Martes 21 de septiembre, 2021

CIENCIA | 23-12-2020 14:02

Extinción: ¿qué estás haciendo para evitar el colapso?

El libro relata hasta qué punto ha avanzado la crisis climática en la Tierra y su relación intrínseca con la actual pandemia causada por el coronavirus. Las epidemias que vienen.

Entre octubre de 2018 y mayo de 2019, de la Organización de Naciones Unidas emergieron dos informes terminantes sobre la inevitable catástrofe climática y ecológica, elaborados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático y el Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad y Ecosistemas, IPCC e IPBES, respectivamente por sus siglas en inglés.

Estos dos Paneles nos interesan en particular porque de allí surgieron en el plazo de un año los documentos más relevantes para el diagnóstico indiscutible de la situación en la que nos encontramos avalado por un consenso científico rotundo. Se procesaron más de 50.000 consultas y comentarios de organismos técnicos y gobiernos del mundo para llegar a las conclusiones finales de estos informes.

En la elaboración del Informe IPBES de las Naciones Unidas estuvieron involucrados 144 investigadores de 51 países, y 310 autores contribuyentes analizaron 15.000 estudios para arribar a la evaluación más exhaustiva realizada hasta la fecha sobre el estado de la Tierra a nivel ecosistémico y de diversidad de especies. 

Cuando los informes de los Paneles Intergubernamentales se publican, el hecho mismo de que sus conclusiones vean la luz y comiencen a circular en medios de comunicación implica que todos los gobiernos que son parte de las Naciones Unidas han convalidado las conclusiones a las que esos documentos arriban. Los científicos que los firman pasan a ser las voces técnicas más autorizadas para hablar sobre la materia. 

La conclusión de IPBES en mayo de 2019 fue que nos encontramos rumbo a la extinción a un ritmo desbocado. La aceleración en las tasas de desaparición de especies es violentamente superior a la que se registró, en promedio, en los últimos 10 millones de años. De hecho, es mil veces superior. Y estos datos no son debatibles: Naciones Unidas es ciencia chequeada y avalada por los gobiernos del mundo. Los propios autores no encontraron palabras para describir cuán grave es la situación. 

Robert Watson, presidente de ese organismo, al momento de publicarse el resumen en la nota de prensa subida a la web de IPBES sentenció: “La evidencia es abrumadora y nos presenta una imagen fatal”. Sandra Díaz, copresidenta de IPBES y reconocida científica argentina, agregó en la misma nota: “Las contribuciones de la biodiversidad y la naturaleza a las personas son nuestro patrimonio común y el sistema de seguridad más importante para la vida de la humanidad. Pero hemos llevado a este sistema a su límite”.

El 75% de la superficie de la tierra está degradada, y las proyecciones a 2050 son cercanas al 100%. El 66% de las áreas oceánicas registra impactos acumulativos causados por el hombre.  El 75% de los recursos de agua dulce del mundo se destinan a la producción ganadera y agrícola industrial de gran escala. Se prevé que el uso de pesticidas y fertilizantes se duplicará hacia el año 2050. Los fertilizantes que ingresan a los ecosistemas costeros han producido más de 400 zonas muertas en 245.000 km² de océanos, un área combinada mayor en superficie que el Reino Unido.

Las áreas de pastoreo cubren más de un tercio de la superficie de la Tierra y están concentradas en los ecosistemas más ricos en especies del planeta, amenazando su supervivencia. La demanda de alimentos y biocombustibles llevará a un aumento continuo de aportes químicos en los suelos y acrecentará sistemas industrializados de animales para consumo humano.

Un millón de especies van a desaparecer como consecuencia de la primera aniquilación biológica de la historia planetaria, también conocida como sexta extinción masiva.

Por primera vez y basándose en un análisis exhaustivo de la evidencia disponible, los autores de esta evaluación clasificaron los cinco impulsores directos de la degradación de la naturaleza: cambios en el uso de la tierra y el mar; explotación directa de organismos; cambio climático; contaminación; especies exóticas invasoras.

El primero se refiere a la rápida e insostenible expansión de las tierras de cultivo y pastoreo. Nuestro modelo alimentario es el factor directo global de degradación del suelo y el mar más importante. El avance de la frontera agropecuaria tiene como destino final la transformación de cultivos y animales, industrialización mediante, en insumos y calorías. Aunque esto no equivalga a proporcionar alimentos nutritivos respetando la soberanía alimentaria de los pueblos. 

La mayor parte de los cultivos extensivos bajo el modelo de “paquete tecnológico” -semillas patentadas y genéticamente modificadas para ser resistentes a la aplicación de agrotóxicos- que se producen en el mundo no son para saciar el hambre de una humanidad famélica, sino para alimentar animales inseminados. De continuar las tendencias actuales, hacia el año 2050 el consumo de carne aumentará 78%, precisando para su producción 600 millones de hectáreas deforestadas para pastoreo directo o para producción de granos que alimenten a esos animales. Eso es el doble del territorio continental de la Argentina. 

