OPINIóN | 18-10-2020 00:44

Pandemia y elecciones en Estados Unidos

Un análisis de la contienda entre Donald Trump y Joe Biden. El papel de las encuestas, el sistema de votación y las tradiciones de la sociedad norteamericana.

La Revista The New Yorker, refiriéndose a las elecciones norteamericanas, preguntó “¿por qué han pasado tantas cosas y no pasa nada?”. Pocas veces hubo tanto incidente en un proceso electoral: más de 200.000 muertos por la pandemia, protestas masivas por el asesinato de Floyd, el presidente intentó usar a las fuerzas armadas para reprimir a la población y le desobedecieron, los candidatos protagonizaron el debate presidencial más estrafalario de la historia y podríamos seguir con una larga lista de incidentes. Con el desarrollo actual de las comunicaciones la gente está más informada de lo que ocurre, pero las cifras de las encuestas no se mueven. Los estados decididos mantienen su postura y los estados bisagra registran pequeños cambios.

El análisis político en la sociedad hiperconectada es más complejo que el antiguo. Para comprender lo que pasa se necesita una perspectiva holística que nos acerque a las creencias, valores y actitudes de los votantes, algo más complejo que el marketing superficial al que algunos se acostumbraron. Las ciencias de la conducta avanzaron en la última década y las teorías que elaboraron en el siglo XIX los fundadores de la sociología, las de Le Blon y el Rational Choice de principios del siglo XX están arcaicas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría que Trump o Biden pueden ganar un estado vacilante redactando un programa de gobierno o armando un espectáculo con estandartes y partidarios disfrazados de militares.

Las reglas de juego. En Estados Unidos rige la constitución de 1787 promulgada por autoridad de «Nosotros el Pueblo», sin aval de ningún Rey escogido por Dios. Durante bastantes años fue la única democracia que existió en el mundo, ejemplo para los revolucionarios de la época.

En 1845 dictaron las normas para la elección del presidente. El país era la mitad de lo que es hoy, estaba separado por una amplia faja de territorio de la California Independiente, un estado en disputa entre rusos, españoles, ingleses e incluso argentinos, cuando el francés Hipólito Bouchard que tenía patente de corso argentina, enarboló la azul y blanca en ese territorio.

 

urnas

 

Fue cuando se inició la crisis de la papa irlandesa y se desató en Europa una hambruna que provocó la emigración más grande de la historia, potenciada por la aparición del barco a vapor. Se conformaron Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Argentina, países con enormes extensiones de tierra que acogieron a millones de europeos. Todos estuvieron entre los más prósperos del mundo hasta 1930, cuando Argentina tomó su propio camino.

38 millones de emigrantes europeos llegaron a los Estados Unidos, entre ellos 8 millones de alemanes que se instalaron en los estados del medio oeste superior, en Dakota del Norte y del Sur, Minnesota y Wisconsin. Se fundaron varios estados pequeños, con una población mayoritariamente conservadora, blanca, protestante, que son la base dura del Partido Republicano.

Era un país agrario, que quiso que las elecciones presidenciales se celebren acabadas las cosechas, el primer martes posterior al primer lunes de noviembre. Trataban de respetar a los judíos que no podían votar el sábado, a cristianos que dedicaban el domingo al servicio religioso, y se dejaron el lunes para que los electores lleguen a los sitios de votación en sus carruajes y caballos. Este año las elecciones serán el martes 3 de noviembre.

Se mantiene el lento sentido del tiempo del siglo XIX. Los delegados se reunirán el lunes posterior al segundo miércoles de diciembre en la capital de cada estado y votarán. Será el 14 de diciembre. Los resultados se enviarán al Capitolio antes del 23 de diciembre, para que los cuente en voz alta el vicepresidente en ejercicio el 6 de enero y proclame los resultados. Después de dos semanas para que se puedan hacer reclamos y resolver dudas, el presidente tomará posesión del cargo el 20 de enero.

Son instancias ceremoniales, propias de un país que conserva la estabilidad jurídica a rajatabla. En la práctica conoceremos los resultados finales la noche del 3 de noviembre, porque los delegados tienen que votar por el candidato por el que compitieron.

El Colegio Electoral tiene 538 miembros, será presidente quien consiga 270 votos o más. Para ser presidente importan los votos de los delegados, no los de la gente.

La elección presidencial no es nacional, no existe una autoridad electoral general. Cada estado elige sus delegados con sus propias normas. En casi todos quien gana, aunque sea con un voto, se lleva todos los delegados, con excepción son Maine y Nebraska que reconocen representación a las minorías.

