Sociedad / 27 de julio de 2018

El showbiz de la maternidad

El nuevo libro de la ensayista Beatriz Sarlo analiza cómo las famosas exhiben a sus hijos. Del escándalo transgresor a la madre sexualizada.

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Copio una noticia de gran repercusión en las redes: Ximena Capristo publicó una foto amamantando a su hijo «desnuda» y generó polémica(…).

«Momentos únicos. Solo él y yo. #LactanciaMaterna. #LactanciaProlongada», escribió la vedette en su cuenta de Instagram junto a una foto en la que aparece frente al espejo con su hijo en brazos y no se le ve la ropa que lleva puesta. La foto generó polémica entre sus casi setecientos mil seguidores y Ximena debió responder con un mensaje aclarando que estaba vestida pero que su hijo tapó el pijama (…).

«A mi hijo le gusta tomar la teti de parado y con la otra mano sintoniza… Faltar el respeto a mi hijo, por favor, qué estupideces que dicen… esto es darle amor», agregó (…).

Ximena Capristo, octava eliminada de Gran Hermano 2, no inventó nada. Su foto desnuda (o vestida de modo tal que parecería desnuda) tuvo precedentes, aunque sin que los anteriores desnudos fueran tan obvios como para provocar el miniescandalete hipócrita y moralizante (…).

Florencia Peña mostró su gran vientre, cuya redondez combinaba bien con sus pechos redondos y los visibles tatuajes (…).
No mucho después, el niñito de dos meses de Florencia Peña salió en la tapa de Caras junto al niñito de la misma edad de Marley (obtenido por subrogación de vientre en Estados Unidos). La nota tiene la franqueza de informar a sus lectores que la felicidad en los rostros de ambos amigos viene, claro está, de que sostienen a esos bebés en brazos, metidos hasta la cintura en la piscina de la quinta de uno de ellos (…).

Por supuesto, nada superó la felicidad de Luciana Salazar. Su historia tiene un claroscuro novelesco y escandaloso: la niña Matilda nació por subrogación de vientre, en Estados Unidos, trámite que, según trascendidos publicados en Perfil, costó ciento veinte mil dólares. Ella da a entender que puede revelar el nombre del padre; la sombra de un economista, ex presidente del Banco Central, se mueve en bambalinas (…). La angustia de tales secretos e insinuaciones no fue obstáculo para que la «operación nacimiento» fuera grabada, colgada en YouTube y seguida en las revistas Caras y Hola que exhibieron una secuencia fastuosa de ropita y mueblecitos, sabanitas, empapelados, objetos y marcos todos cubiertos de florcitas. En este caso, la sobrecarga de detalles kitsch es más efectiva que las panzas y los amamantamientos (…). La oda de la madre feliz es cursi, como probablemente lo sea cualquier felicidad que no haya sido elaborada por la inteligencia sensible, o trabajada por el arte. La exageración repetitiva (estos personajes tienen poco vocabulario) resulta inevitable.

Pero no son más exageradas que las de Martín Insaurralde, dirigente justicialista de una de las zonas pobres del Gran Buenos Aires, que besa la cabeza de su hija, a la que vio nacer: foto con barbijo en la sala de cirugía, sosteniendo a la pequeña Chloe, que vino al mundo por cesárea (…); foto de padre y madre en la cama de la clínica. Por supuesto, el parto difícil valió la pena, según nos informa una postal escrita por Jésica Cirio, la progenitora, que expresa lo que sienten todas las madres: el lugar común de la felicidad y el propósito de amar a su hija eternamente. Los lectores conocemos al político, que ha cambiado varias veces de lugar en su partido, y le deseamos a Chloe una mayor constancia paterna.

Otro político, gobernador de una provincia pobre que ostenta el récord del mayor analfabetismo en la Argentina, no solo mostró una fastuosa alegría en su casamiento con una actriz, sino que aparece en Instagram con la dichosa cónyuge que muestra su embarazo certificándolo en la desnudez del vientre. Nada que ocultar, ¿o acaso gobernadores como Urtubey, de prosapia oligárquica, no tienen los mismos derechos que el resto del mundo? ¿o acaso, el nacimiento del hijo concebido en matrimonio con un gobernador debe privar a una semifamosa de su bien ganada publicidad?

También están las fotos impresas o en las redes de las famosas con sus hijos ya un poco más crecidos. Estas mujeres tienen más hijos que las de clase media y alta a la que pertenecen según sus ingresos certificados por las hollywoodenses y grotescas fotografías de sus casas (…). Nadie parece preocupado por los derechos a la propia imagen de esos niños, que (junto con los hijos o hijas de algunos políticos, como Mauricio Macri) funcionan como excepción a las prohibiciones de exhibir imágenes de menores que no pueden decidir sobre lo que muestran sus padres. El eventual pixelado sobre los ojos no oculta ni la identidad ni los apellidos (…).

