Domingo 23 de enero, 2022

POLíTICA | 04-12-2021 00:10

Cómo piensa Alberto Fernández: en privado y en público

Su plan para "empoderarse" con el aval del peronismo no K. La paternidad a los 62 y su ambigüedad política. Lo malo de que un presidente se sienta un "hombre común".

El fin de semana largo del 20 de noviembre fue el primero, en mucho tiempo, en que Alberto Fernández pudo descansar. Los profundos problemas de la Argentina, el intento de hacer traccionar la postpandemia y la campaña electoral lo tenían a maltraer.

La derrota del 14, que gracias a un discurso ganador metió en el barro, fue un duro golpe político. Pero también sirvió para que el Presidente se animara a pensar en su relanzamiento.

El enunciado que inventó la candidata Victoria Tolosa Paz le vino como anillo al dedo: “Nosotros ganamos perdiendo”, sostuvo. Desde el lunes posterior a las generales, el primer mandatario quiere transformarlo en su propio axioma.

Es que la cabeza del Presidente es un torbellino de emociones: la lucha interna y externa de poder está en su peor momento, la realidad del país requiere medidas drásticas y su vida privada le genera mucha ansiedad. A los 62 años volverá a ser papá. Un cóctel explosivo.

Ganar perdiendo

Hacía mucho tiempo que Alberto Fernández no sentía la algarabía que tuvo el 17 de noviembre, el día de la Militancia. Después del fracaso que había sido el día de la Lealtad, en el que ni pudo llegar a la Plaza de Mayo asediado por las críticas de los oradores, enfrentarse a un público tan heterogéneo de peronistas, y que le respondiesen de manera positiva, lo envalentonó.

Ese día, hizo pública la plataforma hacia las presidenciales: “Empecemos a poner en la mesa la fuerza para llegar al 2023 con todo. Para que desde el último concejal al Presidente lo elijan en el Frente de Todos, compañeros”, indicó.

Realizó su jugada más osada: el kirchnerismo venía amenazándolo con que, si no hacía pie, le iban a crear una interna. Él movió antes: habilitó las PASO de manera pública y ahora quien se anime a enfrentarlo quedará expuesto. Un movimiento audaz.

La idea de una gran PASO oficialista para el 2023 cumpliría con la premisa de mantener a todos los enojados adentro del bote, pero no deja de admitir la tremenda debilidad del mandatario. Que un presidente en ejercicio anuncie su propia interna, dos años antes de las elecciones, es algo de lo que no hay registro.

Alberto quiere construir desde la derrota. En la mesa chica no oculta su enojo: responsabilizó a Cristina Kirchner de haberlos hecho retroceder con la carta en la que le exigió cambios. Y en su entorno le ponen cifras a ese desplante: creen que perdieron al menos 10 puntos con la semana de furia post PASO. Por eso, tiene ganas de disputarle los votos que sabe que por ahora le son ajenos.

Para eso empezó a crear una base de poder, algo que muchos peronistas le pedían que hiciera desde el primer día de gestión. A dos años de haber comenzado la presidencia, podría tener un boceto tímido de lo que sería el albertismo, con el apoyo de la CGT, organizaciones sociales, intendentes y gobernadores. Más vale tarde que nunca.

La ofensiva de Alberto tuvo ya su primera avanzada. La provocó el ministro de Producción, Matías Kulfas, cuando le paró el carro a un kirchnerista de paladar negro, como es el secretario de Comercio, Roberto Feletti. “A lo mejor tuvo una actitud que no fue la más indicada, porque no es lo más apropiado esto de pensar en voz alta siendo un funcionario”, disparó, luego de que el impulsor de los precios congelados dijera en una entrevista que pensaban en imponer retenciones a la exportación de carne.

Para que la cuestión no creciera, la portavoz del Gobierno dio su explicación: “Cuando un funcionario hace una declaración inconveniente, el otro lo marca, pero eso no quiere decir que no estén sentados trabajando en la misma mesa”, dijo Gabriela Cerruti sobre el asunto que tiene un costado simbólico: un albertista frenando a un kirchnerista.

