Hay que ser audaz y ambicioso para llevar al cine una de las piezas fundacionales de la cultura humana. Nolan, para bien o para mal, es audaz y ambicioso, aunque ¿cómo una adaptación podría eclipsar "La Odisea", o la Biblia, o la Comedia, por caso? Lo que esperamos, y tenemos, es que el autor nos transmita cómo imagina ese texto.
Nolan ve un Odiseo desencantado: la guerra de Troya es un quiebre en el camino de la civilización. Su largo viaje por un Mediterráneo más simbólico que real no es, como en el poema, el de un hombre obstinado e inteligente contra el destino (digamos: cuando el hombre le arrebata el destino a los dioses), sino el de alguien que descubre que el hombre cae y sólo quiere volver a casa como un triunfador vencido.
El Odiseo de Matt Damon se parece mucho más al pistolero resignado de “Los Imperdonables” que al “fecundo en ardides”. Nolan nos muestra -con grandilocuencia, a veces con excesiva solemnidad y planos entre fascinantes e impostados- a Polifemo, los lestrigones, Circe, el Hades, las Sirenas, Escila, Caribdis y Calipso. Pero también explica mucho -y a veces de modo anacrónico-; de allí que la secuencia final, pura acción, suspenso y drama, sea lo mejor de este viaje (con el villano de Robert Pattinson, dicho sea de paso). Nolan aún no sabe bien qué le interesa del cine, pero por momentos fascina. ***1/2














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