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Cultura, Opinión / 16 de agosto de 2019

Leer en el smartphone: la atención cada vez más dispersa

La crisis del libro está en relación con la cantidad de horas que dedicamos al celular. ¿Es el fin de la lectura tradicional?

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“Lectura transmedia. Leer, escribir, conversar en el ecosistema de pantallas” (Ampersand) de Francisco Albarello, sobre la cultura tecnológica.

En junio de 2007 Steve Jobs presentó en sociedad el primer Iphone. A partir de allí, el smartphone señaló el camino para el futuro de la telefonía móvil, a través de aparatos multifuncionales que, si bien inicialmente se usaban para hablar, fueron utilizados para propósitos cada vez más diversos, como leer y escribir. La lectura, que hasta no hace mucho tiempo realizábamos en libros, diarios o revistas durante los llamados “tiempos muertos” que nos dejaban las esperas o los traslados en la gran ciudad, ahora la llevamos a cabo en el smartphone.

Acertadamente, Howard Rheingold ha denominado al teléfono celular como el control remoto de la vida cotidiana, porque a través de este aparato gestionamos cada vez más actividades. La lectura no podía ser la excepción.

¿Quién iba a decir, hace solo unos años, que usaríamos un teléfono para leer? Sin embargo, es un tipo de lectura, intersticial, fugaz, interrumpida, que hacemos con una frecuencia cada vez mayor. En Japón, país que acogió rápidamente la telefonía celular, las llamadas “novelas móviles”, pensadas para la pequeña pantalla, se convirtieron en un fenómeno editorial a partir de 2007 y tuvieron su primer hito con la serie “Deep love”, un relato creado para la pequeña pantalla que tuvo más de 20 millones de descargas y que luego fue llevada al papel, a una serie de manga e incluso a una película.

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En ese mismo país vio la luz un género particular, la “novela del pulgar”: se trata de textos de ficción escritos en el smartphone y en el cual los lectores pueden participar en el devenir de la historia enviando mensajes -a través del mismo dispositivo- al autor. En otras latitudes, en Italia, la editorial Stampa Alternativa publicaba a fines del 1800 una colección exclusiva para el transporte ferroviaro, llamada “Millelire”: por solo mil liras -lo que equivalía en ese entonces a un pocillo de café- un viajero podía adquirir un libro de 64 páginas en Bolonia y terminar de leerlo antes de llegar a Florencia.

Es decir, la lectura y los medios de transporte parecen compartir una rica tradición en la que se benefician una a otra. Pero la historia de la lectura nos arroja también un poco de luz sobre el efecto social que tuvo el acto de leer: a mediados del siglo XIX no faltaron las voces que, alarmadas, hablaban de una supuesta adicción a los libros: se asociaba la lectura con la enfermedad -se hablaba de “fiebre lectora”- y se imaginaban los peores pronósticos para los que leían mucho. Cosas muy parecidas se dicen hoy sobre la supuesta adicción a la pequeña pantalla.

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En las calles de Buenos Aires o de cualquier ciudad argentina, en el subte, el colectivo o el tren, es muy común ver gente leyendo en su dispositivo móvil ¿Qué leen? Noticias, actualizaciones de estado en las redes sociales, libros. Pero también escriben: mensajes de texto, conversaciones de WhatsApp, posteos en Facebook, Twitter, o tal vez toman fotos para Instagram. Como nunca antes, vivimos en una sociedad de lectores en la que escribimos y leemos cada vez más. Las nuevas costumbres alumbraron nuevas palabras: por ejemplo, “textear” se denomina a la acción de escribir mientras caminamos, precisamente a través de nuestro teléfono móvil.

Incluso hay algunos que hablan de una escritura “danzante”, que es común ver en las calles de la ciudad, ejecutada por transeúntes que llegan a poner en peligro su integridad física al caminar sin mirar hacia adelante.

Claro, se trata de un tipo distinto de lectura. Podemos decir que cada dispositivo encierra un pacto de lectura particular, una forma de ofrecer el texto a ser leído. Y esto incide en el tipo de texto, en el género, en el tiempo que demanda su lectura y en la concentración que requiere. ¿Estamos ante el fin de la lectura tal como la conocemos? Más que hablar de finales o de reemplazos, es preferible pensar en que se han diversificado los momentos, dispositivos y funciones.

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Antes hegemonizada por el libro impreso -que implicaba un tipo de lectura concentrada, prolongada y comprometida- se ha multiplicado, ha explotado en diversidad de pantallas que nos ofrecen estímulos para captar nuestra atención, cada vez más dispersa. No estamos ante el fin de la lectura, sino ante el comienzo de un nuevo estadio donde estableceremos nuevos pactos con el papel y las pantallas, privilegiando el momento, el tipo de texto y el interés que nos despierta esa lectura.

*Escritor y docente, autor de “Lectura transmedia”.