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Sociedad / 18 de septiembre de 2018

Cocina biomédica: una esperanza para el autismo

La chef Make Oyarzo Salazar promueve una alimentación natural para mejorar la calidad de vida de las personas con este trastorno, a raíz de la experiencia personal con su hija.

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Macarena “Make” Oyarzo Salazar no es una chef cualquiera. Impulsa una corriente de alimentación natural para mejorar la calidad de vida de las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Sus recetas, que ahora se editaron en su nuevo libro “Cocina biomédica” (Planeta), han ayudado a miles de personas con esa condición. “Es una responsabilidad muy grande pero, a la vez, muy gratificante. No sólo para la gente con TEA, sino también quiero que se pueda extender a toda la población”, dice la autora y cocinera. “Quiero que mi libro se vuelva el Doña Petrona del siglo XXI”.

Hace seis años, Make tomó una decisión por la salud de su hija Maia a quien le habían diagnosticado autismo cuando tenía 3 años y nueve meses. Por recomendación de una amiga, leyó una nota sobre un caso en Estados Unidos en el que la eliminación de gluten, azúcar y caseína de la dieta logró cambios positivos en pacientes con ese trastorno. Ahora, con casi once años, Maia disfruta de una vida normal y saludable.

Make trabaja junto a un equipo interdisciplinario, Equipo TEA Enfoque Integrador, dirigido por el Dr. Nicolás Loyacono, quien cuenta con asesoría científica del CONICET. Además, con el material bibliográfico de este equipo se dicta por, primera vez, en la Facultad de Medicina el Posgrado Neurodesarrollo y TEA, del cual Make es parte del cuerpo docente.

Oyarzo remarca que la comida biomédica no es una cura, sino un tratamiento, un cambio de hábito. Luego de la publicación de un artículo que sostenía que la condición de Maia se había eliminado, muchos profesionales de la salud reaccionaron con escepticismo. Make fue criticada. “No le digo que no a la medicina. Se trata de ir a la par. Hasta Hipócrates hablaba de la alimentación como la primera salud”.

Sin embargo, el título ayudó a llamar la atención e incentivó a muchos a informarse sobre los efectos de la alimentación en las síntomas de TEA. Desde Latinoamérica hasta Oceanía, Make ha recibido mensajes de centenares de familias que compartieron dudas e historias de cómo influyó el cambio en sus vidas. “Eso me emociona un montón. A veces, cuando los padres ven que el niño esta respondiendo, se motivan más y también unifica a la familia. Cuando el hijo empieza a mejorar, se empiezan a ganar libertades. Lo que intento hacer es que la gente vuelva a tener calidad de vida”.

En cuanto a Maia, está a punto de cumplir 11 años. Interactúa con amigos, se saca buenas notas y fue abanderada de la clase dos veces. Para su madre, recuperó dos derechos esenciales: a la buena alimentación y a la salud. “Si bien me emociona verla como la cara de esperanza para mucha gente, espero que no le pese mucho. No hay nada más gratificante que verla sonreír”.

NOTICIAS: ¿Siguió a diferentes casos de familias que hicieron el cambio alimenticio?
Oyarzo Salazar: Mantengo contacto, en particular, con dos familias. Una en Perú y otra en México. Hace ya varios años que me encontraron por la web. Son dos casos totalmente diferentes. El de Perú tenía 16 años. Un caso de autismo muy severo. Medicado, sin habla, sin lenguaje, muy flaquito. Viajé a Perú y empezamos el tratamiento en 2016.  Apenas se podía mantener en pie.  Lo fui a visitar al año y ya me decía: “Hola, tía Maca”. El año pasado, la familia ya me había incorporado. Me llevaban a comer, a pasear. Me despido de todos y finalmente de él. Me acarició el pelo y me dice: “Tia Maca, vámosnos al caribe”. Yo me reí y le dije a la mamá: “Éste es un pícaro bárbaro”. Nos dejó a todos helados. El otro caso de México, no paraba de saltar cuando lo conocí. Saltaba, me abrazaba hiperactivo. Ahora, está en un colegio privado normal integrado sin medicación. Lo único que trabaja ahora es el lenguaje, pero de la hiperactividad mejoró. Hace poco, viajaron a Disney. Me decía la madre que eso no se lo podría haber imaginado antes. Esas cosas me emocionan un montón. Quizás el pronóstico no sea óptimo, pero mejoran la calidad de vida.

NOTICIAS: Se publicó una nota en La Nación en donde decía que usted proponía una cura para el autismo, a pesar de que no existe una. ¿Tuvo consecuencias ese título?
Oyarzo Salazar: Fue un error que automáticamente les pedí que rectifiquen. Yo nunca hablo de cura, hablo de recuperación. Mi hija va a tener este estilo de vida de por vida. A mí me parece fantástico y yo no vuelvo para atrás ni loca. No como una hamburguesa ni por dos millones de dólares porque sé qué tiene. Yo hablo de recuperación. Igual, creo que ese título sirvió para que haya una discusión. Con un título más exacto, quizás no se habría generado tanto impacto, tanto diálogo y la gente no se hubiese informado. Me contactaron de todo el mundo. De Nueva Zelanda, Australia, Suiza, Francia, Ecuador, Panamá. Todos pidiéndome auxilio.
Yo vivo a cuatro cuadras del colegio de mis hijas. Cuando me desperté, mi casilla de mail estaba llena. Respondí a cada uno. Fui a llevar a mis hijas al colegio y cuando volví tenía 496 mails nuevos. Seguía y seguía. Mucha gente me ha dicho: “Le saqué la leche y a la semana, me volvió a mirar”. Fue maravilloso. Entonces, para mí valió la pena ese título, aún con todas las piñas que me comí.

NOTICIAS: ¿Sintió resistencia de parte de la comunidad médica?
Oyarzo Salazar: No hacia mí. Al tratamiento o al protocolo, sí. Y, al principio, había una negación. “No va a funcionar” “Bueno, mal no le va a hacer” “No le saques la leche porque se va a quebrar a los tres meses”
Seis años llevamos y nunca se quebró. Es cuestión de tiempo. Nadie le dice que no a la medicina. Es ir a la par. Es algo ancestral. Hasta Hipócrates hablaba de la alimentación como la primera salud. Cuento con la teoría y la práctica. Tengo la mayor evidencia científica a mi favor.

Los médicos tienen una estructura académica que es lo que les enseñaron. A la nutricionista con la que trabajo se le hizo difícil el ultimo año de residencia. Ella tenía que ofrecer dos vasos de leche y ella sabía el impacto físico que generaba. Ahora, trabaja con un grupo de personas y profesionales que estamos todos en la misma sintonía.