Opinión / 10 de enero de 2014

La maniobra más difícil

Axel Kicillof; ministro de Economía argentino. Ilustración de Pablo Temes,

ace apenas un año, los soldados de Cristina iban por todo. Fantaseaban con desvirtuar la Constitución, apoderarse de la Justicia, amordazar a los medios que se resistían a plegarse al proyecto nac&pop y apropiarse de pedazos cada vez mayores de la economía. Pero entonces, para su desconcierto, la gente les dijo basta. Desde aquel momento, Cristina y los suyos están batiéndose en retirada. Como el compañero general César Milani podría recordarles, se trata de una maniobra sumamente arriesgada. A menudo, lo que comienza siendo un repliegue ordenado degenera en un desbande caótico. A menos que los kirchneristas tengan suerte, muchísima suerte, no les será dado impedir que el país se les vaya de las manos bien antes del 10 de diciembre de 2015, el día previsto para el fin del mandato de la señora. Tampoco les será fácil conservar mucho de lo que han conquistado.

Por ahora, el frente de batalla principal es la economía. En un esfuerzo desesperado por defenderlo, el Gobierno ha apostado al enésimo acuerdo de precios que regirá, por decirlo de algún modo, en las zonas consideradas más sensibles: la Capital Federal y el conurbano bonaerense. En comparación con los pactos que fueron ensayados por gobiernos anteriores, el que acaba de anunciarse sin el triunfalismo tradicional es llamativamente modesto, tal vez porque nadie, ni siquiera Axel Kicillof, puede suponer que sirva para mucho más que convalidar algunos aumentos tremendos que se registraron en los meses finales del año pasado.

Con todo, tanto el ministro de Economía como otros miembros del equipo oficial creen que, si brindan una impresión de firmeza, los mercados se comportarán mejor. Es lo que trató de hacer Guillermo Moreno al aterrorizar a los empresarios con amenazas truculentas. Por ser tan extravagante la conducta del personaje, logró desviar la atención de la gravedad de los daños que provocaba la estrategia voluntarista avalada por Cristina. Aunque el hecho de que el funcionario más influyente del Gobierno nacional actuara como un mafioso con la aprobación de su jefa nos dijo todo cuanto era necesario saber acerca de la naturaleza del modelo kirchnerista, muchos consiguieron convencerse de que, para Cristina, era una especie de mascota y que se negaba a sacrificarlo solo porque no quería ceder ante las presiones de los empresarios y los odiados medios periodísticos.