Saturday 20 de April, 2024

OPINIóN | 09-03-2024 08:18

Todo gira en torno a Javier Milei

El estilo arrollador del libertario hace que el resto de la política lo mire con preocupación e impotencia. Qué hay tras el llamado al Pacto de Mayo.

Por republicanos que se afirmen casi todos los dirigentes políticos actuales, la Argentina sigue siendo un país de mentalidad monárquica en que aquellos mandatarios que muestran debilidad son tratados como bufones inútiles y los de apariencia fuerte son idolatrados. Lo entiende muy bien Javier Milei, al que no le incomoda desempeñar el rol del líder máximo. Lo mismo que los reyes europeos de antaño -y, de modo menos explícito, los funcionarios que juran sobre la Biblia u otro texto sagrado antes de iniciar sus tareas oficiales-, el Presidente atribuye el lugar eminente al que ha llegado a la voluntad divina. Asimismo, además de querer dar una dimensión extraterrenal al proyecto político que ha puesto en marcha, está férreamente comprometido con una ideología que no admite dudas, lo cual lo ayuda a hablar con un grado de seguridad que es tan arrollador que descoloca a todos sus adversarios.

La reacción mayoritaria frente a aquel discurso con el que abrió una nueva ronda de sesiones ordinarias del Congreso, y en que fustigó sin piedad a la mayoría de los asistentes por su presunto aporte a la decadencia del país, sirvió para confirmar lo que todos ya sabían: Milei es, por lejos, la figura dominante del escenario político nacional, un líder que, para extrañeza de quienes no lo quieren, cuenta con admiradores entusiastas en muchas otras partes del mundo. ¿Estarían dispuestos a respaldarlo con algo más que palabras alentadoras Donald Trump, Elon Musk, Giorgia Meloni y otros integrantes de la elite internacional? Sólo si Milei consigue convencerlos de que, una vez completado el ajuste, la Argentina resultará ser un tigre económico capaz de competir con cualquier otro país.

¿A qué se debe la transformación casi instantánea de Milei de un comentarista televisivo escandaloso de costumbres personales llamativamente excéntricas y convicciones religiosas muy heterodoxas en el hombre más influyente del país? A que ha sabido brindar la impresión de ser virtualmente el único dirigente político que no sólo ha logrado diagnosticar muy bien la enfermedad degenerativa que durante tantos años ha sufrido la Argentina y que aún amenaza con destruirla por completo, sino que también sabe cómo curarla. Para él, por doloroso que sea el ajuste severísimo que ha ordenado, sería mucho peor para casi todos que, por motivos supuestamente humanitarios, el Gobierno se negara a reducir drásticamente el gasto público.

Aunque desde la perspectiva de Milei la actualidad argentina difícilmente podría ser más tétrica, su postura optimista frente al futuro posible le ha permitido bosquejar un relato en que, luego de dejarse engañar por una larga serie de profetas falsos, por fin el pueblo argentino se haya despertado y, decidido a superar todos los obstáculos que sus enemigos parasitarios han puesto en el camino, ya haya emprendido la marcha hacia la tierra de promisión.

Si bien a veces Milei insinúa que el viaje sería tan largo que sólo a los nietos de los aún jóvenes les será dado disfrutar lo que les aguardará en “la tierra de leche y miel” bíblica, la realidad es que muchos otros países lo completaron en un lapso relativamente breve. Sea como fuere, cambios geopolíticos, demográficos, climáticos y tecnológicos están produciéndose a un ritmo tan desconcertante que nadie, ni siquiera Milei en su avatar profético, está en condiciones de prever lo que podría suceder en las décadas próximas.

Por fortuna, las reformas que propone el Presidente distan de ser fantasiosas; en docenas de otros países, estrategias similares a la suya han servido para posibilitar años de crecimiento económico vigoroso acompañado por progreso social, mientras que los esquemas reivindicados por los que rabian en su contra, acusándolo de querer sacrificar a los más vulnerables en aras de teorías caprichosas, sólo han producido miseria. En este contexto, es aleccionador lo que está sucediendo en Cuba, donde la dictadura comunista se ha visto constreñida a aplicar otro ajuste durísimo.

Para Milei, el fracaso calamitoso de los demás líderes políticos ha sido mucho más importante que la ayuda proporcionada por aquellas míticas “fuerzas del cielo” a las que le encanta aludir. De haber gobernado mejor quienes lo antecedieron en la Casa Rosada, Milei nunca hubiera podido desplazar a los peronistas y a la gente de Juntos por el Cambio que, hasta mediados del año pasado, se creían destinados a alternar en el poder hasta las calendas griegas. Sin embargo, por no querer poner fin a la multitud de “curros” con los cuales los miembros permanentes de lo que Milei insiste en llamar “la casta” política se las arreglaron para suplementar sus ingresos confesables, los gobiernos anteriores terminaron limitándose a defender un statu quo inflacionario y por lo tanto insostenible. Administraban un “país rico” que sólo existía en su imaginación.

