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Opinión / 6 de diciembre de 2018

La zoofilia de los pavos

Reflexiones sobre La Yegua y El Gato en una sociedad embrutecida por las antinomias vacías. El auge de una gran creatividad huérfana de sustancia.

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Puede sonar a obvio lugar común, pero qué quieren que le haga si “La Yegua” nació en el campo. Año 2008. Guerra de la 125. El epíteto (vulgar, pero con pretensiones de clase alta; machista, pero preferido por mujeres adultas) viralizó. Fue tuitero. Sirvió para delinear, acaso, el argot más brutal del antikirchnerismo. Durante un tiempo, sobre todo en el trienio del luto, los oficialistas de entonces lo agitaron por lo bajo como muestra del odio ajeno y excusa ideal para la victimización propia. Hoy, diez años después y con tres de “Cambiemos” encima, CFK decidió reconvertir en valor aquel insulto salvaje. La cucarda se hizo medalla. Es Evita santificando a los “cabecitas negras”. Es el hincha de Boca Juniors asumiéndose “bostero”. Es judo. Es marketing de resiliencia.

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Macri Gato”, en cambio, tiene aires de grafiti urbano. De origen bohemio y derivaciones tumberas (gato: el que “gatilla”, en el doble sentido de quien “garpa” o mata), es popular entre jóvenes progres de clase media. Raro que el Presidente no haya logrado adaptarlo a su favor, justo él, tan “bostero” y mandamás del tiempo en que los animales desplazaron a los próceres en la devaluada moneda nacional. El ejército virtual del macrismo en las redes sociales hizo el intento: hasta fabricaron muñequitos amarillos de “Macri Gato” para dar pie a que Cristina, además de “Yegua”, pasara a ser “CFK Rata”. No prendió. Lo rebuscado y contrafáctico suele ser enemigo de lo espontáneo y creativo.

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Lo concreto es que un brote de provocativa zoofilia imprimió sus marcas en el discurso político-electoral. El fenómeno se fue dando de boca en boca, de muro en muro y explotó en cadena vía web, desde la periferia al centro, como suelen enhebrarse los acontecimientos culturales masivos. Claro que nadie debería confundir “cultural” con “culto”, ni mucho menos. “La Yegua” y “El Gato” denotan el auge de una gran creatividad huérfana de sustancia. Gags de humor pegadizo, fácil. El agravio es la idea. La estrategia: unir fuerzas en el desgaste moral del otro.

Desde el punto de vista estrictamente propagandístico, “Macri Gato” resultó un éxito rotundo de la promoción negativa. Cualquier experto en publicidad sabe que sin una determinación previa del público a convencer, sin sorpresa, sin impacto y sin algo de suerte a ninguna campaña le iría bien. Veamos:
1) El sector menos favorable al macrismo, según todas las encuestas, es la juventud.
2) Hasta que a un joven jujeño se le ocurrió gritarle “¡Gato!” al Presidente y a la policía se le ocurrió meterlo preso, a nadie se le había pasado por la cabeza tal asociación “felina”.
3) El impacto publicitario siempre apela a un aspecto emocional: el punto fuerte de la fórmula en cuestión es ideológico-humorístico. Pero carece de agresividad manifiesta. Tiene sensibilidad.
4) “Macri Gato” superó ampliamente los límites del kirchnerismo puro. Hasta un alumno de 6º o 7º grado usa hoy la expresión, sin saber bien por qué, sin verla en la tele y sin necesidad de tener padres politizados.

Más sorprendentes aún resultaron los alcances de de “CFK Yegua”: hasta la “víctima” terminó incluyéndola en su arsenal, cual arquero antiguo atesorando flechas enemigas, al cabo de un año en que la agenda de género llegó al tope con la discusión del aborto.

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Cristina sigue siendo, sin lugar a dudas, el personaje político de mayor voltaje teatral en el país. En un juego shakespeareano, tomó la ofensa, sufrió por ella, la mutó en virtud y le agregó dos cualidades: indomable, pero herbívora como el León-Perón de la “unidad nacional”.

No sería casual que “yegua” y “gato”, surgidos como polos opuestos de una Argentina embrutecida por la confrontación permanente y sin ideas, acaben siendo funcionales a la granja cristinista. El peronismo ha sido, desde su cuna, un voraz apropiador de tendencias culturales. Por el contrario, el antiperonismo generó liderazgos apáticos, duros o forzosamente institucionalistas y temerosos de parecerse a los otros, lo cual les retaceó glamour, atractivo aspiracional y épica.

El problema de fondo, sin embargo, radica en una sociedad demasiado adiestrada en la discusión frívola, de baja intensidad. En ser el pavo del zoológico.

*Director de Contenidos Digitales de Editorial Perfil