Sería demasiado perezoso, demasiado tonto, relacionar esta película con alguna realidad sociocultural específica, porque su tema es la religión: hay una adolescente de 17 años que sacude a su familia con su deseo de entrar a un convento y volverse monja de clausura.
Y en esos domingos familiares (y de misa), en espejo, la institución “iglesia” y la institución “familia” muestran sus límites para un deseo de absoluto que excede cualquier cuestión cotidiana. Justamente de eso se trata (realmente) lo religioso: de la alimentación de una necesidad inefable y metafísica.
La película, al poner sobre la mesa todo discurso posible, los supera. Y el hecho de ser austera en sus elecciones de puesta en escena logra que forma y tema, superficie y fondo, se fundan en una sola cosa. No es poco tener tal densidad cuando el cine parece deshilacharse en cada película.
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