Las encuestas a nivel nacional son engañosas. No pasa nada si algo, como las protestas por el asesinato de Floyd, agranda la distancia entre candidatos en un estado decidido, porque quien gane se llevará todos los delegados sea cual sea la diferencia El cambio sin embargo se expresará en la encuesta nacional.

No se suele hacer campaña en estados considerados seguros para un partido porque es una pérdida de tiempo. En el Distrito de Columbia, Nueva York, California, es imposible que gane el candidato republicano, como lo es que gane el demócrata en estados del medio Oeste que son republicanos.

Como estaba previsto, el 2016 los demócratas triunfaron ampliamente en Nueva York (59/38), Massachusetts (61/34), California (62/32), WDC (90/4). Trump dio la sorpresa cuando ganó con poca diferencia en algunos estados industriales del norte. En Michigan ganó por 47.5% a 47.3%, en Pennsylvania por 48.58% a 47.86% y en Wisconsin por 47.2% a 46.45%. Esos pocos votos le proporcionaron 55 electores, el 10% del Colegio Electoral. Sin ellos, sus 304 delegados habrían sido 249 y los 227 de Clinton, 282. Hillary habría sido presidente de la Unión.

Para ganar las elecciones en los Estados Unidos, a un candidato le conviene perder decenas de miles de votos en un estado decidido, si consigue a cambio unos pocos votos para ganar un estado pendular.

Los anticandidatos

Trump es un candidato antisistema, lo que en nuestros libros hemos llamado un anti-candidato. Actualmente en los países occidentales, la mayoría de la gente está en contra de los políticos, del orden establecido, quiere algo distinto. Esta actitud de rebeldía es informe, poco coherente, intensa y efímera, propia de lo que llama el filósofo Zygmunt Bauman la sociedad líquida.

Con los anti-candidatos pasa en política, lo que en la antimateria con las leyes de la física: se invierten, los objetos caen hacia arriba. Todo lo que perjudica a un candidato común, ayuda al anti-candidato. Bolsonaro y Trump perderían votos si quieren aparecer como estadistas, su voto viene del espectáculo y la desmesura.

Cuando se postuló Trump en 2016, todos se burlaron de él por su pelo estrafalario y sus comentarios desorbitados. Nadie creyó que podía ganar. Estudiando su sicología, se ve que algunas leyendas que se instalaron, como el uso de las fake news rusas y los estudios de Cambridge Analityca son falsas.

Trump no actúa con estrategia política, sino con el instinto de un actor de la televisión. Se identificó con la frustración de obreros blancos, afectados por la revolución tecnológica, la globalización y la inmigración. Compartió sus temores, odios y prejuicios, usó el lenguaje racista que les gustaba, provocando el rechazo de los más educados y de los medios de comunicación. Uno de sus estrategas, John Brabender, decía que Trump no podría pasar la "prueba de la fiesta de cóctel”: los republicanos educados de clase media se avergonzarían de confesar que votan por él en una reunión social.

 

Fotogaleria Donald Trump

 

En la campaña de 2016 apareció un video en el que Trump se ufanaba de manosear mujeres. Figuras importantes del Grand Old Party lo rechazaron, dijeron que era un payaso que sería aplastado por la maquinaria demócrata y pidieron que se retire. Trump, el protagonista del reality show, dijo que había dicho eso "para entretener”.

En 2020 los republicanos más ideológicos fundaron el Proyecto Lincoln para rescatar al partido de sus extravagancias. El GOP abolió la esclavitud con Lincoln, fue el primero en sumar a afroamericanos a las más altas funciones del estado, pero ha terminado enfrentado con ellos. Los republicanos anti-Trump invocan a Lincoln para volver al partido en su cauce original.

El Partido Demócrata reúne a los norteamericanos con ideas más progresistas, pero sus últimos candidatos tuvieron una imagen y un lenguaje corporal conservador. Como dijimos en un artículo publicado en NOTICIAS hace cuatro años, Hilary parecía la representante del establishment, con su traje sastre impecable, sus actitudes de dama educada, poco atractiva para los seguidores de Sanders. Ahora el candidato es Biden, un político con gran trayectoria, que no se ve como un representante del cambio, sino como un líder tradicional.

La campaña

Trump inició su campaña en el Auditorio del Banco de Tulsa que tiene 19.000 asientos. Dijo que “¡Casi un millón de personas habían solicitado entradas!”. Creía que el local se desbordaría y armó un escenario en la puerta para hablar a los cientos de miles que suponía que llenarían la plaza. En total llegaron 6.300 personas.

Fue víctima de una broma organizada por adolescentes usuarios de la plataforma Tik Tok que habían hecho un video que se viralizó con el nombre "bailando la macarena frente a mi confirmación de 2 boletos para el mitin de Trump, para que queden 2 asientos vacíos”. Cientos de miles de jóvenes jugaron con esto y vaciaron el evento de manera virtual.