De más está decir que uno de los blancos preferidos de la retórica lapidaria de Milei fue el gobernador bonaerense Axel Kicillof que, un par de días más tarde, replicó con una diatriba aún más furibunda que la pronunciada por el apresidente. Aplaudido por referentes morales tan destacados como los Moyano, Hugo Yasky y Roberto Baradel, Kiciloff le disparó una andanada de descalificativos brutales, tratándolo como un criminal delirante, un “terraplanista” que está llevando a cabo un “experimento extravagante” con “recetas anacrónicas, esotéricas o fracasadas” que culminarán con “una masacre social”.

Así, pues, a juicio de Kicillof es “anacrónico” creer que sea deseable el equilibrio fiscal y que convendría adelgazar un Estado que, gracias en parte a sus propios esfuerzos, se ha hecho tan groseramente obeso que ya ha aplastado al país productivo. También olvida el gobernador que bravuconadas como las que acaba de proferir han costado a los contribuyentes muchos miles de millones de dólares. Kicillof espera erigirse en el jefe máximo de “la resistencia” contra el proyecto del gobierno libertario, lo que es una aspiración legítima, pero para garantizarse el apoyo de sus compañeros kirchneristas está defendiendo un modelo que sólo ha generado pobreza para un proporción creciente de los habitantes del país, además, huelga decirlo, de beneficios suculentos para una minoría conformada por oportunistas inescrupulosos.

Pocos días transcurren sin que salten a la luz modalidades de enriquecimiento ilícito que hasta entonces no habían llamado la atención de los ajenos al mundo político. Las más recientes tienen que ver con el régimen de seguros de las entidades estatales, las nuevas universidades públicas y los opacos fondos fiduciarios aunque, claro está, hay muchas otras. Huelga decir que los beneficiados por tales “cajas”, que abundan en la provincia de Kicillof, han tenido buenos motivos para confiar en la solidaridad de sus congéneres que, con escasas excepciones, no soñaban con denunciar lo que estaba ocurriendo bajo sus narices.

La sospecha, justificada o no, de que miembros de casi todos los partidos estaban involucrados en esquemas corruptos aseguraba que dirigentes acostumbrados a ufanarse de su propia honestidad temían que una investigación exhaustiva perjudicaría a integrantes de su propia agrupación, razón por la que optaron por el silencio. No se les ocurrió que, andando el tiempo, la hostilidad hacia “la casta” en su conjunto abriría las puertas para que irrumpiera alguien presuntamente no contaminado por la corrupción inherente al sistema.

Tal y como están las cosas, los preocupados por lo que está sucediendo tienen que elegir entre aceptar la invitación de Milei a colaborar con su proyecto y correr los riesgos que les supondría oponérsele. Si bien muchos, entre ellos Kicillof y sus compañeros, quisieran prolongar el statu quo por algunos años más, es tan mala la situación socioeconómica de un país en que no hay plata -y no la habrá si el “antiguo régimen” logra resucitar- que no se trata de una alternativa factible.

Milei quiere aprovechar su ascendiente actual para convocar a los líderes políticos establecidos, comenzando con los gobernadores provinciales que se resisten a adaptarse a las duras circunstancias imperantes, a firmar el “Pacto de Mayo”, así con mayúsculas, que ha ideado, que los comprometería a obrar dentro del marco de un orden netamente capitalista en que todos tendrían que respetar las reglas financieras que imperan en todos los países desarrollados.

De más está decir que, para los trotskistas y aquellos populistas, como Kicillof, que se han habituado a reivindicar principios que los izquierdistas suelen exaltar, apostar al capitalismo liberal significaría abandonar a una suerte miserable a los más débiles de cuyos votos dependen, pero a juzgar por la experiencia ajena -la de China, América del Norte, los países de Europa, Corea del Sur , Taiwán y Japón-, se trata del único sistema económico que se ha mostrado capaz de reducir drásticamente la pobreza hasta tal punto que sólo afecta a una pequeña minoría que dependerá de por vida de subsidios estatales. Sea como fuere, Milei reza para que, lo mismo que “los Pactos de Moncloa” de 1977 que tanto contribuyeron a la modernización y el enriquecimiento rápido de España, país que en aquel entonces tenía un ingreso per cápita inferior al argentino, el de Mayo tenga consecuencias que sean igualmente positivas.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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