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Política / 31 de mayo de 2019

Alberto Fernández: un presidente por encargo

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Poder prestado. Los votos son de Cristina Kirchner, pero Alberto encabeza la fórmula. Puede terminar mal.

Cristina Fernández de Kirchner ya tenía la decisión tomada el día en que presentó su best seller “Sinceramente” en la Feria del Libro. Aquel jueves 9 de mayo, Alberto Fernández llegó al evento como un invitado más. Buscó un lugar algo oculto, en el fondo de la sala, desde donde se podía observar todo discretamente, como le gusta a él. Pero enseguida apareció Oscar Parrilli, su ex colega en el gabinete K, y le pidió que se sentara en la primera fila. Por indicación de la jefa, le aclaró.

Fernández se resistió:

–No, dejame que acá estoy bien.

Pero Parrilli no le dejó margen:

Alberto, por favor, no me hagas quedar mal con Cristina.
Desde la primera fila, pocos minutos después, escuchó el mimo público de ella, que le agradecía por la idea del libro. La cámara, de inmediato, fue en busca del rostro sonriente del ex jefe de Gabinete.

Estaba agradecido.Seis días después, el miércoles 15, la jefa lo recibió en su departamento de Recoleta y le comunicó la decisión: el candidato presidencial sería él, con ella de vice. Fernández realmente no se lo esperaba.

–Pensalo, tomate un día y volvemos a hablarlo –le ofreció en medio de su sorpresa.

Cristina casi lo retó: –No, no tengo ganas de tomarme un día, empezá ya mismo a trabajar.

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Poco después, el sábado 18, salió el video en el que oficializaron la candidatura. Por primera vez en su vida política la ex presidenta se ha corrido a un costado, acaso desgastada por tantos años de poder o quizá convencida de que su alta imagen negativa le impediría ganar las elecciones incluso contra un candidato tan golpeado como Mauricio Macri. Según esa línea argumental, Alberto es la renovación, el kirchnerismo sensato y dialoguista, el garante ante el establishment que promete un gobierno de centro, amigo de los capitales y crítico del modelo venezolano.

Cristinismo “bueno”, en síntesis. Con viejos aliados que en su momento se habían tornado enemigos, como Moyano y Magnetto, quienes en el libro de Cristina sugestivamente volvieron a ser Hugo y Héctor, o con contactos en la Corte Suprema como Ricardo Lorenzetti, que la semana pasada estuvo a un paso de suspender el juicio contra la ex presidenta. Pero, ¿realmente Alberto es eso?

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Test de ADN. Por las mismas horas en que CFK lo empoderó, Fernández soltó una frase ruidosa en el programa “Corea del Centro” que María O’Donnell y Ernesto Tenembaum conducen por Net TV. Dijo: “Algunos jueces van a tener que explicar las barrabasadas que escribieron para cumplir con el poder de turno”, y mencionó por sus nombres a Julián Ercolini, Claudio Bonadio, Martín Irurzun, Gustavo Hornos y Carlos Gemignani, que justamente están al frente de causas que involucran a Cristina. Una semana después, en el canal C5N, avanzó en su poco sutil mensaje y habló de “revisar sentencias” si el kirchnerismo retoma el poder. Para los bienpensados de la opinión pública y los medios que quieren ver en Alberto a un moderado, ese apriete sería una excepción rarísima.

Sin embargo, el ADN del funcionario más poderoso de los Kirchner en los primeros años de sus gobiernos está impregnado de ese estilo marcial. Él es un halcón, como lo fue Néstor y lo sigue siendo Cristina. Ejemplos sobran. NOTICIAS, a quien Fernández trató de “extorsiva” por investigar la gestión K, fue discriminada en el reparto de la pauta oficial del Gobierno por orden suya y de sus jefes, actitud que mereció la condena, entre otros, de la Corte Interamericana y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Alberto llamaba “irrecuperables” a los periodistas de esta revista, el mismo término que usaban los militares del Proceso con aquellos presos que no se quebraban. Le molestaron, en especial, algunas investigaciones sobre su llamativo crecimento patrimonial, que incluía los departamentos que habitaba en Puerto Madero, Barrio Norte y Recoleta, inexplicables para su sueldo de funcionario público. Dos de esas propiedades las había adquirido allá por 1999, justo en la época en que fue cajero de la campaña presidencial de Eduardo Duhalde.

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La condicón de cajero era otra realidad que Fernández hubiera querido que no se resaltara. En aquella campaña que Duhalde perdió contra De la Rúa, la Justicia investigó unos extraños aportes atribuidos al Cartel de Juárez. Y en la carrera proselitista de Kirchner en 2003, en la que otra vez Alberto recuadó fondos, también hubo consecuencias judiciales por lo irrisorio del monto declarado. Durante aquella campaña, Fernández incluso tocó a la puerta de la SIDE duhaldista para que colaborara con 10 millones de dólares en la “vaquita” del candidato patagónico. El ex titular de ese organismo, Miguel Ángel Toma, se negó. Y por las dudas, grabó el pedido en una cinta que aún conserva.