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, si las vacas formaran un país, serían el tercero en cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero. Sin consumir animales ni sus derivados de forma masiva, se podría reducir en un 75% el área agrícola del mundo y, aun así, nutrirlo.

El segundo factor de aniquilación de la biodiversidad es la explotación directa, es decir, la caza, la pesca y la captura con fines de uso humano. El tercero incluye las consecuencias derivadas del aumento de la temperatura sobre los ecosistemas

En cuarto lugar, los científicos determinaron que se encuentra la polución extendida globalmente. En esta categoría entran todos los residuos y externalidades negativas de los hábitos de consumo de una humanidad cada vez más inclinada al descarte. 

Cuando sacamos la bolsa de basura fuera de nuestras casas y esta desaparece mágicamente al día siguiente, estamos impactando con nuestra cotidianeidad en ecosistemas múltiples. Aun en esquemas de gestión de residuos sólidos urbanos, que incluyen el reciclado de materiales, las tasas más ambiciosas raramente se acercan a los dos dígitos. La economía circular, hasta el momento, es solo un enunciado bonito sin ningún tipo de verificación en la realidad.

El quinto impulsor de pérdida de biodiversidad a escala global es la introducción de especies exóticas invasoras.


De nuevo la(s) pandemia(s)

Cabe aquí detenernos para comprender qué implica el concepto de especies exóticas, ya que este año nos hemos vuelto especialistas en lidiar con los efectos de un virus zoonótico.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Ambiente (PNUMA en inglés) alrededor del 60% de todas las enfermedades infecciosas en los humanos, y 75% de las enfermedades infecciosas emergentes, son zoonóticas, es decir, transmitidas por animales. Algunas zoonosis han surgido o reaparecido recientemente, como el ébola, la gripe aviar, el síndrome respiratorio del Oriente Medio (MERS), el virus Nipah —o gripe porcina—, la fiebre del Valle del Rift, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el virus del Nilo Occidental, el virus del zika y, ahora, el nuevo coronavirus que causa la enfermedad Covid-19.

Todas estas enfermedades están vinculadas a la actividad humana desde el momento en que avasallan las fronteras de los ambientes naturales, importan animales para comercio y consumo o los reproducen artificialmente.
El brote de ébola en África occidental se originó en la pérdida de bosques que condujo a contactos más cercanos entre la vida silvestre y los asentamientos humanos; según la OMS la mayoría de los casos de infección humana por los virus A(H5N1) y A(H7N9) se han relacionado con el contacto directo o indirecto con aves de corral infectadas, vivas o muertas, y el virus Nipah o gripe porcina se relacionó con la intensificación de la cría de cerdos en granjas industriales.

Si bien el origen preciso del SARS-CoV-2 y su vía de transmisión inicial todavía es ámbito de debate académico, hay algunos conceptos clave que son imprescindibles comprender al momento de profundizar cualquier análisis serio sobre la pandemia. Quizás el más gráfico y evidente, reflejado en las primeras imágenes de mercados húmedos de Wuhan, es que la interacción de los humanos con la vida silvestre nos expone al riesgo de propagación de potenciales agentes patógenos. 

Además del contacto directo, para muchas zoonosis los animales criados en granjas industriales para consumo humano -aves, cerdos, vacas, peces- sirven como puente epidemiológico entre la vida silvestre y las infecciones humanas. 

Más allá de las teorías sobre el origen del nuevo coronavirus, los impulsores de la aparición de enfermedades zoonóticas en general son los cambios en el ambiente, usualmente como resultado de actividades humanas que provocan alteraciones en el uso del suelo, en el clima, en los animales o huéspedes humanos y en los patógenos, que siempre evolucionan para explotar nuevos huéspedes. 

¿Qué significa esto? Por ejemplo, los virus asociados con los murciélagos surgieron debido a la pérdida de sus hábitats, a causa de la deforestación y la expansión agrícola. En esa trama de vida interconectada e interdependiente, los murciélagos juegan un papel importante en los ecosistemas al ser polinizadores nocturnos y depredadores de insectos. La integridad completa de un sistema natural sustenta de forma directa la salud y el desarrollo de nuestras comunidades humanas, por más cosmopolitas y alejados de la naturaleza creamos estar en nuestra burbuja civilizatoria. 

Los cambios ambientales inducidos por el hombre modifican la estructura de la población de vida silvestre y reducen la biodiversidad, lo que resulta en nuevas condiciones ambientales que favorecen a los huéspedes, vectores y patógenos particulares.

 

*Fragmento del libro Extinciones, de Paula Broffoni, Editorial Sudamericana, diciembre 2020.

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por Flavia Broffoni*

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