SHOWBIZ | 06-10-2020 16:17

¿Son un buen negocio los recitales por streaming?

Cada vez hay más shows virtuales. Son grandes los riesgos y pocas las ganancias. Menos funciones y menos entradas vendidas. Un salvavidas endeble para una industria que se cae a pedazos.

La situación de pandemia planteó nuevos desafíos. La tecnología vino a dar respuestas a un mundo real quebrantado. Los dispositivos ayudaron a que las sociedades siguieran funcionando. Internet dejó de ser el espacio infinito de contenidos para convertirse en una herramienta primaria y básica para administrar, tanto empresas y Estados, como emociones. La premisa de este nuevo mundo es el distanciamiento social. No existe más, por ahora, el calor energético que generan los públicos, esas porciones heterogéneas de personas que se reúnen para, desde una experiencia personal, vibrar emocionalmente con otros. Los grandes eventos musicales son un ejemplo de este ritual social ausente. “Seremos los últimos en volver”, es la frase que más se escucha en esa sala de catarsis sectorial llamada zoom. La situación en la industria es catastrófica y con distanciamiento social se torna imposible contener el negocio. Entonces, para la música, había que aplicar la misma lógica: Todo virtual. Los músicos más alternativos o del under se dieron cuenta que la gente pasaba más horas en las redes y, un poco por mantenerse activos y otro tanto para visibilizar su obra, comenzaron a hacer shows caseros y gratuitos en Facebook.

Luego, al ver que esto iba para largo, los artistas masivos levantaron el guante y se dieron cuenta de que podían ofrecer recitales con entradas pagas. Es decir, intentar revivir el negocio que, hasta ese momento, sólo se encogía de hombros buscando alguna respuesta. Entonces las ticketeras como Ticketeck, Plateanet y Ticket Hoy, entre otras, se pusieron a tiro y armaron un sistema que ofrece la venta de entradas virtuales y el servicio de conectividad para la transmisión de los shows en vivo. Uno de los primeros que se animó fue Pedro Aznar, también Iván Noble, Patricia Sosa, Valeria Lynch, Soledad, Sandra Mihanovich, entre otros. Sin embargo, estos artistas que suelen llenar un Opera de 1.900 butacas, números más, números menos, vieron cómo un streaming, con suerte, llegaba apenas a la mitad de las entradas vendidas, siendo una oferta para el público global y con un precio por ticket tres veces más barato. “Es una propina”, afirmó Daniel Grinbank luego de revisar algunas experiencias. “Yo pensé que vendería mucho más teniendo en cuenta mis shows en vivo, pero no, apenas 200 personas ingresaron al streaming”, asegura a NOTICIAS la artista colombiana Marta Gómez que, sólo en Buenos Aires, suele vender mil entradas en un fin de semana.

Chango Spasiuk, por ejemplo, acaba de hacer su recital desde la Usina de Arte de La Boca y llegó a 800 entradas cuando en el teatro Coliseo convoca a 1.600 personas. “Si vendí 10 en el extranjero, es mucho”, comenta a NOTICIAS, Daniel González, productor del recital que tenía una pantalla vertical, a modo de plasma, donde el Chango leía los mensajes de la gente. Otra dificultad es la periodicidad. Se calcula que no se puede hacer más de un show por mes debido a que el alcance es global y el público no se renueva fácilmente. En el mundo real, los teatros seccionan a los públicos en ciudades, por lo que se pueden hacer muchos shows en un mismo mes, incluso en una misma noche. Además, pareciera que la cultura de la gratuidad en la web no perdona ni a los artistas más aclamados. Tampoco es fácil obtener la información fiel de cuánto es lo que los artistas generan por cada show. “Algunos dicen que les va bárbaro y después te enteras que no fue así -agrega González y completa- tenés que cobrar tres veces menos, convocas a la mitad y no podes hacer más de un show por mes”. Pareciera ser que este negocio, además de incierto porque nadie sabe cuánto recaudará, es también insuficiente.

Negocios

Algunas marcas importantes apuestan a vender sus productos contratando a artistas masivos para dar shows en sus redes potenciando así la marca. Es el caso de una firma de desodorante masculino que ofreció, por dar un caso, un recital de los traperos Catriel y Paco Amoroso, show de dudosa calidad técnica y artística, pero sus fans disfrutando a pleno. En esta sintonía aparecen también algunos espónsores financiando en parte algunos de estos conciertos.

En Argentina hay dos agrupaciones encargadas de gestionar ante el gobierno algunos parches como líneas de créditos con tasas bajas o nulas financiadas por el Estado. Por un lado, está la Asociación Civil de Managers Musicales Argentinos (ACMMA) que logró se habilitara un protocolo en la Ciudad de Buenos Aires para que los músicos pudieran juntarse a hacer los shows, discos o videos, pero sin ensayos autorizados. Por el otro, está la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales (AADET) que logró unir fuerzas con ACMMA para conseguir la apertura de créditos millonarios que permitan sostener las grandes estructuras. Carlos Rottemberg, Daniel Grinbank, Ana Poluyan, Daniel Randazzo, Martín Alfiz, entre otros productores, son parte de esta especie de muro de los lamentos donde, al menos, todos coinciden en que el streaming vino para quedarse, aunque aún no saben si como nuevo modelo de negocios o tan sólo un complemento de algo irreemplazable que regresará vaya a saber cuándo.

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por Facundo Herrera

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