Los tríos compuestos (ensamblados) son buenos protagonistas de la égloga: imitando a los pastores de Garcilaso, las fotos que publican suelen tener como escenarios paisajes que hoy se consideran idílicos con sus enseres indispensables (paradores, sombrillas, piscinas, tablas de surf, mesas tendidas debajo de los techitos de paja, que siempre dan aire caribe, aunque se trate de un balneario uruguayo). Como las miles de flores esparcidas por los vestiditos de las nenas de pocos meses, estos chicos de famosas, paseados por su madre y su novio están vestidos muy cool (…). Si no fueran cool ni lindos, no los mostrarían (…). Matilda tiene sus florcitas por todas partes y su mamá, Luli Salazar, la mira embelesada mientras muestra tres cuartos perfil de un pecho al objetivo de la cámara.

Parecía, hace tres décadas, culturalmente improbable. Las mujeres, que vivían en ciudades, si pertenecían a los sectores medios y eran independientes por sus trabajos o su posición social, se sentían libres de las costumbres tradicionales y no expresaban las delicias de la maternidad con tanta retórica traída del pasado. Hoy, sin saberlo, las famosas escriben una especie de égloga urbana. El escándalo es el lado oscuro de personajes que, casi sin transición, entonan el canto a la madre y sus hijos. En los medios, la maternidad tiene los mismos protagonistas que el escándalo. La mostración de vientres fecundos y de niños que han salido de allí es una oportunidad que no se resignan a perder los mismos que antes o después protagonizaron episodios bélicos, infidelidades, mutuas denuncias y todo el folklore del escándalo. Este juego doble, una cabeza con dos caras, merece ser tomado en cuenta (…).

La retórica del escándalo tiene en su centro al insulto y la agresión explícita. La retórica de la maternidad expresa los transportes de la felicidad, como si tener un hijo fuera la realización de un sueño. El escándalo se mide por las normas sociales que transgrede. La maternidad, por las leyes «naturales» que confirma. Por eso, en general, el escándalo debe ser breve e intenso y la maternidad es mejor que sea numerosa.

A partir del romanticismo, la maternidad es un tema literario digno. Las novelas del siglo XIX sorprenden al lector actual con el dato de que los hijos hayan sido entregados para que una nodriza los criara, una separación que hoy sería juzgada contraria a los derechos del niño y de la madre. Los hijos ya no son entregados a la nodriza, sino que la madre los alimenta, los educa y los ama.

Los hijos se han convertido en fuente de felicidad antes de que puedan ser justificado origen de orgullo (…).

Los historiadores afirman que el deseo de ser madre es un impulso culturalmente implantado (o soportado) por las mujeres. El feminismo se dedicó a subrayarlo, hasta que nuevas tendencias feministas reivindicaron la potestad materna como una capacidad que sólo las mujeres poseen y que, por lo tanto, debe ser adecuadamente valorizada (…).

El idilio de la maternidad se ha convertido en un género mediático. Existe un neo-post-romanticismo. Me excuso por el uso de dos prefijos, pero no encuentro otra forma de caracterizar el producto. Elizabeth Badinter lo resume: «Existe un consenso maternalista en Occidente».

Si se mira hacia atrás, en las letras de tango, las madres eran mudas. Hablaban sus hijos varones agradecidos o culpables por haberlas defraudado. Ninguna mujer canta en el tango las desdichas de la pobre viejita ni la felicidad que le dan sus vástagos. En esas canciones, el sacrificio de la madre figuraba en primer lugar: el piletón, la espalda encorvada, las manos callosas, el sufrimiento silencioso. El tango emplea el tópico de la madre, pero no se trata de la afortunada que vive en un presente eterno de felicidad y procreación, sino de la madre sacrificada: canta su elegía. Hoy no hay elegías sino églogas embelesadas, y las protagonizan la feliz progenitora y el periodista que la reportea (…). La oda a la maternidad mediática trasmite el optimismo de madres prósperas económicamente, reconocidas como famosas (…).

