Viernes 19 de agosto, 2022

POLíTICA | 15-07-2022 15:32

Intimidad del tsunami post Guzmán: pierden todos en el Gobierno

La furia de Alberto Fernández por la "traición". El economista que le dijo que no a CFK y las dudas de ella sobre Batakis. La incógnita Massa y el mal pronóstico de Máximo y Kicillof.

“Locura” fue, por lejos, la palabra que más se repitió en el seno íntimo del Gobierno en los últimos días. Fue lo que pensó Martín Guzmán luego de que Alberto Fernández le declarara su profundo enojo, en la tarde del sábado 2, por una renuncia que dice que no esperaba. El saliente ministro jura habérselo anticipado en los días anteriores, pero, como en una charla entre locos, el Presidente no quiso escucharlo.

Fue esa sensación la que tuvieron los testigos de la dura reprimenda que le hizo Estela de Carlotto, en la tarde del día siguiente. El mandatario decía por esas horas que “ni loco” iba a llamar a Cristina (Kirchner), porque ella “era el gran problema”. La líder de las Abuelas, luego de un pedido personal de Daniel Filmus, llamó a Alberto y “le ordenó” hablar con su vice. Los que vieron la conversación aseguran que sin el mandato expreso de la referente más importante de los derechos humanos él no hubiera hablado con CFK. De locos.

La vicepresidenta pensó que Alberto volvía a demostrar que no estaba en su sano juicio cuando, en la primera de las dos ásperas llamadas -no fue una sola- que tuvieron, este sugirió el nombre de Silvina Batakis. CFK le dijo que a la ahora flamante ministra le faltaba volumen político, espalda y conexiones, y por eso propuso a Emanuel Álvarez Agis, un hombre que está más cerca del establishment que de ella. En la llamada que le hizo un emisario de Cristina, el economista pidió como condición para asumir el único elemento que ni ella ni Alberto están en condiciones de entregar: cordura, es decir un pacto de unidad y entendimiento entre la fórmula sobre el rumbo a seguir. Ante la ausencia de la racionalidad prefirió hacerse a un costado.

Sergio Massa amaneció el lunes 4 convencido de que tanto el Presidente como su vice estaban “locos”, acelerando en un camino directo al colapso. Su esposa y varios en el círculo íntimo ya le exigen, directamente, que no intente mediar más en entre esos “chiflados” y que procure recuperar su propia figura de cara al 2023. La continuidad dentro del oficialismo del Frente Renovador -con su cumbre nacional a la vuelta de la esquina- es una incógnita.

De este estilo se repiten las escenas de estos días. En medio de las peleas infantiles, de los pataleos y de las crisis de nervios, flota una sola conclusión de la nueva crisis que se cargó a mucho más que un ministro de Economía: en este espiral de inestabilidad todos pierden, mientras que los únicos que se animan a esperanzarse con extender el inquilinato en la Quinta de Olivos son Alberto y su perro Dylan. No es que no usa la lapicera, como reclama Cristina: es que esta ya se rompió en mil pedazos.

Principio del fin

Alberto Fernández jura que no esperaba el llamado que provocó un tsunami en su gobierno y que, sobre todo, terminó de derrumbar la idea de un proyecto político propio. Cuando Guzmán le contó que en esa misma jornada iba a hacer pública su renuncia, el Presidente se enojó. Mucho, bastante más que la furia que había tenido con otros funcionarios suyos con los que se cruzó y que se terminaron yendo del Gobierno. Para muestra, un botón: el díscipulo de Stiglitz fue el único de los 14 ministros que fueron dejando sus puestos a lo largo de la gestión a quien el Presidente no le agradeció ni mencionó cuando tomó la jura del eventual reemplazante.

Al momento de enterarse de la renuncia, el Presidente estaba en casa de su amigo Fabián De Sousa, el socio de Cristóbal López, que lo había invitado a almorzar. Cuando la conversación derivó hacia Guzmán, Alberto le dijo al anfitrión que venía de tener una pelea con el ministro. “Debe seguir enojado por la charla de ayer”, fue lo que le dijo en forma premonitoria. Luego sonó su teléfono: era Guzmán que le comunicaba su decisión irreversible de irse. Dicen que en esas primeras horas el Presidente, también más que enfurecido con los misiles que le lanzaba CFK desde el acto en Ensenada -en el que, aunque él no lo quiso ver y lo seguía desde su celular, la vice le dedicó hirientes bromas y directamente le pidió que no vaya a buscar la reelección-, no atinaba a reaccionar. Que no entendía la gravedad de lo que estaba sucediendo, y por eso ni siquiera atinó a levantar la sobremesa con De Sousa. El peso de la realidad le cayó recién cuando volvió a la tarde-noche a la Quinta de Olivos.

