Jueves 25 de febrero, 2021

OPINIóN | 20-06-2020 18:15

Un adelanto de la nueva normalidad

Nadie sabe cuál será el resultado del gran experimento sociopolítico que está en marcha. ¿Será más solidaria la nueva normalidad de lo que era la de ayer o más mezquina? ¿Más pacífica o aún más violenta?

El mundo acaba de tragar una poción que es tan potente como la confeccionada por las brujas de Macbeth. Los seres que rigen los destinos humanos echaron en el caldero un sinnúmero de virus mortíferos, encerraron, bajo vigilancia policial, a centenares de millones de hombres, mujeres y niños diciéndoles que cuando por fin salgan tendrán que mantenerse bien alejados los unos de los otros para entonces agregar a la mezcla dosis crecientes de desempleo y pobreza.

    Nadie sabe cuál será el resultado del gran experimento sociopolítico que está en marcha. ¿Será más solidaria la nueva normalidad de lo que era la de ayer o más mezquina? ¿Más pacífica o aún más violenta? A juzgar por lo que está ocurriendo en muchas partes del mundo, se asemejará más a la que prevén los pesimistas que a la imaginada por quienes sueñan con el triunfo universal de su versión del bien. Por cierto, las protestas “contra el racismo”, acompañadas a menudo por saqueos y actos de vandalismo, que estallaron en Estados Unidos y pronto motivaron manifestaciones similares en otros países, no auguran nada bueno.

  El pretexto original por el revuelo fue la muerte, por asfixia, de un hombre negro con un extenso prontuario criminal, George Floyd,  que ocurrió cuando era detenido por un policía blanco en el estado muy progre de Minnesota. Imágenes del episodio fueron capturadas por la cámara del celular de un vecino. Enseguida, se hicieron “virales”: no exageran quienes dicen que el padre del iPhone, Steve Jobs, hizo más por desenmascarar la brutalidad policial en Estados Unidos que todos los abogados y profesores de derecho que pululan en dicho país.

  En cuestión de horas, la reacción ante el atropello cobró tanta fuerza que muchos norteamericanos, algunos entusiasmados por lo que sucedía y otros asustados, se creyeron frente a una situación revolucionaria. Tanto Donald Trump como quienes lo aborrecen se preparaban para aprovechar lo que tomaban por una oportunidad irrepetible. Trump lo hizo posicionándose  como el presidente de la “ley y orden”, un eslogan que usó Richard Nixon camino de la Casa Blanca.  Sus enemigos le contestaron diciendo que Estados Unidos sufre una pandemia de racismo que justifica los desmanes.

   Por ahora,  quienes están pidiendo cambios sociales drásticos corren con ventaja. Los apoyan los líderes del Partido Demócrata y los pesos pesados de los medios periodísticos. En algunos distritos bajo la égida de demócratas, entre ellos la ciudad de Minneapolis donde murió Floyd en que los concejales optaron por desmantelar el departamento de policía privándolo de fondos, los dirigentes locales están tomando medidas para complacer a los revoltosos. ¿Quieren que los lugares que administran se transformen en  zonas liberadas?  Puede que sí; en Minneapolis confían tanto en el sentido de responsabilidad de los más de 400.000 habitantes de la ciudad que suponen que no es necesario contar con la presencia de los uniformados. Pronto sabremos si están en lo cierto o si tienen razón los que temen – o esperan - que la iniciativa insólita que acaba de anunciarse tenga consecuencias desastrosas.

  Aunque los policías norteamericanos no suelen destacarse por su amabilidad, su propensión a usar fuerza es comprensible; tantas personas poseen armas de fuego que todos los días ponen su vida en peligro, lo que los hace más nerviosos que sus equivalentes de países en que escasean los dueños de arsenales impresionantes.

  ¿Son más racistas que los demás? Las estadísticas disponibles hacen pensar que no; incidentes como el que desencadenó el tsunami de protestas distan de ser tan frecuentes como dicen los activistas negros que hablan de una campaña genocida en contra de su etnia que, dan a entender, cuenta con la plena aprobación de una parte sustancial de la población blanca incluyendo, desde luego, al presidente Trump y sus simpatizantes. Con todo, llama la atención que, cuando se alude a otros negros desarmados que fueron abatidos por efectivos policiales a partir de1992, cuando la muerte de Rodney King desató una serie de disturbios destructivos en Los Ángeles, siempre se trata del mismo puñado de personas.  

