Domingo 26 de septiembre, 2021

CULTURA | 30-07-2021 15:30

85 años de la Guerra Civil Española: ¿Asomándonos al olvido?

Otro aniversario del comienzo de la contienda entre los republicanos y los franquistas se escurre entre los dedos. La importancia de su legado.

Hace pocos días se cumplieron ya 85 años de un evento que marco a fuego las vidas y los imaginarios de varias generaciones, con especial resonancia en nuestro ámbito hispanoamericano, y no solamente. Fue de un impacto mundial muy duradero y trasuntó apoyos y fisuras. Pero sorprendentemente, parece ir diluyéndose al quedar solo ligado al recuerdo sectario, la anteúltima etapa de la veleidosa memoria, y soslayar en su análisis a la Historia como saber del pasado, con su carga profesional y exigencia de honestidad. Se aproxima la primera generación que no oirá estos relatos y pasara de largo si no apela a los libros.

La II República española (1931-1936) era una experiencia democrática agobiada por los extremos cuando fue asaltada por un cruento golpe de estado “cívico-militar-etc.” que devino inmediatamente en un sangriento enfrentamiento fratricida; la Guerra Civil Española de 1936-1939. El que tengamos que ponerle fechas ya es un indicio de ese progresivo olvido, por ser suaves.

La República conservó el nombre pero se evaporó institucionalmente en ese choque largamente anunciado que supero las categorías al uso de Derechas e Izquierdas. Y para ser mas precisos de un rejunte de anticomunistas que incluía a incipientes fascistas (pero no únicamente); contra otra mezcolanza de antifascistas, anarquistas mayoritarios y consabidos comunistas, pero no solo. Y no son redundantes estas categorías sino que desmienten simplificaciones ridículas pero extendidas y explican alianzas y solidaridades más allá de sus fronteras (y más acá de las nuestras). Esa divisoria que fracturo la Sociedad española en todos los ámbitos, evidencio una imposibilidad en la convivencia y fogoneó el deseo de acabar con el adversario para acceder a una sociedad “restaurada” o “anhelada” según cada bando. Pero tamaña apreciación no era un ineluctable designio. No había ningún destino ineludible, como nunca lo hay entre los humanos, quizás por ello no conviene rememorarla como tragedia “a la griega clásica” pues no era inevitable, pero faltó presencia para frenar la hecatombe. Valor no escaseo pero fue malversado.

Algunos, luego, postularon una tercera España de moderación, que fue vapuleada por ambos bandos en conflicto. Allí creyó retratarse un José Ortega y Gasset, un Gregorio Marañón, un Ramón Pérez de Ayala y hasta el sempiterno Miguel de Unamuno (retratado en todas sus contradicciones por Alejandro Amenábar en “Cuando pase la Guerra”); y algunos que ya no pudieron volver a su terruño pero tampoco estaban cómodos con sus “camaradas” de derrota: nuestro Claudio Sánchez Albornoz, su némesis Américo Castro o Salvador de Madariaga, entre tantos y tantas

La explicación, para los historiadores, no se hunde en los tiempos hasta la Cueva de Altamira, ni mucho menos va en un supuesto ADN español pendenciero. Ambas argumentaciones son falsas y hasta racistas: los pueblos e individuos de la Península Ibérica no llevan una carga adicional de furia incontrolable como quien mal despierta de la siesta, por más que a veces aprovechen esa fama en cuestiones precisas, como por ejemplo el futbol o asustar en una reunión de consorcio o Consejo Directivo.

