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Sociedad / 12 de febrero de 2019

Debate por las niñas madres: ¿existe el instinto maternal?

La idea de que una fuerza innata determina a la mujer viene de lejos. Expertos opinan sobre los mitos y verdades de esta creencia.

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El concepto se repite hasta el cansancio. El “instinto materno”, se dice, es lo que lleva a las mujeres a sentir un poderoso deseo de ser madres; es lo que explica esa conexión especial con sus hijos, es algo que se siente en el cuerpo y que es imposible de racionalizar. La idea de que esta es una fuerza innata que determina la esencia de ser mujer aparece en las conversaciones cotidianas, en los relatos de ficción y, también, en las discusiones públicas.

El viernes 1° de febrero, el diario La Nación publicó un editorial titulado “Niñas madres con mayúsculas” y utilizó el argumento del “instinto de madre” para describir los motivos por los cuales una nena de 12 años podría desear continuar con un embarazo, incluso cuando fuera producto de una violación. Sin embargo, ¿qué es lo que se sabe de este instinto?, ¿de verdad existe?, ¿es suficiente para obligar a una menor de edad a parir? NOTICIAS consultó a expertos de diferentes disciplinas como la medicina, la biología, la psicología y la sociología. Y, si bien entre los especialistas hay diferencias, todos coincidieron en que es imposible afirmar la existencia de un impulso natural y absoluto que predisponga a todas las mujeres a desear la maternidad o a volcarse a las tareas de protección, cuidado y amor hacia los niños.

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Desde las ciencias sociales y humanas, la respuesta es taxativa: el instinto materno es un mito, dicen los especialistas. De hecho, fue la escritora feminista Simone de Beauvoir la primera en cuestionar este concepto, en 1949, y de ubicar a la maternidad en el campo de la cultura. En las ciencias naturales las explicaciones son un tanto más variadas y, a pesar de que algunos expertos reconocen la existencia de determinadas tendencias instintivas, en ningún caso desconocen los factores ambientales o particulares de cada situación. Unas y otras explicaciones, con sus matices, resultan complementarias y necesarias para dar una discusión responsable a la hora de hablar de los embarazos infantiles.

Argumentos. María Laura Giallorenzi es socióloga y becaria del CONICET. Para ella, la idea del “instinto materno” tiene una función vital en la organización social: “Justifica una división sexual del trabajo que se fundó en la Revolución Industrial, momento en el que resultó redituable que la mujer se quede en el hogar criando a sus hijos. Antes de eso, por ejemplo, las mujeres de las clases altas ni siquiera amamantaban a los bebés y tenían nodrizas”, asegura. Según la especialista, el “éxito” de esta idea radica en que aparece en la vida de las personas desde que son muy pequeñas: “Hay dispositivos que construyen esa idea de instinto maternal. Entonces, uno cree que hay algo que es muy propio pero en realidad fue algo asignado”, agrega.

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En la misma línea se ubica Luis Cappozzo, doctor en Biología y director del “Laboratorio de ecología, comportamiento y mamíferos marinos” del Museo Argentino de Ciencias Naturales: “La repetición hasta el hartazgo acerca de que las mujeres tienen un instinto materno natural es una construcción cultural y social que obedece, desde hace siglos, a una sociedad patriarcal, llevando a sentir culpas a todas aquellas que no desean la maternidad o no tienen el ‘instinto’”, subraya.

A partir de que es una idea construida con éxito es lógico que muchas mujeres se sientan identificadas con la palabra “instintiva” a la hora de describir sus vínculos con sus hijos. NOTICIAS consultó a más de 20 madres de diferentes edades, profesiones y orígenes. En su gran mayoría coincidieron en que había algo que las unía de un modo especial con sus hijos o que las había hecho desearlos más que a nada en el mundo: “Desde los 12 ya tenía elegidos los nombres de mis futuros hijos”; “cuando se se enferma o se despierta a la noche lo siento en el cuerpo”; “cuando quedé embarazada por primera vez se me despertó el instinto y ahora tengo la necesidad de tener más bebés y de cuidar a otros”, fueron algunas de las respuestas.

