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Política / 16 de febrero de 2018

Franco Macri, la salud del patriarca que cedió protagonismo a su hijo

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Franco Macri se iba acostar contento este sábado 3 febrero. No era de esos días en los que el patriarca de la famillia presidencial, de 87 años, se siente deprimido porque ya no es el mismo de antes o porque incluso se siente una carga para el clan.
–Preferiría no estar así. Soy una carga para el resto –llega a soltar este romano que fue uno de los mayores empresarios de la Argentina cuando lo visitan algunos amigos íntimos en su bien custodiada mansión de Barrio Parque.

Aquel sábado, en cambio, Franco estaba de buen humor, ilusionado porque al día siguiente iba a almorzar con su hija menor, Florencia, artista. Por lo menos domingo de por medio come con ella, en casa de uno u otro. Algunos domingos almuerza con su hijo el Presidente, Mauricio, en la quinta de este, Los Abrojos, en Los Polvorines. El jefe de Estado y cada vez más patriarca de su familia también lo visita los martes en Palermo Chico y a veces juegan al bridge. El amor los une pese a las rencillas que han tenido en la vida, las mediáticas y las verdaderas.

Aquel sábado, Franco, que viene sufriendo problemas de audición, hipertensión y cardíacos, estaba por acostarse cuando se fracturó la cadera. Se quebró y cayó al piso. Logró llamar a su asistente de turno. Ella lo vio en el suelo. También llegaron sus custodios. Entonces llamaron al médico. El lunes lo operaron en el Hospital Italiano, aquel al que él y su fallecido hermano, Tonino, habían promovido durante décadas.

Mauricio fue a visitarlo el domingo 4 de febrero a la noche, antes de la intervención, a la habitación aislada por cuatro custodios presidenciales. Al día siguiente, al ingresar al quirófano de la unidad coronaria, Franco tuvo un episodio de bradicardia -la frecuencia cardíaca anormalmente baja- y debieron ponerle un marcapasos externo. Pasados los 50 años había padecido sus dos infartos este hombre que ha sabido combinar el trabajo intenso con la vida de un playboy. Cuando lo estabilizaron, comenzó la operación de cadera. Era el mediodía. Florencia se metió en el quirófano a ver qué pasaba. Por lo menos eso le confesó a un conocido por teléfono. El resto del tiempo permaneció en la sala de espera con su madre, la segunda esposa de Franco, Cristina Greffier, y una amiga. Junto a ellas aguardaba ansiosa la asistente principal de Franco, Luján, que atendía llamadas de conocidos preocupados por su jefe y les advertía que no fuesen a la clínica de Almagro.

En el círculo íntimo del padre del Presidente reconocen que en el último año, el veterano empresario optó por dejar de tomar contacto con la prensa y con quienes no fueran los familiares o los íntimos de toda la vida con los que juega al bridge, como Rafael Alazraki y Ezequiel Viejobueno. Otros amigos acusan del encierro a la familia y se quejan de que no lo pueden visitar en su casa ni en el hospital. Justo hace un año estalló el escándalo por la quita de deuda que Socma, el grupo económico que hace nueve años Franco legó en vida a sus cinco hijos, mantenía con el Estado por el canon de concesión del Correo. Cabe recordar que Mauricio no se quedó con acciones de Socma sino que las transfirió a su vez a sus hijos: Agustina, Gimena, Francisco y Antonia. Los Macri niegan que el aislamiento de Franco busque evitar que formule declaraciones públicas que compliquen a su hijo el Presidente.

En el 2017 dejó de escribir en su blog y sólo lanzó tres mensajes por Twitter: una foto desde su casa de Punta del Este, a la que este verano faltó por primera vez, y dos noticias de diciembre pasado de Infobae y La Nación sobre su primogénito, una sobre el aumento de la confianza en el Gobierno, previo a la reciente caída, y otra sobre el discurso de apertura del foro de negocios de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Visitas

A las 16.30 de aquel lunes 5 llegó al hospital Mariano Macri, el último de los cuatro hijos que Franco tuvo con su primera esposa, Alicia Blanco Villegas. Los otros son Mauricio, la fallecida Sandra y Gianfranco, el que más se ocupa de Socma, que blanqueó 620 millones de pesos en la última amnistía y que justo estaba de viaje en Brasil durante la cirugía. Mariano llegó con su pareja, Teté Fernández Rudd. Entraron a la sala de espera y les contaron que todavía estaban esperando. Entonces se fue al café Martínez vecino del Italiano. Los periodistas que se agolpaban para cubrir la operación ni lo reconocieron al salir. Una hora después, los médicos salieron a la sala de espera y le contaron a Florencia y su madre que todo había salido bien.