Preocupaciones

Un ex funcionario del equipo original del Presidente se sincera ante NOTICIAS. Asegura que el mayor problema de esta gestión es la falta de brújula: “El tema es el giro en sí mismo que dio Alberto. Fue kirchnerista, fue anticristinista, volvió para ser el líder del diálogo y del consenso y ahora volvió a ser kirchnerista. Todo esto pasó en poco más de diez años”, dice. Y concluye: “El problema acá es que ni él sabe quién es o que quiere”.

El mismo ex funcionario revela cuál es la mayor crítica que le hacen al Presidente desde adentro del Frente de Todos. Son dardos que vienen desde La Cámpora, pero también del peronismo tradicional. Protestan porque Alberto trabaja más preocupado en mantener la estabilidad del oficialismo –y, sobre todo, en no cruzar a Cristina- que en solucionar los problemas reales que tiene el país. Una paradoja, teniendo en cuenta que desde la misma coalición lo suelen someter a los tironeos que él intenta evitar.

En ese retrato, al Presidente se lo ve como un político ligero de convicciones, con una mirada superficial sobre los dramas que acosan al país y con gran liviandad cuando se trata de imaginar formas de resolverlos.

Un ministro que sigue en su cargo le cuenta en estricto off a esta revista la dificultad para lograr una comunicación fluida con el mandatario, aun cuando tiene que decidir sobre temas trascendentales: “Yo tenía que resolver un quilombo importante con un grupo de gente que, si bien no son muchos, sus líos rebotan por todo el país. Necesitaba hablar con el Presidente para que me diga el lugar donde nos parábamos como Gobierno. Necesitaba una garantía de que, si entraba fuerte, tenía el respaldo presidencial atrás”, introduce. Y completa: “Le mandé varias veces mensajes para juntarnos y me contestaba con monosílabos o emoticones, estilo ‘dale’ u ‘ok’. El problema no era que no tenía tiempo, sino que no se daba cuenta la gravedad que podía llegar a tener la situación”. Finalmente consiguió reunirse con Alberto, pero a fuerza de insistencia.

Anécdotas como esa se repiten en la Casa Rosada. Muchos recuerdan aún la ligereza con la que tomó el caso Vicentín, con una profunda falta de estudio sobre la situación y sin comprender la sensibilidad del asunto, en el que luego tuvo que retroceder.

Pensamiento

Alberto Fernández edifica su gestión sobre arenas movedizas. Sabe que no es el dueño de los votos y que la voz de su vice lo condiciona. En ese pequeño margen debe desarrollar sus habilidades. Y suele tropezar.

A Fernández le gusta verse como un progresista de izquierda. “Tengo un gen revolucionario que nunca se apagó”, dijo en agosto en un acto en Tecnópolis ante un nutrido grupo de jóvenes. Pero también se definió como un “socialdemócrata”, en una entrevista con Jorge Fontevecchia. Se define como un pragmático, que puede ser más o menos peronista, de acuerdo a lo que la situación amerita. Más allá de eso, cree que es capaz de reaccionar: en la crisis post PASO, quienes compartieron con él aquellas horas, aseguran que “se le saltó la térmica”. Era uno de los más enojados con su compañera de fórmula, aunque se cuidó de hacerlo notar públicamente.

Dentro de Casa Rosada conviven dos facciones: los rupturistas y los conservadores. Los que le sugieren romper con ella creen que es la única opción de sobrevivir, aunque olvidan que es la dueña de la mayoría de los votos. “Es verdad, hubiese sido un suicidio político”, recapacita un ministro de los que en los días de furia veía bien escindirse del kirchnerismo.

Cerca de Cristina la visión también es oscura: su entorno asegura que ella está desencantada con el Presidente, que más de una vez se replantea la decisión del 2019 y que esa tensión solo incrementa los problemas originales de la relación. Sin embargo, el Presidente sigue vanagloriándose de ser de los pocos capaces de saber controlarla: plantársele cuando la situación lo amerita y negociar en otros momentos.

Alberto no se refleja en la imagen de títere al que lo sometió la oposición, aunque desde la mitad de año, muchos de su propio círculo ven con preocupación cómo se fue radicalizando según los deseos de la vice. El acto en la Plaza de Mayo, en el que volvió a cargar contra el periodismo, fue apenas un ejemplo.