Contra una tendencia demográfica en baja en las capas medias, la consigna de las famosas es: multiplicaos y seréis felices. O por lo menos, la felicidad durará un rato hasta que vuelva el escándalo por la tenencia o el abandono de los hijos. Se ha disipado la oscura nube de las transgresiones edípicas que pueblan las noticias policiales, pero que son limpiamente excluidas de la oda o idilio maternalista. La maternidad mediática evita las transgresiones precisamente porque es una canción a la alegría, a la plenitud y a la norma (no estoy hablando de realidades, sino de representaciones). Todo sucede como si los hijos quedaran congelados en los meses o los muy pocos años que siguen al nacimiento, antes del tiempo del conflicto. No se evoca la melancolía, la privación, la violencia ni el abandono. Si lo hiciera no sería égloga o idilio, sino argumento de ficción psicosociológica o de noticia policial.

Todo esto ocurre en un contexto mediático de extrema sexualización de los cuerpos (…). Lo primero que llama la atención es la combinación mediática de sexualidad explícita y maternidad. Las fotos de Serena Williams o de Florencia Peña las muestran embarazadas y orgullosamente semidesnudas para las cámaras. Abundan las selfies de famosas en el acto de amamantar niños, que se verán a sí mismos, quizá con vergüenza, dentro de veinte años. Abundan las caras de estos niños, como gentiles mascaritas de un carnaval de familias, donde ni un leve antifaz oculta la plenitud sensual que la foto promete. Es un mundo de cuerpos, no de conciencias.

(…) La famosa que se había mostrado imparable en la exhibición de sus transgresiones, de repente, queda embarazada, y se vuelve una mujercita encantadora, porque «una nueva vida» está a su cargo. Ha facilitado el propio cuerpo para que sea visto en una situación a la vez convencional y erótica. La maternidad de las famosas no es sólo romántica sino sexualizada. Los abdómenes muestran su plenitud rotunda y se los fotografía con la misma precisión que a los pechos o los traseros femeninos de esas mismas mujeres cuando jugaban al pornoerotismo explícito. El embarazo y la lactancia se han vuelto espectáculo público.

Nadie teme ni condena esa sexualización: las pieles desnudas de los hijos y las madres se tocan en toda su superficie, como si se tratara de un exorcismo contra el deseo secreto de la sexualidad edípica (…). Se evoca (torpemente) un cuadro de Gustav Klimt donde hijo y madre están desnudos y fundidos. Pero en el cuadro de Klimt, el pintor y su público conocían las desviaciones posibles de esa imagen, jugaban en ese límite entre amor maternal y amor sexualizado (…). La maternidad mediática finge que esas fantasías no existen o que, por lo menos, las famosas y su progenie no las experimentan (…).
Las escenas del escándalo no tienen desenlace, sino que recorren el arco desde el insulto a la agresión. El idilio de la maternidad, en cambio, tiene una temporalidad natural y un desenlace a término: primero el pletórico embarazo, luego el parto, en lo posible tomado en un video, presenciado por el padre si está cerca y todavía no ha habido escándalo que lo separara de la parturienta, registro testimonial eventualmente vendido para que se convierta en tapa de revista como primicia donde el dinero juega un papel fundamental y, de este modo, el ansiado vástago comienza bien temprano a contribuir al presupuesto familiar. Después, los primeros meses de la feliz vida con las importantísimas selfies de lactancia. Y, antes de todo esto, la dulce espera con el ajuar, la habitación, la elección de los nombres. Todo puede ser explotado si interesa en las revistas y se publica en las redes sociales (actividad de la que se ocupa la feliz madre).

La maternidad se ha puesto de moda entre las famosas también por un motivo que lleva a pensar en los estilos corporales. Desde hace dos décadas, comenzaron a usarse los cuerpos fornidos: grandes pechos quirúrgicos o implantados; suplementos de bótox en los glúteos, brazos y piernas que difieren del ideal de «modelo» o mannequin, para acercarse a las frecuentadoras de gimnasio (…).
Hay cambios en el ideal físico no de las mannequins de pasarela, sino de las famosas de la televisión. Más difíciles de lograr que los cuerpos estilizados en sentido vertical de las mannequins, los cuerpos de extremidades delgadas y pechos enormes e incongruentes que corresponden a talles mega son una producción quirúrgica que se ha difundido como desiderátum de belleza de las famosas (…).

Las famosas tienen ese nuevo cuerpo a la moda casi sin excepciones (…). La estética deseable se ha vuelto pomposa, brillante y curva. Las famosas han trabajado para difundir y fijar todos los rasgos de este modelo, que la maternidad favorece.

