Domingo 22 de mayo, 2022

POLíTICA | 28-04-2022 16:56

Por qué atrae Javier Milei: una autopsia de la derecha

Por qué crece el liberal a expensas de la política tradicional. Populismo de redes y odio a lo estatal. Las claves ocultas en su biografía.

La derecha tiene, como la izquierda, sus utopistas. Son parecidos, porque unos y otros observan el mundo desde una perspectiva totalitaria: o las cosas son y se hacen como yo digo, o todo saldrá mal y todo pensamiento será equivocado. Nuestro utopista hoy es Javier Milei que, muy tempranamente en su vida, escribió una especie de autobiografía, “El camino del libertario”.

Milei nació en el Palermo de Buenos Aires, y luego se fue a vivir a Sáenz Peña, en Tres de Febrero. Su padre lo preparó cruelmente para la vida: “Mi viejo me cagaba a trompadas. No me olvido más de una golpiza que me dio el 2 de abril de 1982, cuando tenía 11 años. Estábamos viendo en la tele todo lo de Malvinas y a mí se me ocurrió decir que eso era un delirio, que nos iban a romper el culo. A mi viejo le agarró un ataque de furia y empezó a pegarme trompadas y patadas. Me fue pateando a lo largo de toda la cocina. De grande dejó de pegarme para infligir violencia psicológica”. Esto se lo contó, sin remilgos, también al diario Perfil. Después de aquella golpiza, su vida es más o menos conocida. Y la resumo brevemente para los lectores que decidieron no aburrirse antes con los pormenores.

A los 18 años, entre 1988 y 1989, Milei probó jugar al fútbol en las divisiones inferiores de Chacarita, pero se dio cuenta –en plena hiperinflación– de que lo suyo era la economía. En esos mismos años, fue también cantante de rock. “Hacíamos covers de los Stones y componíamos temas propios”. Una historia banal de adolescente rolinga, que en dos a tres golpes ascendió a lugares menos accesibles de la estructura educativa y social.

Estudió en la Universidad de Belgrano, donde se graduó “con la típica estructura analítica de centro izquierda”, que fabrican todas las universidades, según el juicio que Milei cree inapelable. Tal es el balance de los equivocados principios que le enseñaron. Salir convencido, por ejemplo, de que el Estado es importante para la regulación de la economía. De allí pasó a un posgrado en el IDES donde conoció “a fondo” el pensamiento de Keynes y sus distintas variantes. Ingresó después al Di Tella “cansado de errar tanto” con el keynesianismo. Presenta ponencias desde muy joven, y va encontrando mejores auxilios teóricos y, sobre todo, laborales hasta que Miguel Ángel Broda le ofrece el puesto de coordinador en su estudio.

Milei en las encuestras
Javier Milei en las encuestas.

Evidentemente, Milei combina inteligencia con una suerte superlativa. El pasillo de un edificio de oficinas o un ascensor pueden ser el escenario de promesas de ascenso. O de una relación conveniente: a Juan Carlos de Pablo se lo encuentra en un ascensor y, como Milei estaba furioso, como de costumbre, comienza el diálogo. Después, Fantino lo “catapultó en los medios”, cuando lo invitó a su programa “Animales sueltos” y Santiago del Moro lo llevó a “Intratables”. Digamos que fue bendecido por estar en el lugar adecuado y el momento preciso. Este curriculum que presenta Milei en el comienzo de su temprana autobiografía muestra un semillero de oportunidades. Por eso, sinceramente, confiesa: “La alegría no tiene fin. Para mí la vida es eso”.

No se equivoca Milei cuando escribe que la vida fue generosa con él. Conoce a Alberto Benegas Lynch en una reunión en Nueva York, se reúne con Guillermo Calvo en la Universidad de Columbia, donde hablan cuatro horas sobre el libro que proyecta el joven economista. La siguiente reunión con Calvo fue en la chacra de Punta del Este donde Milei fue invitado y pudo hablar doce horas seguidas con su distinguido anfitrión. Al otro día, Guillermo Nielsen lo invitó a otro asado.

Dropping names es la expresión que se usa en inglés para caracterizar lo que Milei hace con agradecida pedantería en estas decenas de páginas del comienzo de su libro. Dropping names puede caracterizar al esnob, al ambicioso o al aspirante que acepta todas las oportunidades.