–Le colocamos la prótesis y ahora quedará en observación.
Entonces la hija menor y su madre se retiraron. Mariano, que apenas se mete en Socma y comparte con Gianfranco una acusación por supuesta evasión impositiva por los Panamá Papers, la relevó en la guardia. Entró con su pareja a ver a su padre, se quedó con él unos minutos y luego permaneció en la sala de espera. Cuando caía el sol, se fue y quedó allí Luján, la fiel asistente de Franco de la última década.

Noticias: Mariano, ¿cómo está su padre?
Mariano Macri: Ahí está. Ahora hay que esperar la recuperación.

Noticias: ¿Sabe cuándo le van a dar el alta?
Macri: No, pero va a quedarse más de un día. Es una persona de 87 años y los posoperatorios son mucho más lentos.

Noticias: ¿Hubo algún tipo de complicación?
Macri: Sólo al principio. Hubo que estabilizarlo antes de operarlo, pero nos explicaron que ese tipo de episodios son normales en una persona mayor.

Al día siguiente, el jefe de Estado volvió a verlo. También fue una de sus hijas, Agustina, cineasta, aquella que en el 2016 puso cara de velorio en la foto de la segunda visita del Presidente al Vaticano, casi semejante a la que el Papa Francisco le había propinado a su padre en el primer viaje. Agustina arribó al hospital acompañada de su madre, la primera esposa del Presidente, Ivonne Bordeu. Cuando salió, llevaba sus ojos azules hinchados. Una lágrima recorrió su mejilla.

Noticias: Agustina, ¿cómo está tu abuelo?
Agustina Macri: Ahí está. Recuperándose.

Después entró al estacionamiento donde la esperaba su madre.

Grande

Franco Macri fue no sólo uno de los principales empresarios de la Argentina, dueño de la constructora Sideco, que creció sobre todo con obras públicas desde la última dictadura militar en adelante; la automotriz Sevel, en tiempos de la economía cerrada vigente hasta los 80, y varias privatizadas en los 90, como el Correo. Varios de los que trabajaron con él desde que migró al país a los 18 años, en 1948, hasta incluso el año pasado ahora quieren escribirle un libro homenaje con anécdotas de su trayectoria. Pero Franco también ha sido el mandamás de su familia, como la tradición italiana lo marca, pero esa hegemonía comenzó a resquebrajarse cuando su hijo mayor, el ingeniero Mauricio, aquel en el que él confiaba para dirigir su grupo, Socma, se rebeló y se fue a presidir Boca en 1995.

Mientras Mauricio fue ascendiendo, Franco fue retrocediendo. En el 2003, cuando el hijo se metió en política y tras perder las elecciones a jefe de Gobierno porteño, su padre perdió el Correo por la estatización dispuesta por el entonces presidente Néstor Kirchner. La empresa estaba en concurso preventivo y llevaba años sin abonar el canon al Estado. La familia Macri sostiene que Kirchner se quedó con los activos del Correo, pero les dejó a ellos los pasivos y entonces debieron comenzar a vender empresas para enfrentarlos. Dicen que el Estado les debe más a ellos que ellos al Estado, pero eso deberá establecerlo la Justicia. Lo concreto es que con el tiempo Socma fue perdiendo peso en la economía argentina. Su empresa holding, Sideco, ahora ocupa el puesto 650 en el ranking de mil compañías más grandes de la Argentina de la revista Mercado, con una facturación de 1.200 millones de pesos en el 2016. En el 2009, Franco dejó el grupo en manos de sus hijos y nietos, aunque cada tantos meses se junta a almorzar con su CEO, Leonardo Maffioli, hombre de su confianza desde hace décadas, y le pregunta por los negocios.

