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Sociedad / 16 de diciembre de 2011

Anticipo de “Sueños Postergados”

La Hebe oculta, según Schoklender

Su polémico libro revela a una Bonafini autoritaria, maltratadora y aduladora del poder kirchnerista. Caprichos, desmanejos financieros y el insólito plan de lucha armada en democracia.

COMPAÑEROS. Schoklender junto a Hebe, en una marcha de los jueves.

Conocí a Hebe mientras yo estaba en prisión. Había organizado un centro de estudios en la cárcel de Caseros, similar al que había organizado en la de Devoto antes de que me trasladasen. En ese centro de estudios había constituido una imprenta para la publicación de apuntes de los centros de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires. Yo estaba terminando la carrera de Sociología, había terminado Derecho y Psicología y estudiaba Informática. De alguna manera, me había transformado en un referente para algunas organizaciones de la Facultad de Ciencias Sociales. Un día Hebe pidió visitarme. Para mí, ella era una especie de prócer. Dentro del espectro político, yo respetaba sobre todo a las Madres de Plaza de Mayo, más que nada por su posición de intransigencia. En esa época, mi actitud era muy combativa. Creo que a ella le llamó la atención mi trato hacia las autoridades. Hebe conoció a un tipo al que nadie intimidaba y que se rebelaba constantemente.

A través de los encuentros con Hebe fuimos generando una situación de cariño, afecto y reconocimiento mutuo. Ella era un diamante en bruto. Una persona que había transitado la vida entre la lucha, la intuición y la desesperación y que le conocía el pedigrí a cuanto funcionario, ministro o lacayo del sistema hubiera. Era una mujer muy divertida, llena de anécdotas, diferente de la Hebe pública que gritaba exaltada y que decía lo primero que le venía a la cabeza sin medir las consecuencias. En las visitas, desplegaba su costado humano, una faceta de un enorme valor afectivo.

Las visitas adquirieron, cada vez más, un carácter familiar. Hebe llevaba comida que ella misma preparaba y la compartíamos. Le gustaba llevarme lomo o matambre que luego comíamos mientras charlábamos. En lo político e intelectual, me respetaba mucho. En lo cotidiano me trataba como un hijo y me cagaba a pedos todo el día.

Al principio no hablábamos sobre mi situación. Pero al poco tiempo, ella empezó a pelearme y a decir que yo era más útil afuera que encerrado. Conseguimos un abogado, empezamos a hacer los trámites, a pelear, a presentar recursos hasta que logramos primero un régimen de salidas transitorias y, a los pocos meses, la libertad condicional. Lo primero que hice al obtener mi libertad fue ir a la casa de las Madres, donde me esperaba una multitud. Entre muchas ofertas de trabajo que tenía, había elegido la de ir a trabajar con Hebe y con las Madres. La idea era digitalizar el archivo de la Asociación. Creía que era un espacio desde donde se podían construir cosas nuevas.