Jueves 1 de diciembre, 2022

OPINIóN | 24-12-2021 00:14

El regreso del Imperio del Medio

Estados Unidos desempeñará un papel internacional aún más decisivo que aquel del Imperio Británico en épocas anteriores.

Interpretar mal lo que está sucediendo en el resto del planeta, como hicieron quienes gobernaban la Argentina en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, puede tener consecuencias costosas. Al resistirse a entender que en adelante Estados Unidos desempeñaría un papel internacional aún más decisivo que aquel del Imperio Británico en épocas anteriores, cometieron un error muy grave. Pues bien, todo hace pensar que, como en los años cuarenta del siglo pasado, las placas tectónicas de la geopolítica están moviéndose con rapidez desconcertante.

Aunque el presidente norteamericano Joe Biden se afirma resuelto a defender el orden que de un modo u otro ha durado hasta ahora, muchos sospechan que, por razones mayormente internas, Estados Unidos no está en condiciones de reaccionar con éxito ante el desafío planteado por China. Aún es imposible saber si quienes piensan así están en lo cierto o si, como a menudo ocurre, sus opiniones sólo reflejan sus propios prejuicios, pero no cabe duda de que, para los responsables de la política exterior argentina, el momento que estamos viviendo exige cautela.

De acuerdo común, la pandemia que ha causado mucho más daño a Estados Unidos y los demás países occidentales que a China, ha servido para acelerar cambios que ya estaban en marcha. Si bien en un lapso muy breve los científicos de los países desarrollados crearon vacunas capaces de amortiguar el impacto de una plaga que, de no haber sido por sus esfuerzos, hubiera segado más vidas y provocado trastornos económicos y sociales aún peores que los que sigue ocasionando, ninguna vacuna ayudará a hacer menos grave la crisis de confianza, cuando no de identidad, que ya estaban sufriendo las democracias más desarrolladas cuando el coronavirus salió de China para sembrar muerte y destrucción.

Aunque el pesimismo que bien antes de la llegada de la pandemia se había difundido por las capitales del Occidente se debió a factores culturales, sobre todo a la sensación de que lo que podría llamarse “el proyecto de la Ilustración” se había agotado, la convicción de muchos de que China estaba por suceder a Estados Unidos como la potencia hegemónica ha hecho del origen de Covid un asunto de gran importancia geopolítica, lo que no sería el caso si hubiera motivos para sospechar que el patógeno había escapado de un laboratorio virológico indio, europeo o incluso norteamericano.

Sea como fuere, hace un par de generaciones, cuando según el mercado el terreno del Palacio Imperial de Tokio valía más que todas las propiedades de California, estaba de moda prever que la economía japonesa no tardaría en superar a la norteamericana para erigirse en la mayor del mundo, pero en 1991 los buenos tiempos del “milagro” llegaron a su fin y a partir de entonces el Japón tendría que conformarse con una tasa de crecimiento parecida a la registrada por la Argentina, es decir, de una casi nula. En cambio, Estados Unidos, gracias al colapso de la Unión Soviética y al dinamismo irrefrenable de las empresas de alta tecnología, se consolidó como la superpotencia reinante. Aunque el Japón siguió siendo un país muy próspero, ha tenido que resignarse a desempeñar un papel secundario en el esquema internacional.

¿Podría algo similar suceder con el desafío planteado por China? De prolongarse las tendencias actuales por algunos años más, los chinos estarán en condiciones de dominar la economía mundial, pero hay señales de que, como les sucedió a sus vecinos japoneses, han creado una gigantesca burbuja financiera. Recuperarse de un revés tan abrupto como el experimentado por el Japón no sería sencillo porque China también afronta graves problemas demográficos; la política de un solo hijo que rigió hasta 2015 dio lugar a un superávit alarmante de varones que nunca podrán casarse, mientras que la caída precipitada de la natalidad, que se ha reducido a un nivel inferior al registrado en el Japón y es casi tan baja como la de Corea del Sur, significa que la población habrá envejecido antes de que su país tenga los recursos que necesitaría para sostener un sistema de seguridad social viable.

