Jueves 19 de mayo, 2022

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Larga vida al Mozarteum

Se cumplen siete décadas de la creación de la institución musical privada más prestigiosa. Su historia y legado.

A lo largo de setenta años, gracias a su destacada labor de difusión, numerosas orquestas, cantantes, coros, compañías de danza, agrupaciones de jazz y directores de prestigio mundial, llegaron a presentarse en museos, salas de conciertos y teatros.

Sus conciertos de abono tienen espacio desde hace tiempo en el espléndido teatro Colón, y los tradicionales Conciertos de Mediodía, creados en 1958, se llevan a cabo ahora, en el CCK, con entrada gratuita.

Si se suman a estas presentaciones las filiales que perduran en algunas provincias, y el abono Mozarteum Joven para menores de 25, la cifra llega a la cantidad impresionante de más de 4500 funciones y un total de 5 millones de espectadores sumados en toda Argentina.

Una labor incansable que no se limita a la presentación de artistas foráneos. Fiel al espíritu de apoyo a jóvenes virtuosos, el Mozarteum concedió 580 becas a intérpretes, compositores y directores musicales, y permitió que 370 artistas argentinos puedan hacer uso de las instalaciones de su atelier en la Cité des Arts, en París.

COMIENZOS

Imposible disociar la historia emblemática del Mozarteum de la figura señera de Jeannette Arata de Erize (1922-2013), factótum imprescindible desde el comienzo. Corría marzo de 1952 cuando se produjo uno de los hechos más notables de la vida cultural argentina, en una tierra donde el éxito vinculado a este tipo de organizaciones suele ser efímero y poco frecuente. Un grupo liderado por los maestros Mariano Drago y Erwin Leuchter, el musicólogo y crítico Jorge D´Urbano, el compositor y musicólogo Juan Pedro Franze, el violinista Carlos Pessina y el compositor Carlos Suffern, presentaban ante el Mozarteum de Salzburgo su proyecto para abrir una filial local.

El loable propósito era difundir la obra del gran Wolfgang Amadeus Mozart, en especial creaciones poco conocidas del genio austríaco, el estudio de su obra, su divulgación a través de conferencias y programas radiales, como así también editar partituras y trabajos de investigación afines.

Las primeras cuatro temporadas encontraron refugio en domicilios particulares, como los de la bailarina y escultora sueca Carina Ari de Molzer, y la casa de Jeannette Arata.

El uruguayo Cirilo Grassi Díaz, impulsor de la vida musical local, que fue Director General del Colón (a instancias suya fueron creados los cuerpos estables del teatro) fue quien advirtió que la energía de la joven Jeannette podría ser útil, y le propuso que se convirtiera en la presidenta de esa pequeña asociación. Así, lo que empezó como la actividad de una muchacha con inquietudes culturales, se convertiría con el paso del tiempo en una organización sin precedentes.

“Jamás pierdo tiempo con espejismos. Sólo sueño con aquello que puedo realizar”, declaró Jeannette y con prontitud puso manos a la obra.

Provenía de una familia donde la música, la literatura y el arte eran tema de conversación habitual. Su padre era cirujano y su madre descendía de una familia vinculada a la nobleza francesa. Desde muy chica presenció compañías de teatro galo, cuya visita era habitual en aquellas épocas.

Más tarde quedó deslumbrada cuando descubrió la ópera italiana. “La primera vez que fui a escuchar ópera en el Colón presentaban Tosca, de Puccini. Quedé fascinada por la música y el drama que se desarrollaba en la escena”, recordaría.

Casada muy joven, a los 19, con el abogado y jugador de polo Francisco Erize, dedicaría gran parte de su tiempo a organizar veladas en su casa donde concurrían músicos y críticos reconocidos. Con todo ese bagaje, cuando tomó las riendas del Mozarteum, se distinguió del resto de las sociedades musicales que existían al tener una idea brillante: los conciertos deberían realizarse en museos que habían sido residencias de familias tradicionales, como el Museo Nacional de Arte Decorativo (Palacio Errázuriz) y el Museo de Arte Hispanoamericano (Palacio Noel).

Como la mayoría de los músicos solistas venían de Europa a estos parajes durante varias semanas, la espléndida y educada Jeannette, junto a su esposo, los recibían en su casa. Y fue generando con muchos de ellos, una relación de amistad que sería reivindicada.

La temporada de 1960 sería decisiva para demostrar su gran capacidad de gestión. Igor Stravinski, el sobresaliente compositor ruso, debía venir para ofrecer dos conciertos. Pero al no reunirse la suma necesaria para el cachet, Jeannette en solo 48 horas logró recaudar el dinero y el compositor ruso llegó a presentarse en Argentina. Su gentileza, capacidad de trabajo, e imaginación para sortear los vaivenes económicos que siempre asolan a estas latitudes, serían su sello.

PRESENTE

Al fallecer Jeannette Arata, su hijo Luis Alberto Erize (Francisco, su otro vástago, es un reconocido ambientalista) fue elegido presidente. Y Gisela Timmermann se hizo cargo de la dirección artística y ejecutiva a partir de 1987. Nacida en Hamburgo, melómana apasionada, con gallardía, llevó sobre sus hombros la enorme responsabilidad de mantener la calidad de excelencia a la que esta sociedad musical había acostumbrado. “No se aprende a hacer frente a una tarea como la mía de la noche a la mañana, se necesita tiempo”, afirmó quien ingresó como colaboradora en 1973.

“Mi primera cantante estrella fue Kiri Te Kanawa. Con esa visita estaba realmente nerviosa. Había recibido una muy larga lista de deseos y exigencias, y pensaba, si las cumplo, nada puede salir mal. Todo se desarrolló perfectamente, pues ella era fácil de tratar, graciosa y encantadora, y tuvimos buena conexión. En su segunda visita, luchó contra una gripe y la noticia de su inminente divorcio la misma noche de su actuación. No puedo recalcar lo suficiente

la entrega de artistas que, a veces, deben enfrentar situaciones difíciles con una sonrisa y total profesionalismo”, explicó.

Los frecuentes cambios vividos, sobre todo en épocas difíciles como durante la última dictadura cívicomilitar, la Guerra de Malvinas, la hiperinflación y el default económico de 2001, hicieron temer por la continuidad de la programación. “El contacto personal con los artistas y organizadores es crucial. Por ejemplo, habíamos viajado a Chicago ocho veces, sin éxito. La gerencia de su orquesta no estaba interesada. Solo cuando Daniel Barenboim se convirtió en su jefe logramos una gira”, recordó sobre las gestiones para traer a la destacada orquesta sinfónica estadounidense.

Hubo una lista de los mejores recuerdos de artistas excepcionales, que el exigente melómano autóctono pudo disfrutar gracias a los buenos oficios de esta entidad. Entre otros, el pianista Claudio Arrau; las sopranos Birgit Nilsson, Victoria de los Ángeles y Jessye Norman; el violonchelista Pau Casals; el violinista Isaac Stern; el guitarrista Narciso Yepes; y el compositor Pierre Boulez y su Ensemble InterContemporain. Además, famosas agrupaciones como la Orquesta Filarmónica de Viena, la Staatskapelle de Berlín, Boston Symphony Orchestra, Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, Orchestre Nationale de France, y muchas más. Pero también un concierto memorable en 1987 de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, dirigida por Zubin Mehta, en la Avenida 9 de Julio, al que se calcula que asistieron alrededor de 120.000 personas. Las gemas en una historia dorada para el Mozarteum.

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Jorge Luis Montiel

Jorge Luis Montiel

Periodista crítico de artes y espectáculos.

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