Para Patricia Martínez, licenciada en Psicología y especialista en atención a pacientes durante tratamientos de fertilidad, el problema a la hora de hablar de esto puede ser semántico: “Muchas personas le dicen instinto a lo que los psicólogos llamamos deseo. La empatía y la función materna tienen un componente altamente corpóreo. Pero cuando se abusa de una niña, ¿qué deseo puede sostenerla en el lugar de madre?”. Para la especialista, describir la relación madre/hijo en términos instintivos es “primitivo”.

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Estudios. Giallorenzi insiste en un punto: “Hay mujeres que fueron madres a través de una adopción o de la subrogación de vientres y también dicen que sienten ese instinto materno”. Cappozzo, con un razonamiento similar, reflexiona: “Asistimos a diario en todos los canales de noticias a situaciones en las cuales la madre, el padre o ambos someten a los hijos a ultrajes, violaciones, malos tratos, dejando al desnudo que el ‘instinto materno’ en el ser humano es una construcción social”.

En paralelo a estas explicaciones, en el mundo hay diversos estudios que comprueban que la llegada de un bebé a una familia suele generar cambios a nivel hormonal y fisiológico pero no necesariamente y exclusivamente en la madre biológica. Por ejemplo, Sarah Blaffer Hrdy, antropóloga e investigadora de la Universidad de Harvard, analizó su propia saliva y la de su marido al conocer a su nieto recién nacido. Los resultados arrojaron que, en los dos se había disparado en un 63% un químico cerebral llamado oxitocina, que produce placer y felicidad, aunque en el caso de ella llegó a esos niveles en una noche y al hombre le tomó algunos días más. Según sus estudios, este proceso sucede en abuelos, en padres biológicos o en adoptantes.

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En esta línea, el médico obstetra y profesor adjunto de Tocoginecología del Instituto Universitario Hospital Italiano, Mario Sebastiani, insiste en que reconocer estas cuestiones que suceden a nivel fisiológico no alcanza para sostener un embarazo no deseado y mucho menos en niñas: “El problema no radica en si existe o no el instinto. Ser ‘madraza’ no es un evento instintivo”, opina.

En este contexto, el biólogo e investigador del CONICET Leonardo González Galli insiste con la necesidad de hacer trabajar en conjunto a las ciencias sociales con las naturales: “Las corrientes conservadoras o de derecha siempre recurrieron a la ciencia para justificar políticas como el imperialismo, el clasismo o el sexismo”, asegura y agrega que, desde su perspectiva como evolucionista, se reconoce que “si bien hay factores biológicos que influyen en el rol de la maternidad, ninguno por sí solo puede explicar la complejidad de femómenos como la conducta humana. Es esperable, desde el punto de vista biológico, que tanto hembras como machos estén, en general, preocupados por procrear. Pero cuando hacés referencia a un factor biológico, como esta propensión o la tendencia a comer dulces, hay que entender que en la biología las afirmaciones son estadísticas. Si tomás a mil persona vas a encontrar un alto porcentaje que responde a esta tendencia, pero otro que no ¿Esas personas son anormales? No, porque las especies somos diversas. Y eso no es ni patológico, ni hay que corregirlo, ni denunciarlo ni estigmatizarlo”, subraya.

El debate público en Argentina acerca de la maternidad y, en este caso, de los embarazos infantiles requiere más que nunca apelar al conocimiento y no a las creencias. A nivel fisiológico, las niñas de las que habla La Nación estaban preparadas para quedar embarazadas. Sin embargo, esa capacidad física y la idea errónea de que todas las mujeres tienen ese “instinto materno” desconoce los contextos, las historias personales y las perspectivas de futuro para esas niñas.