Además de la caja de campaña y la pauta para los medios, Fernández también supo manejar las manipuladas encuestas en las que los Kirchner batían récords de popularidad, y también llegaban a sus manos las transcripciones de las escuchas que Kirchner le pedía a los espías K. Un empresario le confió a NOTICIAS que por aquellos tiempos Fernández lo recibió en su despacho con uno de esos papers ilegales y le pidió explicaciones por sus comentarios telefónicos. El empresario no atinó a contestar nada.

Fernández también protagonizó operaciones escandalosas contra opositores como Elisa Carrió. En la campaña porteña de 2005, el candidato de la chaqueña, Enrique Olivera, fue acusado a solo horas de la veda electoral de tener una jugosa cuenta en dólares en el exterior. Quien radicó la denuncia, fundada en un mensaje anónimo, fue un operador de Alberto, Daniel Bravo, y quienes le dieron amplia difusión –incluso antes de que se llegara a materializar ante la Oficina Anticorrupción– fueron los medios estatales y afines al Gobierno que controlaba la mano de hierro del ex jefe de Gabinete.

Al final, después de que Olivera perdiera esa elección, se supo que la historia de la cuenta en dólares era falsa. Tarde.

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Hasta cuando pretendía pasar por negociador, Fernández en el fondo era un duro. En el recordado conflicto con el campo, por ejemplo, él terminó abogando por una postura más dialoguista, aunque pocos saben que todo el entuerto nació por una iniciativa suya.

–¿Cómo hacemos para aumentar la recaudación? –lo consultó Kirchner un día.

–Subamos las retenciones al campo –contestó Alberto, decidido–. Es lo más rápido, y sin conflictos.

Después, cuando la sangre llegó al río, saltó del kirchnerismo como de un coche en movimiento. CFK nunca se lo perdonó: sintió que la dejaba sola. Por esa época en que el Grupo Clarín también rompió con el gobierno, Kirchner trataba a Fernández de “Rendito”, por su cercanía con Jorge Rendo, el influyente directivo del multimedio. En realidad, en esos primeros años de la era K todos los medios, con la solitaria excepción de NOTICIAS y el Diario Perfil, habían bailado al compás de Alberto.

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El ex jefe de Gabinete tiene un pasado poco conocido que lo muestra bastante lejos del declamado progresismo K. Empezó su militancia política en la ultraderecha del Partido Nacionalista Constitucional de Alberto Asseff –algo que él niega aunque esta revista haya publicado hasta su ficha de afiliación–, también fue cajero de una fundación del polémico ex diputado suspendido Eduardo Varela Cid e hizo de abogado defensor del funcionario radical Ricardo Mazzorín en la famosa causa de los pollos en mal estado. Nada de eso figura en su CV, donde lo más rupturista que admite es su vieja filiación con Domingo Cavallo, su puerta de entrada al mundo K.

El acercamiento. ¿Cómo hizo Fernández para reconciliarse con la jefa después de tantos años de distancia y críticas feroces contra ella? La clave estuvo en los buenos oficios del camporista Juan Cabandié, quien retomó su contacto con el ex jefe de Gabinete en 2016. Empezaron a charlar por teléfono y a juntarse en algunos cafés hasta que un día Cabandié lo invitó a su casa del barrio de Caballito. Allí le confesó que quería volver a acercarlo a CFK, algo que el invitado terminó aceptando tras algunas vueltas. Cabandié le llevó la idea a la jefa, que no puso reparos, pero tampoco avanzó para concretar el reencuentro. Recién después de perder contra Esteban Bullrich en las legislativas de 2017, la ex presidenta levantó el teléfono y convocó a Fernández tras nueve años de exilio K.

El primer encuentro fue en el Instituto Patria, un día lluvioso de diciembre de ese año. Alberto llegó con Cabandié, que lo dejó solo delante de la puerta del despacho de CFK. Así lo recordó el ex jefe de Gabinete ante su amigo Eduardo Valdés: “Cuando llegué al Patria se hizo un silencio como si hubiera entrado un fantasma… Ahí Cristina se puso a hablar sin parar, durante veinte minutos, como si no hubiera pasado nada, como si nos hubiéramos visto el día anterior”.

Ella le mostró fotos de su nieta, Elenita, y él le habló de Estanislao, su hijo. Él pidió un café y ella su habitual té de dulce de leche. Fue entonces que empezaron a hablar de los últimos años de desencuentros. “Fue la parte más ríspida de la reunión”, le dijo Alberto a Valdés. “No la pasé bien en esos años, la pasé bastante mal”.

En enero de 2018 se volvieron a ver, y ahí ya empezó la “rosca” política, con ideas de Alberto de cómo seguir. Le sugirió a CFK escribir un libro muy parecido al que salió publicado. Le preparó un power point de diez páginas de cómo sería el índice de la obra, y Cristina le agregó sus aportes. Ese fue el germen de “Sinceramente”. En febrero, Fernández volvió a El Calafate después de una década, ya como virtual jefe de campaña. Lo acompañaron Enrique “Pepe” Albistur, el ex secretario de Medios, y su mujer, Victoria Tolosa Paz.