Ese lugar había sido el escenario del último mano a mano -quizás el último en muchos años- entre Guzmán y Alberto. Ocurrió el jueves previo al bombazo, al mediodía. El entonces ministro, sin margen por la inflación galopante que promete volver a subir por la masiva emisión que está haciendo el Banco Central para comprar los bonos en pesos -las estimaciones privadas, como las que hicieron las consultoras Consultatio, FmyA y 1816, estiman que se imprimieron un billón de pesos en los últimos 30 días-, fue con un pedido claro. En verdad, se pareció más a un manotazo de ahogado: le pidió el control del Banco Central de su enemigo Miguel Pesce y la cartera de Energía, de sus también enemigos Darío Martínez y Federico Basualdo. La respuesta del Presidente fue tan contundente como desoladora. “Martín, ¿te parece que estoy en condiciones de echar a Basualdo?”, en referencia al político K, cuyo intento de expulsión ya había ocasionado un tembladeral en la coalición en abril del 2021.

Hasta acá todas las versiones coinciden, pero difieren las conclusiones. El albertismo jura que jamás Guzmán dijo que esos pedidos eran condiciones para seguir, que nunca dijo que sin eso dejaría su cargo y mucho menos que lo haría dos días después. Dicen que tampoco anticipó su jugada en la charla telefónica que tuvieron Alberto y Guzmán el viernes a la noche. Cerca del economista aseguran lo contrario. “Sin esto no puedo seguir”, dicen que le dijo el entonces funcionario. Debate para la historia, aunque hay algo que llama la atención: ¿por qué el platense pensaría que Alberto estaba ahora en condiciones de disponer de Energía, si cuando lo habían intentado en el pasado no lo pudieron conseguir? ¿Pensó que algo había cambiado o era la construcción de una excusa para su salida? El hecho casi pendenciero de presentar la renuncia en el mismo momento en que CFK arrancaba su discurso da la cuenta de un político ya fuera de eje y cansado. “El poder me da tranquilidad”, era un lema que repetía Guzmán hasta días antes de su renuncia, una muestra de un estilo zen que tuvo pero que, como evidenció en su desplante, perdió en algún momento de la gestión.

Guerra fría

La primera conversación fue “mala”, dicen los testigos. La charla se había dado luego de una larga presión de albertistas y no tanto, que insistían en que era imperioso que hablara con su vice. El Presidente, como le contó a Carlotto, se justificaba diciendo que le había mandado un mensaje y que era CFK la que, otra vez, no le contestaba. En el camporismo sugieren otra versión: que Alberto le había mandado un mensaje a un celular que Cristina no usa los fines de semana, y que recién luego de la intervención de Estela cayó en la cuenta del teléfono descompuesto. Creer o reventar.

Finalmente, a la noche se dio la tan demorada conversación. Fue una charla de media hora en la que abundaron los reproches y las acusaciones cruzadas, más que la búsqueda de soluciones. La escalada llegó a un punto muerto: Cristina insistía con Agis, mientras que Alberto sostenía que ya lo habían tanteado y que era el economista quien tenía serias dudas sobre aceptar el convite. “Bueno, llamalo vos si no me creés”, dijo el Presidente, antes de cortar y quedar en volver a hablar luego. Esa versión CFK la confirmó cuando envió a un emisario a tantear al economista.

La historia no vale sólo por la anécdota, sino por los interrogantes que plantea. Es que la vice no quiso imponer a Augusto Costa, Axel Kicillof o a Hernán Letcher, sus economistas de cabecera, sino a uno más cercano al mundo del establishment, que tiene entre sus clientes más cercanos a hombres como José Luis Manzano. Acá se abren las dudas. ¿Por qué no empujó por un ministro propio? La respuesta no puede ser la correlación de fuerzas dentro de la coalición: la autoridad presidencial está en pisos históricos, idea que admiten, con frustración, hasta los propios. ¿Cristina no quiere quedar pegada al rumbo económico, mientras que el oficialismo entra en su último cuarto de gestión?

Eso es lo que piensan -y le dicen con cada vez mayor insistencia e incidencia- Máximo Kirchner y el gobernador bonaerense. Ambos insisten en que la elección nacional del 2023 ya está perdida, que es tarde para cambios de timón y que el horizonte es preocuparse por mantener el poder y los votos necesarios como para retener la provincia de Buenos Aires. Para CFK -como demostró cuando contó que en el 2019 “actuó más como madre que como dirigente”- las elecciones no son sólo un tema político: tener un puesto como senadora y mantener un caudal de votos son la mejor -quizá la única- manera de evitar un avance sobre ella y sobre su familia del siempre movedizo Poder Judicial. Esta es la gran tesis que habita hoy en el cristinismo, aunque en los días más sombríos asoma otra: prepararse para la eventualidad de que Alberto -por su propio peso- no termine el mandato. De ahí las frenéticas reuniones que viene manteniendo CFK con todo el arco peronista -hasta albertitas, como las cuatro reuniones en los últimos dos meses con el ministro Juan Zabaleta-, sindical -hasta albertistas como el líder de la CGT y amigo presidencial, Héctor Daer- y hasta del establishment, como el economista Carlos Melconian. Como lo de esperar lo mejor ya quedó en el pasado, ahora en el cristinismo se preparan para lo peor y mantienen todas las terminales abiertas.