El cuerpo longilíneo de la mannequin sufría con la maternidad. El cuerpo que Landrú habría llamado «pulposo», que exhiben las famosas actuales, no sufre con el embarazo. Por el contrario, parece perfectamente adecuado para agrandarse globularmente. Las dos fotos mencionadas, de Serena Williams y de Florencia Peña, llevan esta capacidad globular a un paroxismo que, pocos años atrás, habría sido caricaturesco (y quizás vuelva a serlo en un futuro no muy lejano). Pero ¿por qué hoy no es juzgado caricaturesco sino potente?
Allí también dijeron su palabra los nuevos feminismos. Las mujeres, antes que cubrir su cuerpo, deben mostrar sus potencialidades. Entre ellas, los efectos de la maternidad. Las famosas lo saben. No son originales. Son simples y repetitivas (…). Realizan los sueños de Susanita, la amiguita convencional de Mafalda, pero con el cuerpo de una vedette de teatro de revista. Esta simbiosis es irresistible.

Cumple con todas las nuevas consignas, que, a no dudarlo, tienen más en cuenta la forma en que se suma lo que antes parecía incompatible. Una mujer hermosa, hipersexualizada, puede ser también una buena madre. No existe conflicto en la sexualización de la maternidad. Esta consigna es liberadora. Le restituye a la madre su potencial sensual. La figura es la de la madre-hembra, no la poco inspiradora figura de la madre-santa (…). La maternidad hace que la famosa ejerza la multifuncionalidad: mujer sexuada, objeto y sujeto de la fama; madre que exhibe su geométrica panza como atributo sexy y amamanta en público.

Si una mujer amamanta en un medio de transporte colectivo, es posible que desviemos la vista; fanáticas y fanáticos de la infancia y el cuerpo materno la mirarán con discreción; algunos podrían felicitarla por su gesto, sin incorporar el dato evidente de que esa mujer no ha elegido el momento, que está volviendo de su trabajo y que quizás habría preferido un lugar más acogedor que el tercer asiento de un ómnibus o el banco de una estación cuyos trenes llegan o parten con retraso. En el transporte público, generalmente, amamantan las mujeres que no son ricas, ni tienen auto, ni las espera un departamento de cuatro ambientes. Su destino es ser vistas, porque las circunstancias se dieron de ese modo. La publicidad de su acto es una imposición de su estatuto social. No hay foto. Todo lo que puede haber es una defensa de su derecho.

Pero si una famosa amamanta en una selfie o un video, está allí para ser vista, para que la mirada se deslice sensualmente por sus pechos, al mismo tiempo que se aprecia la buena conciencia de familia y se consolida la idea de que las mujeres están obligadas a amamantar porque así se lo indica la medicina y la psicología a la moda. La famosa que amamanta a su vástago es la realización misma de la publicidad de un orden social que no existió siempre; que es, como todo orden social, un producto de la historia; y que, seguramente, podrá cambiar (…).

No se trata de un acto de rebeldía femenina ante una sociedad machista. El acto de rebeldía puede tener buenas o malas consecuencias; puede perjudicar a quien lo realiza; requiere ir contra las ideas establecidas. Amamantar en público, en cambio, solo puede merecer la condena de tradicionalistas o reaccionarios. Poner a la maternidad en exhibición está a la orden del día, como reivindicación que pertenece al catálogo de reclamos feministas. Ni qué decir que así se complica un poco la defensa del aborto: ¿tanta felicidad para tirarla a la basura?

¿Qué exhiben las famosas además de un par de pechos rotundos, en el mismo plano y con la misma precisión de detalle que la cabeza del niño alimentándose? Como no se corre ningún riesgo (no están en una plaza ni en un transporte ni son pobres), lo que exhiben es el acto mismo de la exhibición. La maternidad está de moda. Un conjunto de ideologías neonaturistas son parte de esta moda. Lo que antes era una excepción provocada por la necesidad, hoy es considerado un derecho cuyo ejercicio cae fuera de cualquier cuestionamiento. Pero no está fuera de las jerarquías sociales. La famosa que amamanta en público ejerce un derecho que no está al alcance de la secretaria que, en una oficina cualquiera del mismo barrio, quisiera repetir esa exhibición de la maternidad mientras atiende a los que vienen a ver a sus jefes o jefas. Si a esa secretaria se le ocurriera o necesitara amamantar, debería forzar el ejercicio de su derecho. Se arriesgaría y quizás arriesgaría, por escándalo, su trabajo. O sea que la publicidad del seno lleno de leche es un privilegio especial de minorías selectas. El problema es mayor cuando estas minorías selectas pasan por alto que el exhibicionismo puede ser practicado solo por mujeres de minorías selectas.
(…) La maternidad como pura realización del deseo y puro placer es un sentimiento que se pueden permitir los sectores para quienes la maternidad no les plantea un aumento de las necesidades económicas y sanitarias. Una maternidad sin apremios, un goce de quienes no serán acosadas por la privación material o la incertidumbre económica. Una maternidad de la abundancia que pone al desnudo tanto las curvas de los senos como los ingresos en dinero.