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Cristina ya estaba escribiendo el libro para entonces con la ayuda de su secretario “ghostwriter”, Mariano Cabral. Los recibió a cara lavada, sin maquillaje, y vestida de entrecasa, un dato que habla de la confianza recuperada hacia su ex mano derecha. Estuvieron ocho horas bajo el mismo techo, almuerzo y merienda incluidos. Hablaron algo de política, pero más que nada aprovecharon para ponerse al corriente de sus vidas, como dos viejos amigos.

Antes de ese final feliz, Alberto efectivamente había padecido el destierro, como dijo. Protagonizó algunos intentos anteriores para reconquistar a CFK que rozaron lo patético, como cuando, en medio de los festejos de la aplastante reelección de Cristina en 2011, llamó al celular de Máximo Kirchner para felicitarlo, pero recibió un trato helado y desconcertado por parte del hijo presidencial. O cuando intentó hacerle llegar un regalo a través de uno de los secretarios de ella: una cartera que no sabe si llegó a buen puerto. Alberto se enoja con esos trascendidos veraces y siempre los desmiente.

¿Cómo no iba a despreciarlo la ex presdenta después de algunas de las frases hirientes que él le dedicó durante todos esos años de distancia? Mientras Fernández se ocupaba de asesorar a cuanto peronista quisiera plantársele al mando de Cristina, desde Daniel Scioli hasta Sergio Massa y Florencio Randazzo, en paralelo decía cosas como estas sobre la jefa: “Toda su acción institucional es deplorable, todo lo que hizo en materia judicial es deplorable, lo que inició con la llamada democratización de la Justicia es deplorable, lo que hizo con el tratado con Irán es deplorable, la muerte de Nisman es deplorable. En el segundo mandato de Cristina a mí me cuesta muchísmo encontrar un elemento valioso”. O también: “Cristina tiene una enorme distorsión sobre la realidad. Llegó a decir que Alemania estaba peor que nosotros en materia de pobreza. Sostuvo hasta el final que el cepo no existía y que la inflación no es importante. Eso es negación, es una negación terca, por momentos absurda”.

En una carta abierta llegó a acusarla de “vivir en su mundo dual”, lo cual hace juego con la frase de la “distorsión de la realidad” que claramente apunta a su psicología. Curiosamente, cuando NOTICIAS en 2006 reveló que CFK estaba bajo tratamiento con la máxima eminencia del país en trastorno bipolar, el encargado de desparramar entre los periodistas amigos la siguiente respuesta de ella fue el propio Alberto, aunque solo la publicó algún sitio web. Según Fernández, cuando la entonces primera dama vio la revista sobre su escritorio, dijo a modo de broma para bajarle el precio a la revelación: “Bipolar… Ahora puedo ser presidenta y vice”. Un chiste premonitorio.

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Game of thrones. En la ficción favorita de Cristina, cuya imagen intervenida ilustra la tapa de este número, ella se identifica con la reina Daenerys, la gran favorita de la audiencia que en la última temporada enloquece y masacra a todos. Su mano derecha es un enano, Tyrion Lannister, que termina mortalmente enfrentado a ella pese a haber sido inseparables. ¿Alberto, la mano derecha de la reina CFK, además de su candidato por encargo, correrá la misma suerte que Tyrion?

Algo es seguro: los votos son de Cristina. Y las primeras encuestas difieren en cuanto al potencial electoral de Fernández: algunas ven una transferencia de sufragios casi automática, pero otras ponen en duda que la jugada de CFK haya sido acertada. Ya cuando aspiraba a algo más modesto como la jefatura porteña en sus años de poder, Alberto encontraba el mismo escollo. “No puedo hacer milagros”, lo desalentó el encuestador Artemio López antes de pelearse con él. Los números no le daban. En una encuesta callejera que por ese tiempo realizó NOTICIAS, ocho de cada diez entrevistados no conocían a Alberto. Muchos los confudían con el otro Fernández, Aníbal. Hoy, el nivel de desconocimiento del Fernández menos famoso, Alberto, está entre 5 y 10 puntos según la encuesta que se mire.

La periodista Nancy Pazos cuenta una escena de la reconciliación entre la reina y su mano derecha que ayuda a entender a los personajes. En una de las tantas charlas que tuvieron, ella le dijo: “Él fue mucho mejor presidente que yo”. A lo que Fernández respondió: “Él no fue mejor que vos. Él te tuvo a vos, y vos no lo tuviste a él…”.

Tanto la impactó esa explicación a ella que corrió a anotarla.
La verdad completa es que Cristina no lo tuvo a Kirchner en su segundo mandato, pero tampoco contó con Alberto, el enano forzudo que tan bien la complementa, y que ahora hasta sueña con sucederla.

Porque él no es cualquier Fernández. Es Fernández de Kirchner.