Finalmente, en la segunda conversación Alberto y Cristina coincidieron en Batakis. Hay ahí otra señal: la primera oferta del Presidente fue a Sergio Massa. Este sugirió ir él como jefe de Gabinete -teoría que, cerca de Juan Manzur, dicen que nunca tuvo chances reales de prosperar- y poner en Economía a Marco Lavagna, entre otros cambios con los que insistió una y otra vez durante el fin de semana, como ya había hecho en el pasado. Eso quedó en la nada, para la ira absoluta del Frente Renovador. La segunda opción fue Agis, y recién la tercera la ahora flamante ministra. Cuando buscó reemplazo para Kulfas, Alberto recibió primero tres negativas antes de llegar a Scioli. Es que nadie quiere agarrar un cargo en este gobierno, mientras que los ministros que todavía están en el Gabinete evalúan seriamente su futuro. Después de todo este sacudón, uno que más que probablemente encabece una lista provincial por el Frente de Todos el año que viene le contó a un amigo: “Más que un premio es un castigo”. Sintomático.

Mano a mano

La cena del lunes 4 entre Alberto y Cristina fue manejada con un hermetismo absoluto. De hecho, varios de los que consultaron al Presidente en esa jornada se encontraron con respuestas esquivas sobre la posibilidad de verse con CFK, postura que mantuvo hasta que cerca de las ocho de la noche se subió al helicóptero que lo llevó de la Casa Rosada a Olivos. En este punto, nadie puede confirmar si realmente dudó en cenar esa noche con ella o si estaba jugando al misterio, por temor a alguna filtración y a sus consecuencias. Otro debate para la historia, aunque sí hay una certeza: esta vez la reunión la arreglaron directamente entre ellos dos.

El encuentro fue largo e incluyó sobremesa. Era la primera vez que tenían un mano a mano -este año se cruzaron para la apertura de sesiones en el Congreso y para el acto de YPF, donde apenas se vieron cinco minutos antes de subir al escenario- desde diciembre del 2021, cuando se juntaron a cenar con Lula.

Los detalles de la cena también fueron mantenidos en secreto por ambas partes. Una diputada K, íntima de Máximo Kirchner, entró al martes 5 a la sesión en la Cámara preguntando a los pares que se cruzaba si alguien sabía algo de lo había pasado el día anterior. En el albertismo circulaba una idea que venía de Olivos: “Fue mucho mejor que la llamada del domingo, y quedó más acomodada la relación. Esperemos que sigan así”.

Resistencia

El futuro aparece como una gran incógnita para todos los involucrados. De la cena, lo poco que trascendió es la supuesta coincidencia en que con “el nivel de tensión” presente no se puede seguir, pero los próximos actos de CFK pondrán esta versión a prueba. La posibilidad de una cirugía profunda en el Gabinete, como le insistieron a Alberto tanto la vice como Massa, parece lejana. “Es que Alberto no piensa que esto sea una gran crisis, está con una tranquilidad que a veces raya lo preocupante, parecería que no se da cuenta de lo difícil de la situación. Él decía que todo esto era nada más que el cambio de un ministro por otro”, sostiene un preocupado ladero presidencial.

También está por verse la política económica que adoptará Batakis. Hasta ahora, más allá de su currículum que aporta señales en dirección K y también en la contraria, la flamante ministra, sugerida por Miguel Pesce -que luego de enterarse de que Guzmán había pedido su cabeza estaba más que predispuesto a buscar un reemplazo-, no dio ninguna muestra real de que planee un cambio drástico. Los primeros nombres que asoman en su nuevo equipo, todos con pasado en la gestión sciolista, van en ese sentido. Pero en la cancha se ven los pingos, donde se verá también qué nivel de resistencia genera la ministra dentro del kirchnerismo, que ya mostró los dientes contra el plan económico previo. Por ahora, un misterio.

“De esto hay que salir por arriba, yendo a fondo con los únicos temas que pueden dar vuelta los problemas argentinos, como la inflación, la pobreza y la generación de trabajo. El que no entienda esto y siga peleando dentro de nuestro frente comete traición a la Patria”, le dice a NOTICIAS, categórico, Juan Ignacio de Mendiguren. “El Vasco” no lo dice así, pero de fondo comparte una preocupación extendida dentro del Gobierno: que, de seguir este camino, dentro de muy poco ya no habrá lapicera por la cual pelearse. Así pierden todos.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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