Viernes 15 de enero, 2021

COSTUMBRES | 25-12-2020 00:47

Pueblos mágicos de la Argentina para vacacionar

Para quienes prefieran lugares menos transitados en esta temporada, pequeñas ciudades con los paisajes más lindos.

En un año especial, las vacaciones tampoco serán habituales. Bajo la premisa del distanciamiento social, serán muchos los que elegirán y buscarán destinos más alejados y menos transitados. Según la plataforma turística Booking.com, el perfil del viajero argentino se modificó sustancialmente. Si bien ocupamos el cuarto lugar del mundo entre las nacionalidades más ansiosas por volver a viajar, el 42% planea hacerlo dentro del país en el mediano plazo, y el 28% en un lapso de un año o más. Entre estos, el 64% buscará experiencias más rurales y menos conocidas, en pos de evitar aglomeraciones.

“A fines de 2019 pronosticamos el auge de los viajes a la segunda ciudad, lo que significa la exploración de destinos emergentes, localidades menos conocidas turísticamente hablando pero que presentan buenas opciones de atracciones. Esto era una tendencia que empezaba a verse antes de la pandemia y que sabemos se reforzará a medida que volvamos a viajar”, apuntan desde la compañía.

Generosa en kilómetros y paisajes, Argentina presenta múltiples destinos que se adecuan a esta descripción. A continuación, algunos elegidos.

Entre montañas. Aunque el Norte siempre es un destino interesante, ciertos puntos no han recibido aún la atención que merecerían. Cachi, en Salta y en el corazón de los Valles Calchaquíes, es uno de estos. Entre imponentes montañas nevadas, ideales para practicar senderismo, el pueblo se destaca por su arquitectura de estilo colonial español, con la Iglesia de Cachi como uno de sus mayores exponentes. “Asimismo, desde sus montañas se puede divisar el Parque Nacional Los Cardones, a solo 40 minutos de distancia”, recomiendan desde Booking.

 

Cachi

Más hacia el centro del país, San Javier seduce en el Valle de Traslasierra, Córdoba. Este paraje tranquilo y bucólico muestra un pueblo con ranchos de adobe, calles de tierra y postales de otra época. Armonioso y de estilo inglés -fue construido por las comunidades de dicha nacionalidad encargadas del tendido del ferrocarril- su plaza es el centro de reunión, rodeada por pulperías, caballos y sulkys. Sus casonas centenarias aportan un aire de distinción, logrando una combinación perfecta entre el marco agreste y arquitectura elegante. En el medio, artistas plásticos y artesanos crean con pasión y componen una parte importante de la población del lugar.

 

San Javier

 

Hacia la zona de Cuyo, en San Juan, Barreal es otro punto que se destaca por su aura exclusiva y solitaria, ofreciendo paisajes increíbles sin un alma alrededor. Por ejemplo, Pampa El Leoncito, el lecho de un río que se secó y conforma una depresión de 12 kilómetros de largo por 5 de ancho, parecido a una salina pero con un suelo un poco más rugoso y seco. Enmarcado por la Cordillera de los Andes, ofrece un espacio perfecto para practicar carrovelismo, un hit de la zona, o simplemente contemplar la inmensidad del lugar. Esto es especialmente recomendable de noche, dado que Barreal es “reserva de cielo”, lo que implica que ninguna industria puede asentarse cerca, en pos de mantener impoluta la atmósfera que estudia el muy cercano Centro Astronómico El Leoncito. El pueblo en sí, un valle en medio del desierto cuyano, mezcla casas de adobe con senderos que parecen terminar en el centro de las montañas.

Barreal

 

Bella Patagonia. Enfilando hacia el aire fresco del Sur, la Patagonia ofrece mucho más que Bariloche y Villa La Angostura. Por caso, la bellísima Villa Pehuenia, en el centro-oeste de Neuquén. Una auténtica aldea de montaña que debe su nombre a los pehuenes, araucarias, que pueblan el paisaje. Fundada en 1989, no tiene tantos años de vida turística, lo que la vuelve un destino sumamente virgen. A orillas del lago Aluminé, ofrece una postal tal vez reconocible de otras ciudades patagónicas, pero con el encanto de lo agreste siempre a flor de piel. Un buen plan es recorrerla a caballo o en bicicleta, dándose el tiempo para frenar en todo rincón encantador. También verla desde el agua, en alguna lancha, bote o kayak que recorra el lago.

 

Villa Pehuenia

 

Más secreta aún, Bahía Bustamante es una estancia patagónica con aires de pueblito en la provincia de Chubut, que ofrece vistas difíciles de encontrar en otro punto del país. Sus aguas cristalinas se encuentran con el infinito de la estepa, todo hamacado por ráfagas de viento y el canto de cientos de aves. Cuesta creer que 70 años atrás fuera conocida como “bahía podrida”, dada la enorme cantidad de algas que se pudrían en sus arenas. “Pero gracias a esas algas, a las curvas accidentadas y protegidas de la costa, a sus arenas ricas en biodiversidad, Bahía Bustamante es hoy un auténtico santuario de vida marina. Aquí nidifican 13 de las 17 aves marinas que se crían en la costa argentina”, ilustra orgulloso Matías Soriano, nieto del fundador y actual alma máter de Bahía Bustamante Lodge. Además, la zona ofrece descanso y alimentación a muchas especies migratorias, al tiempo que contiene una colonia de 100.000 pingüinos de Magallanes y 4000 lobos marinos. No en vano The New York Times la destacó en su tapa como “Una nueva opción (privada) a las Galápagos”.

 

Bahía Bustamante

Y también en Chubut, Trevelin es otro destino que comienza a hacer ruido, en especial en la época de esplendor de su campo de tulipanes, la foto estrella del viaje. Reconocido por su fuerte impronta galesa (su nombre significa “pueblo del molino”), este sitio rodeado de lagos, ríos y lagunas es un perfecto punto para ir más allá de la ruta de los 7 lagos, tal como le sucedió a Cynthia Martínez Wagner, fotógrafa e influencer reconocida detrás de la cuenta @turistaenbuenosaires. “Para quienes tengan pensado visitar Trevelin, recomiendo dedicarle al menos 48 horas. Pero si deciden recorrer a fondo el Parque Nacional Los Alerces, a minutos del pueblo, precisan más, ya que se extiende a lo largo de 280.000 hectáreas”, relata. Otras recomendaciones de Cynthia son las cascadas de Nant y Fall y el Molino de Mervin, que da nombre al pueblo y es actualmente un museo que recrea su historia. Y algo vital: no se despidan sin una porción de torta galesa.

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