Esas son las iniciativas propias de estos tiempos, organizadas y manejadas por nadie y por todos. Cuando son imaginativas tienen un enorme impacto. James Dennis, autor de “Beyond Slacktivism: Political Participation on Social Media”, dijo a Newsweek que estos pequeños eventos de activismo digital impactan cuando se viralizan si son fáciles de replicar, divertidos, y contribuyen a lo que sus protagonistas consideran una causa noble.

El voto latino

 32 millones de latinos pueden votar en estas elecciones. Son la primera minoría, por encima de los afroamericanos. No tendrán influencia en donde son más numerosos porque son estados definidos por Biden. El 46% está en California en donde ganan los demócratas 62% a 30%, y 2 millones viven en Nueva York ganan 60% a 30%. Su voto será importante en Texas en donde Trump tiene una ventaja de 6 puntos, en Florida en donde son más de 3.1 millones y Biden tiene una ventaja de 3%, en Arizona porque el resultado es incierto y los hispanos son 1.2 millones. Estos estados significan 47 delegados.

El peso de la votación hispana dependerá de su concurrencia a las urnas que suele ser baja comparada con la de otros estadounidenses. En 2016, votó un 47.6% de latinos, 59.6% de afroestadounidenses y 65.3% de blancos.

La polarización. En Estados Unidos todo está politizado, pero es una politización que no tiene que ver con programas de gobierno, doctrinas o ideologías, sino con posiciones ante la vida que se amalgaman por percepciones. Hay una energía republicana del petróleo, gas y carbón, y una energía demócrata, eólica, solar. Los partidarios de los combustibles fósiles deberían oponerse al aborto, a las ciclovías, la defensa de la vida, y al uso de barbijo. Quienes creen en energías renovables, deberían ser abortistas, feministas, oponerse a la discriminación de las minorías sexuales y étnicas. Estas posiciones son a veces tan fanáticas como efímeras, pueden alterarse masivamente con cualquier incidente. Son las actitudes que Malcolm Gladwell llama clickismo, una forma de política que cuestiona, polemizando con Jeremy Heimans, Henry Timms o Clay Shirky.

 

Fotogaleria Estados Unidos Joe Biden

 

Los símbolos se licuaron y significan cualquier cosa. El movimiento gay europeo ponía en sus camisetas el rostro del Che Guevara, uno de los políticos más homofóbicos del siglo XX, porque aparecía apuesto en la foto que le tomó “Korda”. En Buenos Aires, una manifestación feminista saludó a las mujeres que lucharon en la Revolución Soviética, aunque ninguna actuó en ese movimiento revolucionario, ni tuvo protagonismo en la URSS. Ahora, Enrique Tarrio, un afrocubano, apareció como líder de los Proud Boys, grupo racista blanco que apoya a Trump. En una entrevista para Univisión, explica lo que sintió cuando Trump dijo en el debate “retrocedan y esperen”. Entendió "esperen mis órdenes y eso es exactamente lo que estamos esperando”. Los Proud Boys advierten que habrá una "guerra civil" si Donald Trump no es reelegido en noviembre y aconseja a la gente que consiga armas. "Estamos allí. Somos como los marines, seremos los primeros en entrar”.

Las percepciones falsas de la realidad no tienen que ver con las fake news de los rusos, sino con la confusión conceptual, la distribución masiva de todo tipo de informaciones en la Red, el crecimiento de las fantasías conspirativas y otros elementos que analiza Miguel Wiñazki en “Posmoralidad”.

Kurt Andersen habla de las fantasías irracionales de los norteamericanos en su libro “Fantasyland. Cómo America se volvió loca”. El texto comienza con un inventario del pensamiento mágico. Dos tercios de los estadounidenses creen que existen ángeles y demonios, un tercio piensa que el cambio climático es un engaño, la mayoría cree que los humanos cazaban dinosaurios o que las empresas farmacéuticas ocultan la cura para el cáncer.

Un asesor George W. Bush, hablando con el periodista Ron Suskind, se burló de los tontos que creen que “las soluciones surgen de un estudio racional de la realidad discernible ". Alardeó el consejero. “Eso ya no es así, ahora creamos nuestra propia realidad”.

La nueva era de la información y comunicación confundió opiniones con noticias y fracturó la comprensión de lo real, relativamente compartida que tenían los estadounidenses.

El derrumbe de las ideologías y el cambio tecnológico cedieron espacio a contenidos superficiales, acalorados, partidistas, fanáticos. El universo de las redes sociales es masivo: todos los días la gente escribe 500 millones de tweets, envía 65 mil millones de mensajes de WhatsApp y publica cuatro petabytes de material en Facebook.