En el recital autobiográfico de amigos, relaciones y conocidos, que en este punto doy por finalizado, Milei intercala máximas que definen su filosofía económica, como si las hubiera tenido claras desde el principio: el Estado es peor que un ladrón común y corriente, porque te saca todo; los políticos son sociópatas, porque quieren hacernos creer que no podemos vivir sin ellos. El Estado nos roba y los políticos nos engañan. Para frenar estas argucias y despojos, Milei siente que debe responder al llamado de la acción pública.

Es sincero cuando ubica en este capítulo biográfico inicial los orígenes de su vocación: “Yo me metí en política no para guiar un rebaño de corderos, sino para despertar leones”. La frase podría soportar alguna variante: guiar corderos haciéndoles creer que son leones. En el trasfondo de ese deseo expresado de manera aceptable, también puede rastrearse la sombra de otro deseo: embaucar con sus discursos a los corderos. No son precisamente futuros leones quienes participan en la rifa que Milei organiza con el premio de sus dietas parlamentarias. Ni parecen futuros leones los dos millones y medio de argentinos que se inscribieron para participar de esas rifas de beneficencia política, que no sería equivocado juzgar como descarado populismo buscavotos.

Milei sostiene que lo siguen los jóvenes “porque son rebeldes al statu quo”. Y a esos jóvenes rebeldes les propone un sistema de vouchers, que les permita inscribirse en la universidad (privada) que elijan, para que la educación deje de ser una “máquina de lavar cerebros”. El odio a lo estatal público le hace olvidar a alguien tan devoto de encuestas y tablas de jerarquías, que la Universidad de Buenos Aires disputa con la de San Pablo el primer lugar en América Latina. Milei debe saber, como lo sé yo, que los graduados de la Universidad de Buenos Aires son admitidos fácilmente en las mejores de Estados Unidos. Lo sé porque he enseñado en esas universidades y si Milei no lo sabe, que se entere, porque esa ignorancia parece provenir de los prejuicios.

MENSAJE

Su evangelio es simple. Todo predicador debe señalar el demonio y caracterizar sus fechorías. El pastor Milei les indica a sus corderos que el capitalismo es el único camino de salvación y que, en el recorrido de esa senda, se equivocan quienes “ignoran la superioridad ética y moral” de ese sistema, el más eficaz para conseguir el bienestar de los corderos, aunque, con frecuencia, se los coman los leones, alimentación de la que Milei no se ocupa.

En verdad, Milei es un utopista de derecha. Como algunos utopistas, cree que está abierto para todos el camino que las circunstancias favorables a él lo ayudaron a recorrer. Es decir que toma al pie de la letra la promesa igualitarista, aunque no se preocupa por crear y fortalecer las condiciones materiales para que se realice. El capitalismo crea desigualdades tanto como agita promesas de igualdad futura. Milei, un utopista soñador, apuesta por esas promesas.

Milei sabe que el estilo que mejor le queda tiene que combinar la exageración y el grito. Fue vocalista de una banda de rock influida por los Rolling Stones y es fácil imaginar que deliraba por imitar a Mick Jagger. Sus asesores o él mismo deben de haber examinado los diversos estilos políticos: el razonador, el amable, el buen divulgador, el que se apoya en ejemplos, en la historia o en hipótesis. Por su formación académica, Milei podría haber elegido alguna de esas variantes. Pero alguien, o él mismo, llegó a la conclusión que es evidente cuando se escucha a ciudadanos del común, pobres, con bajos empleos, sin perspectivas de progreso: desprecian la política porque se sienten estafados o defraudados, la desprecian porque no se preocupan en seguirla pacientemente en los medios; no frecuentan el periodismo escrito sino redes y lo que en ellas se cita, mal o bien, del periodismo profesional. Milei conoce perfectamente las informaciones que circulan por los canales menos profesionales, y sabe que una opinión pública se produce o se empobrece en estos medios.

Sabe lo que también otros sabemos. Cuando se interroga al azar a los ciudadanos (hago ese trabajo todos los días), las respuestas oscilan entre el escepticismo, el desengaño, el cinismo que se disfraza de realismo y, algunas pocas veces, un optimismo crédulo y sin otras bases que la declaración de esperanzada confianza.

