro nacional.

Así y todo, puede entenderse la escasa voluntad de los políticos opositores de decirnos con cierta precisión qué harían si les tocara gobernar la Argentina. Al igual que los miembros del gobierno panperonista, comenzando con Alberto, temen que cualquier “plan” que cerrara asustaría tanto a la gente que desataría una explosión social de dimensiones inmanejables. Por tal razón, prefieren improvisar con la esperanza de que de un modo u otro todo salga bien, pero sucede que el vacío intelectual de la política de “vamos viendo” sólo garantiza que los problemas que los dirigentes no se animan a enfrentar sigan agravándose, de ahí el aumento constante de la pobreza extrema que se registraba antes de que la pandemia de Covid-19 agregara un nuevo ingrediente a la ya tóxica mezcla nacional.

Mientras que los políticos de generaciones anteriores se enorgullecían de pertenecer a familias ideológicas determinadas, sus sucesores se conforman con “relatos” por entregas que, por depender únicamente de la imaginación del narrador, pueden adaptarse a las circunstancias con facilidad envidiable. Lo entienden muy bien los kirchneristas que, una vez en el poder, lograron ampliar el suyo al agregarle capítulos sobre los derechos humanos, su propia lucha heroica contra el capitalismo neoliberal y así por el estilo sin tener que preocuparse por la trayectoria personal de los fundadores porque sabían muy bien que los relatos son forzosamente ficticios.

¿Serían capaces los estrategas opositores de elaborar algo que sea atractivo no sólo para los que, a pesar de todo lo ocurrido, aún se sienten parte de la clase media sino también para la multitud creciente de pobres e indigentes que suministran a los kirchneristas los votos que les permiten seguir apropiándose de cajas con el presunto propósito de crear una nueva oligarquía, además de mofarse de los juristas, inversores en potencia, y economistas estigmatizados como ortodoxos y reaccionarios porque creen que dos más dos son cuatro? Hasta ahora, los esfuerzos opositores en tal sentido no han sido muy exitosos, tal vez porque, en el mundo de los relatos, los delincuentes suelen ser más taquilleros que las personas honestas.

Aquí, los grandes esquemas ideológicos siempre han importado menos que en otras latitudes, con el resultado de que, para conseguir votos en cantidades suficientes, el líder de una agrupación política ha tenido que ser capaz de generar su propio ismo. Últimamente, los únicos que lograron hacerlo para el consumo popular han sido Néstor Kirchner y Macri; virtualmente todos entienden más o menos lo que quieren decir “kirchnerismo” y “macrismo”, pero sólo los especialistas prueban suerte con un ismo propio de Cristina. En cuanto al “albertismo”, se trata de un concepto tan fantasmal que el hipotético beneficiado se esfuerza por conjurarlo por miedo a que espante a su patrona.

Muchos militantes de Juntos por el Cambio quisieran liberarse del “macrismo” por suponer que no los ayudaría a congraciarse con los votantes indecisos que precisan seducir. Es lo que propuso el senador Martín Lousteau, pero desvincularse abruptamente del dueño del único ismo opositor auténtico podría tener consecuencias contraproducentes para la coalición opositora que, gracias en buena medida a los excesos oficialistas, se ha mantenido intacta. Por tratarse de la única fuerza política que ofrece al país una alternativa genuina al kirchnerismo, sería mejor que todos sus integrantes reivindicaran la gestión del ex presidente o, por lo menos, señalaran que por su condición minoritaria Cambiemos no pudo haber reestructurado la economía sin provocar una reacción violenta que a buen seguro hubiera socavado el precario sistema democrático.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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