Franco abandonó Socma bajo la amenaza de Mauricio de declararlo insano. Tenía 78 años. Un año después, en el 2010, fue tapa de Noticias con esta frase textual: “Mi hijo me sacó la empresa”. A la carrera política de Mauricio no le convenía que su padre siguiera como hombre de negocios ligados al Estado. A la carrera de empresario que Franco insistía en continuar no le convenía que su hijo se metiera en política. Venció Mauricio. “Ganarle a papá” titula el editor de Política de NOTICIAS, Franco Lindner, un capítulo de su último libro, “La cabeza de Macri”. Se trata de un deseo que han sentido muchos otros en la historia de la humanidad, pero que ha vuelto a representarse en la carne de uno de los mayores empresarios de la Argentina, que empezó de pequeño constructor y nunca terminó siendo aceptado por lo más aristocrático del establishment, y en la de su hijo, educado para sucederlo en uno de los colegios más elitistas, el Newman, y que prefirió convertirse en el primer político no peronista ni radical que llegó a la Casa de Gobierno por las urnas.

China

Franco siempre había sido oficialista, con la dictadura, con los radicales, con los peronistas, incluso con los K, todo para hacer negocios. Cuando dejó Socma fundó el Macri Group para tejerlos con China, aunque ninguno prosperó demasiado.

Al llegar su hijo al poder, cerró sus oficinas, en San Isidro, pero hasta el 2017 seguía intentando despuntar el vicio de ganar plata. “Franco sabía que si te metías en política no ibas a poder hacer negocios. Y cuando Mauricio se metió en política fue el fin de sus negocios”, reflexionan en el círculo íntimo del debilitado patriarca. Niegan que las alabanzas que durante el kirchnerismo dispensaba al Gobierno y los dardos que soltaba contra su hijo fueran parte de una estrategia para evitar que su primogénito heredara la mala imagen pública del hombre que se enriqueció haciendo negocios con el Estado.

En el 2015, mientras Franco contaba en FM Metro a Andy Kusnetzoff que en sus viajes a China se hacía hacer masajes que terminaban con “happy end”, su hijo en campaña presidencial se encargaba de insistir con la versión de que estaba mal de la cabeza. Pero los gestos públicos de cariño mutuo y los tardíos elogios del padre al hijo irrumpieron en la noche de la victoria electoral y la mañana de la asunción presidencial. Después llegaría marzo del 2016 y el estallido del primer escándalo del gobierno de Macri, los Panamá Papers. Franco y Mauricio figuraban como directores de una offshore en Bahamas, Fleg Trading, que había operado entre 1998 y 2008 y que el hijo había omitido mencionar en su declaración jurada cuando asumió como jefe de Gobierno porteño. La aliada Elisa Carrió se puso nerviosa y exigió explicaciones puertas adentro.
Mauricio le mostró las declaraciones juradas impositivas de Franco que afirmaban que Fleg Trading le pertenecía en un 100%. En un intento por calmar las aguas mediáticas, tanto nacionales como internacionales, anunció que recurriría a la Justicia civil para aclarar su situación. Allí, su abogado y operador judicial, Fabián Rodríguez Simón, alias “Pepín”, demandó a Franco que hiciera una “acción meramente declarativa” que exculpara a su hijo. Pero Franco no quiso presentar allí ningún papel sino que compareció ante el otro fuero en el que se investigaron los Panamá Papers, el penal. Debió aportar sus declaraciones impositivas ante el juez federal Sebastián Casanello, que en abril pasado descartó que se tratase de un caso de lavado de dinero. Tampoco avanzó la denuncia por presunta evasión impositiva por operaciones por 9 millones de dólares que Fleg Trading hizo en Brasil en el 2009 y que denunció el diputado K neuquino Darío Martínez. Si hubiese habido delito de Franco, ya estaría prescripto. En agosto pasado, la Cámara Federal ratificó el cierre de la causa Panamá Papers.