   De todos modos, como nos recordaron las protestas multitudinarias que estallaron a lo ancho y lo largo del planeta, abundan los convencidos de que Estados Unidos es el país más racista de la Tierra. ¿Es el único lugar en que los prejuicios raciales inciden en la conducta de muchas personas? Claro que no; sería difícil encontrar un solo país en que estén ausentes. En China, conviene pertenecer a la mayoría han, no a minorías como la de los uigures, de los que aproximadamente un millón están siendo “reeducados” en campos de concentración. En el Japón, es mejor no ser de origen coreano o, peor aún, un “eta”, miembro de una clase de parias sociales que sigue siendo víctima de discriminación, como sucede con los “intocables” en la India, mientras que en África etnias diferentes se odian con furia apenas controlable, de ahí el genocidio de los tutsi por los hutu. En partes de Europa, los gitanos se ven sistemáticamente marginados; en la Argentina y el resto de América latina la palabra “negro” suele usarse como un insulto.

   Aunque parecería que el racismo es parte de la condición humana, en Estados Unidos y ciertos países del norte de Europa, entre ellos el Reino Unido, desde hace un par de generaciones la mayoría abrumadora de los políticos y referentes culturales condena el racismo con contundencia y hace lo posible por extirparlo. Así y todo, la voluntad de combatir el flagelo entraña el riesgo de que los esfuerzos en tal sentido sean contraproducentes; estimulan a activistas profesionales a formular denuncias tremendas y acusar al grueso de la mayoría blanca de ser congénitamente racista y por lo tanto irremediablemente vil.

   Últimamente, los intentos de los progresistas norteamericanos por congraciarse con los militantes han dado pie a espectáculos patéticos protagonizados por blancos que se arrodillan frente a grupos de negros para suplicarles perdón por lo malo que a través de los siglos les han hecho sus congéneres. Huelga decir que no servirán para producir la tan añorada reconciliación.  Por el contrario, asegurarán que los activistas reclamen más dinero, más programas de “acción afirmativa” y más trato preferencial en todas las esferas de la vida, lo cual no podría sino indignar a los muchos blancos que no se sienten del todo “privilegiados” por el color de su piel y están hartos de ser acusados de crímenes de lesa humanidad que fueron perpetrados siglos atrás por otros.

   Para hacer aún más confuso el asunto de la relación de la “comunidad negra” con los demás, en los países anglófonos los progresistas más influyentes han abandonado el ideal igualitario según el cual las características étnicas de las distintas personas carecen de importancia, al adoptar la llamada “política de la identidad”, en que son consideradas fundamentales.  Así pues, actitudes que hace un par de décadas se tomaban por racistas han dejado de serlo. Es que en el mundo multicultural que los militantes de la nueva ola progresista están procurando construir, el individualismo es tabú. Para quienes han hecho suyo el credo así supuesto, a menos que miembros de todos los distintos grupos tengan ingresos parecidos y alcancen el mismo nivel educativo, son forzosamente víctimas del racismo estructural de la sociedad en que viven.

   Conforme a las pautas que reivindican, es fácil llegar a la conclusión de que los blancos norteamericanos se las han arreglado para impedir que sus compatriotas negros ocupen el lugar que merecen en la sociedad y que por lo tanto les corresponde renunciar a los privilegios injustos que disfrutan. Pueden señalar que, en términos generales, los negros son más pobres, que relativamente pocos son admitidos a las mejores escuelas o universidades, que demasiados están entre rejas y que, por ser muchos obesos o diabéticos, hasta el coronavirus ha discriminado en su contra, todo lo cual, en opinión de los comprometidos con la “política de la identidad” no puede sino deberse a la maldad de blancos que siguen viviendo de lo heredado de sus antepasados despreciables.    

    ¿Contribuirán las protestas masivas que siguieron a la muerte de Floyd a poner fin a lo que queda de las viejas jerarquías raciales en Estados Unidos y otros países? Es poco probable. Por injusto que a muchos les parezca, una eventual solución, si es que haya una, para los problemas que sufren tantos integrantes de la comunidad negra no dependería de la benevolencia paternalista ajena sino de sus esfuerzos individuales.

  Después de todo, los negros no son las únicas víctimas de discriminación racial. También lo han sido en tiempos no muy lejanos los descendientes de japoneses, chinos, coreanos e inmigrantes procedentes de la India que, en Estados Unidos, han superado económica y académicamente a los blancos. Lo mismo puede decirse de africanos y caribeños que, libres de los traumas que según parece afligen a tantos negros norteamericanos, han sabido prosperar en Estados Unidos a pesar de las barreras raciales que, según quienes están protestando en centenares de ciudades grandes y chicas, han erigido los blancos para confinar de por vida a “la gente de color” en un gueto del cual no les está permitido salir.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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