Con todo, si bien no es tan inevitable como algunos quieren creer que China pronto desplace a Estados Unidos como el país más poderoso de la Tierra, son muchos los norteamericanos que temen que ello ocurra porque su propia sociedad ha perdido el dinamismo y, más aún, la coherencia interna que, desde mediados del siglo pasado, le han permitido figurar como el líder indiscutido del “mundo libre”. La rebelión anímica contra las consecuencias de la desindustrialización que posibilitó el triunfo electoral en 2016 de un personaje tan divisivo como Donald Trump, se ha visto seguida por una ofensiva furibunda de los convencidos de que la sociedad norteamericana es congénitamente racista y sexista y por lo tanto hay que desmantelarla. Tales “progresistas” han declarado una guerra sin cuartel contra “la supremacía blanca” que, a su entender, es la fuente de todos los males del planeta. Demás está decir que la “política de la identidad”, según la cual lo único que realmente importa es el grupo étnico o sexual al que uno pertenece, es una receta para que la sociedad norteamericana se autodestruya en una guerra de todos contra todos.

Como en muchos otros países democráticos, entre ellos la Argentina, la clase política norteamericana tiene características corporativas que la desprestigian. Biden se convirtió en lo que sus compatriotas califican del “hombre más poderoso del mundo” merced a los excesos a menudo grotescos de Trump que, así y todo, obtuvo más votos en las elecciones presidenciales de noviembre de 2000 que cualquier otro candidato en la historia de su país con la excepción de quien sería el ganador de la contienda de aquel año. A juzgar por las encuestas de opinión, los republicanos, cuyo líder sigue siendo Trump, podrían anotarse un triunfo arrollador en las elecciones legislativas del año que viene gracias a los excesos que están cometiendo los demócratas en su cruzada contra la influencia cultural de la mayoría blanca y a las deficiencias dolorosamente evidentes del propio Biden que, según sus detractores, es tan senil que le cuesta responder a preguntas sencillas formuladas por periodistas que por afinidad ideológica quieren ayudarlo. Así las cosas, los partidarios de Trump tienen motivos de sobra para confiar en que, siempre y cuando no sufra problemas de salud, podría regresar a la Casa Blanca en enero de 2025.

Que este sea el caso es deprimente. Con más de tres centenares de millones de habitantes, un país tan rico y poderoso como Estados Unidos que, para más señas, tiene muchas universidades que son consideradas entre las mejores del mundo, debería contar con un sinnúmero de políticos más impresionantes que Trump y Biden, pero parecería que últimamente no ha surgido ninguno que sea capaz de hacerles sombra. En cuanto a la ambiciosa vicepresidenta Kamala Harris que, se suponía, sería la heredera natural de Biden, su desempeño ha sido tan decepcionante que hay demócratas que quisieran verla reemplazada ya por alguien más atractivo. Parecería que Biden la eligió para acompañarlo no sólo por tratarse de una mujer “de color” sino también porque sabía muy bien que, con ella como la alternativa, los tentados a desensillarlo por las “deficiencias cognitivas” que le atribuyen se abstendrían de hacerlo porque los estrategas demócratas entenderían que una hipotética presidenta Kamala les sería políticamente suicida.

Así pues, por un lado hay una democracia rica que, a pesar de la mentalidad aislacionista de buen parte de sus ciudadanos, es desde hace mucho tiempo el país más poderoso de la Tierra, y por el otro una dictadura que sigue siendo relativamente pobre pero tiene tantos habitantes que su producto bruto pronto podría ser mucho mayor que aquel de su rival y. En el pasado, la voluntad declarada de Xi Jinping de ver al país que gobierna recuperar lo que a juicio de muchos chinos es el lugar mundialmente hegemónico que, por tratarse del Imperio del Medio, le corresponde, combinada con la de Biden de conservar el statu quo pase lo que pasare, hubiera hecho casi inevitable una gran guerra.

Si bien es auténtico el riesgo de que Xi, cuya impaciencia es evidente, procure aprovechar la “ventana de oportunidad” abierta por las convulsiones políticas y sociales de Estados Unidos invadiendo Taiwán, sabrá que la destrucción que causaría una guerra de desenlace incierto sería tan terrible que lo más probable es que trate de alcanzar sus objetivos por medios pacíficos.

China ya está en condiciones de competir con Estados Unidos en un ámbito clave, el de las ciencias duras, en que hasta hace poco los norteamericanos se creían invencibles. Para regocijo de los chinos, los encargados de las instituciones académicas estadounidenses, desde los jardines de infantes hasta las universidades más renombradas, están mucho más interesados en impedir que los jóvenes blancos o de familias procedentes del Extremo Oriente superen a sus coetáneos negros o “latinos” que en alentar a los talentosos. Desde el punto de vista de los chinos, que hace más de mil años efectivamente inventaron la meritocracia educativa, nivelar hacia abajo como están haciendo sus adversarios norteamericanos. es un error estratégico incomprensible, una que ya han comenzado a aprovechar.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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