Escuchas

Franco supuestamente estaba insano, pero su cabeza le funcionó bien cuando ante la Justicia penal se hizo cargo de Fleg Trading o cuando asumió la responsabilidad por las escuchas telefónicas de las que era acusado su hijo contra el fallecido esposo de Sandra Macri, el parapsicólogo Néstor Leonardo. Casanello fue también quien sobreseyó a Macri por el espionaje. Sin embargo, Franco se resistió a presentar los papeles de Panamá cuando se los exigió su hijo en el fuero civil. En agosto pasado, “Pepín” presentó en nombre del Presidente un escrito ante el juez civil Andrés Fraga en el que pedía que finalmente se declarara que su representado no había sido socio de Fleg Trading ni de otra offshore de Franco que apareció en pleno escándalo, Kagemusha. En el petitorio, el abogado reconocía las diferencias entre padre e hijo: “Lo que complicó la situación y agravó los perjuicios para mi mandante, impidiéndole aclarar la inexistencia de relación jurídica alguna con ambas sociedades, fue la conducta asumida por el demandado Franco Macri, cuya resistencia en aportar la documentación necesaria para aclarar la situación, así como su reticencia a dar explicaciones claras, fueron las que hicieron iniciar esta medida. La poca colaboración brindada por el demandado, que quizás pueda explicarse en parte por su edad, en parte por su carácter y en parte por la tensa relación que tiene con su hijo, se evidencia en su comportamiento procesal”. Pese a la falta de colaboración de Franco en el fuero civil, y basándose en lo que se vio obligado a aportar en lo penal y en otros testimonios, el juez Fraga falló en septiembre que el jefe de Estado nunca había sido propietario de las offshore. En noviembre, Mauricio declaró sobre su papá en una entrevista con La Nación: “Fue el mayor conflicto que tuve que enfrentar”. Sin embargo, en junio del 2016 lo benefició con la primera puesta en marcha de una gran obra pública en su gobierno: en ese entonces reflotó el contrato del soterramiento del ferrocarril Sarmiento, que había iniciado Cristina Kirchner, pero que se había paralizado y que tenía entre sus socios a Iecsa, la constructora que Franco le vendió en cómodas cuotas a su sobrino Ángelo Calcalterra en el 2007 y que para entonces aún no había terminado de cobrar. Pero esa decisión no mereció ninguna denuncia judicial de opositores.

Justicia

Otras medidas de Macri vinculadas a Socma derivaron en causas. Primero fue por la quita de deuda al Correo y después por Avianca, Autopistas del Sol (Ausol) y los parque eólicos del grupo de los hermanos, hijos y sobrinos del Presidente. La causa Avianca comenzó en el 2017 por una denuncia del diputado K Rodolfo Tailhade después de que el Gobierno le otorgara rutas a la empresa colombiana, que a su vez había comprado a principios del 2016 Macri Airlines (Macair). La de Ausol arrancó luego por una demanda de la ex diputada Margarita Stolbizer por el tarifazo que benefició a la concesionaria del Acceso Norte que hasta el 2017 pertenecía en un 7% a Socma. Tailhade acaba de denunciar a Macri por las compras y posteriores ventas de parques eólicos, un negocio con precios regulados, que hizo el grupo de su familia entre el 2016 y el 2017.

Pero mientras los opositores e incluso algunos ex funcionarios de este gobierno ven que el Presidente ha favorecido al grupo económico familiar, los socios de Socma alegan que el hecho de que su pariente sea primer mandatario los perjudica para hacer negocios con el Estado y los ha obligado a vender Macair, Ausol y parques eólicos para evitar conflictos de intereses. Argumentan que por eso han centrado sus activos en la importación de autos chinos Chery y DFSK, en la empresa de servicios petroleros OAS y en la recolección y tratamiento de residuos en Uruguay. Según la parentela, no sólo Franco retrocedió en los negocios por la carrera política de Mauricio sino también los hermanos, hijos y sobrinos del Presidente. Pero no lo culpan. La oposición piensa que le deberían estar agradecidos.

Franco, mientras, está más centrado en sus hijos y nietos, a los que reunió para la Navidad. No siempre está lúcido, su salud está frágil y por eso este año no pudo viajar a Punta del Este. Algunos de sus amigos están apenados por cómo debió ceder espacio para beneficiar a su hijo, el nuevo patriarca que superó a su padre.

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