Sabe que este es el estado de lo que llamamos opinión pública. Sabe también que las direcciones políticas distritales conservan una parte importante de sus votantes, pero que esa gente también puede estar desilusionada con los resultados obtenidos. Hoy esperan poco y nada, aunque los más optimistas, que son una excepción, creen débilmente que, en algún mañana de fecha incierta, las “cosas” mejorarán para todos. Quienes antes se creían destinados al “futuro que merecemos”, hoy son viejos y solo conservan rastros de lo que sintieron con la restauración democrática.

Sabe que un rockero tiene el estilo de la época, mucho más que un joven académico que sepa explicar los problemas. Por eso Milei ha combinado con éxito ambos estilos, que no admiten grandes discursos, sino consignas vociferadas como estribillos de la música popular. Sabe que de padres desencantados han nacido hijos escépticos, o fiesteros, sobre todo si no han terminado la escuela media (adonde no están inscriptos hoy la mitad de los adolescentes).

Sabe que los medios de comunicación (salvo las excepciones de canales de noticias que escucha menos del 5 por ciento de la audiencia) construyen el imaginario a través de un aparato simbólico donde el éxito mediático es la prueba de calidad y el camino de consagración. Sabe que los votantes muy jóvenes, esos que no terminaron la escuela, van a pesar en todas las elecciones futuras y, en consecuencia, son tan valiosos como los trabajadores sindicalizados de antaño o los militantes políticos de la década del sesenta. Sabe que esos jóvenes son la verdadera representación de lo real. Si se quiere ganar elecciones, a ellos hay que dirigirse. Vienen de los sectores más desprotegidos, pero también de capas medias cuyos padres creyeron en un futuro de relativo progreso y se desencantaron en cada una de las crisis sucesivas. Nietos de quienes votaron a Alfonsín en 1983, hoy sus abuelos no logran interesarlos en los recuerdos de gigantescas movilizaciones políticas anteriores a esas elecciones. Ni tampoco les creen cuando esos abuelos rememoran las huelgas por justas reivindicaciones que dirigió Saúl Ubaldini. Conocen de cerca la violencia, pero el asesinato de Rucci, otro dirigente sindical adiestrado en la política, les resulta desconocido o indiferente. No hay tradiciones más viejas que las de la última década. Ni Perón habría podido sobrevivir este proceso de olvido. Como sobrevivió Yrigoyen en la memoria hasta que él también cayó en el olvido y pasó a formar parte de un manual de historia para la secundaria cuya influencia es nula, salvo, por supuesto, por el sector de las capas medias que conserva transformadas algunas de las ambiciones del pasado.

A estos sectores jóvenes o desmemoriados, Milei les propone su populismo de derecha. El populismo fue nacionalista y Milei es antinacionalista. El populismo jugó con identidades de izquierda y Milei aborrece la izquierda. Su versión del populismo es relativamente novedosa en la Argentina, aunque no fue novedosa en la preparación de los fascismos europeos pasados y los autoritarismos presentes, como lo demuestra el caso de Le Pen o de Putin. Hoy, el populismo ha ganado moviéndose hacia la derecha, porque la crisis de la democracia habilita ese desplazamiento. Todos desconfían de las mayorías y, sin embargo, se entregan a quienes parecen capaces de manejarlas.

El populismo de derecha encuentra el camino corto para emocionar y conquistar a los desilusionados. No les habla de las complejidades y conflictos de la democracias. Por el contrario, les habla de la simplicidad que podría alcanzarse si prescindimos de los partidos. Este discurso simplificador es amistoso con los ciudadanos que no tienen ni tiempo ni ganas de intervenir en la esfera pública y, en consecuencia, prefieren un dirigente que vocifere frases simples.

En este panorama desolador, Milei es un líder que exhibe el atractivo de sintonizar con lo más elemental de los reflejos ideológicos y políticos. Sus gritos parecen más verdaderos que los discursos complicados de la política de izquierda o de derecha. Para convencerse con esos gritos no se necesita sino un estado de la subjetividad: el hartazgo. Y ni siquiera son imprescindibles las movilizaciones, porque en su defensa del capitalismo, Milei no propone reformas que, para alcanzarse, necesiten de la participación ciudadana.

Con Milei, todos nos sentimos tranquilos: de la casa al trabajo o a cobrar el plan. Nada más se nos pide. Gracias Milei por relevarnos de las responsabilidades.

 

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Beatriz Sarlo

Beatriz Sarlo

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