Por eso es tan afín al mundo de las famosas mediáticas que sean cuales sean sus recursos económicos los tienen relativamente asegurados (…). La seguridad económica es una garantía de las delicias de la procreación (…).

La comercialización de la maternidad es más aviesa que la del escándalo ya que complica la imagen de terceros que no pueden decidir por sí mismos (…). Los bebés son objetos inconscientes en esos videos o fotografías, como si se tratara de jarrones chinos que alguien acaricia por la tersura de la porcelana. Son también lo que agrega valor a la foto, para ser vendida o para ser usada como refuerzo publicitario de una dulce nota sobre los deliquios del amor materno.

Las posiciones del cuerpo de la madre famosa que amamanta en público para la foto son una especie de transgresión sentimental y sensual: se muestra casi toda la piel, no simplemente un plano de la cabeza de un niño contra un pecho (…). El espectáculo público no es simplemente enternecedor. Tiene algo de obsceno, porque está fuera de lugar, fuera de posición, viene de otra escena más privada, que el lente de la cámara vuelve pública (…).

La exhibición suntuosa de la maternidad es obscena. Hay que averiguar de dónde viene esa obscenidad. En primer lugar, del tercero implicado que no puede decidir si va a ser objeto de una fotografía o de un video. Los hijos de los famosos no han dado el consentimiento que sería innecesario para una fotografía que no se hace pública; pero el consentimiento se vuelve norma cuando algo será público ahora y lo seguirá siendo (nada desaparece definitivamente de los archivos). Es obvio: un niño de meses no puede dar su consentimiento para ser parte de una foto. Por eso, no hay que difundirla públicamente (…).

Están las consecuencias futuras de la imagen. Dentro de veinte años, ¿el dulce niño o niña querrá verse descansando sobre el cuerpo semidesnudo de su madre, mientras su padre la abraza desde atrás? Dentro de veinte años esa imagen puede convertirse en un fantasma edípico o en una pesadilla pornográfica. Las imágenes viven y la visión que tenemos de ellas se transforman. Una madre que vende sus fotos del embarazo y las primeras horas de la nueva vida puede creer que solo está utilizando lo que le pertenece. Pero se equivoca. También está mercando con lo que no le pertenece (…).

Las «delicias de la maternidad»: una frase hecha, que estas fotografías retocadas de vientres y pechos abundantes presentan como una posibilidad más del desnudo femenino. La «foto de embarazada» se ha convertido en un género del periodismo sobre las famosas y de las redes sociales a las que ellas contribuyen con sus propias selfies y videítos. El nuevo género fotográfico se caracteriza por la extensión de piel expuesta en cada toma, tanto de la madre como del vástago y, si está presente, del padre con su torso de gimnasio al aire. Los tonos pastel le dan calidez al color, una calidez de intimidad que se acentúa porque la vestimenta de la madre, somera y seductora como si se tratara de una mujer que acaba de abandonar la cama o que anda semidesnuda por su casa, también es en tonalidades claras y luminosas. Hay una especie de sexualidad atenuada por la presencia de un niño, aunque, mirada por segunda vez, la foto también podría ser la de un encuadre que, lejos del pudor, busca acentuar el contacto cuerpo a cuerpo, piel a piel, cabeza de niño sobre los senos de una mujer adulta. Tiene algo de perturbador, sobre todo porque se ha tomado la fotografía o el video con la intención de hacerlos públicos. Cuando la escena íntima se convierte en pública puede ser vista como obscena, es decir como la mostración de algo que habitualmente no transcurre dentro de un espacio al que no acceden terceros o extraños (…).

Tanto da que todas estas operaciones no pueden ser atribuidas a una estrategia. El impulso hacia la fama es el gran planificador de la intimidad hecha pública (…). Ahora, la intimidad está planificada (…).

En consecuencia, estas fotos carecen totalmente del efecto «instantánea». Son más bien artificiosas y triviales (…).

Me queda una pregunta. Después de leer historias de embarazos, vientres subrogados, enfermedades posibles, después de ver tanta foto de chicos casi recién nacidos con sus felices progenitores, ¿cuándo veremos a los famosos desnudos y acoplándose? No solo un videíto filtrado por casualidad o por venganza, sino el género «coito de famosos».

 

* ESCRITORA y ensayista.