El Presidente no tiene conocimientos profundos de la economía, aunque la acusa a Cristina de eso mismo, y en su equipo confiesan que, más allá de que supo ser un gran timonel en el Gobierno del 2003, se sigue manejando con códigos y formas de esa época. Por lo tanto, se le escapan los del presente.

Él se ufana de ser un Presidente que se asemeja al ciudadano promedio y cree que eso lo diferencia de sus antecesores, como Cristina y Mauricio Macri. Por eso insiste en continuar con las clases en la Facultad de Derecho y en mostrarse tocando la guitarra; sigue viendo los partidos de Argentinos Juniors cuando su agenda se lo permite y utilizando sus redes sociales. ¿Pero es una virtud para un jefe de Estado ser un hombre común? ¿No se requiere otro tipo de carácter que permita enfrentar situaciones extrraordinarias? “El esfuerzo por ser un hombre común tiene que ver con el intento de que el personaje no se coma a la persona”, explica el psicoanalista José Abadi. Y completa: “Otras veces es una búsqueda de facilitar la empatía. De identificarse y no quedar distante con aquellos a los que representa”.

En su fuero íntimo, Alberto también intenta reconstruirse. Cuando nazca su segundo hijo todavía le quedarán 20 meses de gestión y la campaña presidencial, que no será fácil. Por eso, para mejorar la comunicación de su pareja, Fabiola Yáñez, delegó el tratamiento de su imagen en el equipo de Casa Rosada, con Juan Ross a la cabeza. La primera dama volverá pronto a la escena pública.

Otra cuestión que subyace tiene que ver con la salud del Presidente. Reticente a los cuidados, luce estéticamente deteriorado desde la asunción: tiene algunos kilos de más y durante la pandemia no lo pudieron convencer de que no se sacara el barbijo ni se acercara a los grupos grandes de personas. “Estoy más gordo y estoy ojeroso. Es producto de la angustia de este tiempo. Como muchos dulces y eso hace mal”, contó durante la campaña. El desgaste de la gestión pasa factura.

Poder

Tras la derrota en las PASO, el Presidente quiere construir su propio relato. Para eso, debe entender qué le dijeron las urnas, más allá de que el discurso sea el de una victoria pírrica. “Si decimos que perdimos, tenemos que adelantar las elecciones. Para nosotros lo que pasó entre las PASO y las generales fue que ganamos”, argumenta una fuente de Casa Rosada, que confiesa que lo que realmente se festejó fue “que siguiera habiendo Gobierno”. Así de dramático.

“Las sociedades sanas exigen el manejo inteligente de sus gobernantes. Cuando no lo encuentran, ponen límites”, explica el psicoanalista José Eduardo Abadi, sobre los hechos con los que se encontró el Presidente. Incluso, considera que podría ser tomado como una lección: “No se aprenden los límites sin tenerlos. Sin flagelarse, uno puede encontrar criterios de realidad, de autocrítica y vincularse con otros para hacerse fuerte”. Ese proceso de introspección estaría pasando Fernández.

El Presidente no escapa a la realidad de cualquier político: la búsqueda constante de poder. Lo que el psicoanalista Luis Chiozza presenta en sus textos como una de las “formas mayúsculas de inmadurez”. “Es la actitud de adquirir el poder por el poder mismo, desconociendo el saludable principio de que no tiene sentido acumular un poder que no deja en claro una cuestión esencial: ¿más poder para qué?”, sostiene.

Para lo que le queda de gestión, Fernández ya no sueña con cambios radicales de la vida económica o política argentina. En su horizonte no hay revoluciones que lo lleven al bronce.

Ahora está más preocupado por el futuro cercano, donde el protagonismo estelar lo tiene el cierre con el FMI , acuerdo al que sólo le falta pasar por el Congreso y la firma. Si el kirchnerismo lo sigue trabando, los dejarán en evidencia. Además, tiene la expectativa de un 2022 con un crecimiento económico que se haga notar.

Alberto siempre fue un lobbista de la política, por eso le queda incómodo el traje de estadista que le exigen que se calce. De hecho, amigos íntimos confiesan que, tras los malos días, se admite más como un presidente de transición que como alguien que llegó para transformar el país.

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Carlos Claá

Carlos Claá

Periodista político

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