Howard Gardner cree que detrás de esto existe una "máquina de mentiras”, una empresa global que da forma a la política actual, compuesta por bots, teóricos de la conspiración, políticos, estafadores, gobiernos autoritarios y más, que difunde desinformación al servicio de las ideologías, los grupos económicos, el poder y hace microtargeting a nivel individual.

Son mitos poco probables, pensados desde una mentalidad vertical que supone la existencia de alguien que ordena lo que ocurre. ¿En dónde estaría esa máquina?, ¿quiénes podrían controlarla? Es mejor aplicar la ley de la Navaja de Ockham: las explicaciones sencillas son las más acertadas. Lo que existe son cientos de millones de personas que se comunican todos los días, crean realidades y nos conducen a una sociedad caótica.

En los medios de comunicación, es difícil mentir sin consecuencias, pero Trump puede hacerlo. Estudiando con números sus presentaciones, pronuncia un promedio de cinco falsedades por día, que a veces se graban en la mente de sus seguidores. En 2011, afirmó que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos y el 70% de los republicanos registrados para esta elección lo siguen creyendo.

Las elecciones y el debate

 En varios países, especialmente Estados Unidos, México y Brasil los candidatos creen que hay que “ganar el debate” para triunfar en las elecciones. Los debates son buenos para la democracia cuando permiten contrastar los planes e ideas de los candidatos, pero su influencia en los votantes es mínima o nula.

Según un análisis de Robert Erikson y Christopher Wlezien, cientistas políticos de la Universidad de Columbia y la Universidad de Texas, publicado por The Economist, desde 1960, cuando tuvo lugar el primer debate de la historia, la mayoría han tenido efectos marginales en las encuestas, que desaparecieron rápidamente. 

 

Trump confía en que los tres debates programados entre el 29 de septiembre y el 22 de octubre, van a ser decisivos.

 

Todos los estudios coinciden en que quienes ven el debate solo reafirman convicciones. Los partidarios de Trump vieron un debate en el que su líder arrollaba al opositor, y los de Biden otro en el que un estadista ponía en su sitio a un malcriado. Nadie cambió de posición.

El debate de los candidatos a vicepresidente ratificó que la gente ve el debate, no lo escucha. Además de Kamala Harris y Mike Pence, asomó un tercer personaje no invitado: una mosca negra que se posó en la blanca cabellera de Pence y fue el que tuvo más éxito en las redes sociales dentro y fuera de Estados Unidos. Algunos dicen que lo que importa en el debate es la confrontación de ideas, pero cualquier imagen llamativa se lleva toda la atención. Recordamos el debate presidencial mexicano de 2012, cuando la modelo argentina Julia Orayen, con su generoso escote y ajustado vestido blanco, dejó en la oscuridad a los candidatos. Los medios discutieron sobre la vestimenta de las edecanes y no acerca de los programas de los presidenciales.

Las encuestas

 Las encuestas ayudan a conocer la situación política del día en que se aplican. Cuando los electores vivían aislados, su acierto era alto. En la sociedad líquida, con tantas actitudes fanáticas y efímeras siguen siendo indispensables para el análisis, pero solas no sirven mucho. Para hacer un análisis político de calidad se necesita estudiar variables complejas que manejan los encuestadores sofisticados.

En este caso, a Trump le ayuda una aprobación positiva de su tarea como gobernante que normalmente está dos o tres puntos por encima de su porcentaje de votos. Para Biden es bueno saber que sus cifras son sólidas porque ha estado al frente de las encuestas todo el tiempo y el porcentaje de indecisos es menor que el de 2016.

La situación actual

 En cada elección se incrementan los estados pendulares, por la creciente información y tendencia de los electores a ser libres. La sorpresa de la última elección tuvo que ver con que los estados que habían sido las sedes tradicionales de los sindicatos demócratas, le dieron el triunfo a Trump.

Las encuestas disponibles este miércoles dicen: Biden tiene 252 delegados seguros, y 26 probables en de Nevada y Pensylvania. Si solo gana en estos estados, lo que es casi seguro, tendría más de los 270 delegados que necesita para ser presidente.

Trump tiene seguros 127 delegados y 18 probables en Ohio. En disputa, casi empatados, están 115 delegados de North Carolina, Georgia, Iowa, Texas, y Arizona.

Parece que la suerte está echada y Biden será el nuevo presidente de los Estados Unidos, a menos que llegue otra sorpresa, en un mundo en el que los cisnes negros son más numerosos que los blancos.

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Jaime Duran Barba

Jaime Duran Barba

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