Asociado a esta reflexión hay lugar para repetir que la Guerra pudo ser evitada con mayor grandeza y sacrificio repartido, pero también que las hipotecas eran muchas, acumuladas en el medio siglo previo, y con eso ya teníamos bastante como raíz. No se aprendió nada que no mereciera una “pedagogía” menos cruel, pues las Guerras civiles obligan a convivir a triunfadores y derrotados pared de por medio, fronteras adentro, repitiendo dolores y sumisiones, con victoria pero sin paz para nadie. Si bien no era una necesidad, dejo una cicatriz que hasta hoy percibimos abrirse sin alcanzar la verdad y la justicia, aunque más no fuera simbólica. La denominada “Querella Argentina sobre los crímenes de franquismo” aporta su granito de arena e intenta no caer en la soberbia del superado pero no es fácil desde las veleidades rioplatenses. Obligatorio Fatalidad

La Guerra Civil Española duro casi mil días, y ya estamos a 85 años de su comienzo. Pero ahora apreciamos como se pierde en un injusto olvido. Y una de las operaciones que la tornan ininteligible es la lenta trasmutación de una guerra con trincheras enfrentadas; en un trance maniqueo, entre ángeles y demonios. Sin matices y sin autenticas gradaciones que reconozcan el talante de los adversarios. En perspectiva debiera sernos tan  sencillo como definitivo, reconocer el detonante que se llevan los rebeldes nacionales, aun antes de asumirse como Franquistas, y quedarse allí parapetados los cuarenta años posteriores solo “legitimados” por esa victoria militar.

Desde su planificación fue un golpe de estado implacable, (de hecho inspiro a Pinochet que lo calco con mejor suerte cruenta). Pero fracaso en las grandes ciudades y regiones industrializadas por la resistencia obrera sindicalizada, la determinante división de las FF.AA. españolas que se partieron casi al medio y las iniciativas armadas de las agrupaciones políticas, que de paso licuaron una república liberal-burguesa, de deseadas pero inexistentes clases medias, una República que se había quedado sin republicanos como su espejo roto, la República de Weimar. Malas añadas para estas plantas exóticas los ´30 del siglo pasado.

Lo que cabe apuntar sin ningún rubor es que no fue un enfrentamiento entre Bambi y Dracula, por más que la legalidad residiera indudablemente en el Gobierno que legítimo y sin fraudes se diluía ante la violencia. Había un bando leal y había rebeldes anti constitucionales. Pero el mutuo odio de clase y la consecuente venganza social serian un combustible terrible. La Guerra Civil Española fue muchas cosas pero hay una innegable, fue una lucha de clases y por ende no fue un cruce de cotillón contra ametralladoras. Hoy nos asomamos a negarle tal carácter barnizados de un pacifismo ramplón. Una no violencia retrospectiva esteriliza a la Guerra Civil Española del 36-39, que se vivió y latió como épica, para pasar a fabular un choque tan desigual que paralizaría a los civiles. Fue una Guerra Civil, por lo que hubo dos campos en lucha denodada, que no escatimaron acción y violencia, por más que uno –el Republicano- intentara frenar los desmanes con desigual suerte, y el otro –los Nacionales y a la postre Franquistas- lo azuzara hasta cifras desmesuradas y tras la “Victoria” lo multiplicara bajo el manto de la Segunda Guerra Mundial. En esto los números no mienten, y los muerto siguen aflorando, con menos listas y responsables de lo que se cacareo como solución draconiana a imitar en estas tierras; “Acá había que hacer como en España, firmar y fusilar, pero firmarlo”. Pues bien allá también se ejecuto la escabechina sin recibo ni listado a exhibir. Y en eso nos mintieron grueso durante lustros de orgullo criminal. Vergüenza daba y por eso oculto quedó.

Cunde la explicación que hace a la Guerra Civil, cada día más civil y menos guerra. Así la única épica serian las numerosas colectas en esta orilla y una anacrónica resilencia que disimula la cruel represión. Nadie quedo inane durante los combates, se enfrentaron franquistas y republicanos a semejanza, pero con resultado disimiles por razones que van desde la ayuda nazi-fascista, hasta la temerosa e interesada inacción de las democracias contemporáneas a los manejos implacables de Stalin en un país abundante en anarquistas pero con escasos comunistas.

No es ajena a esa estratagema hilar en la derrota de las incomodas opciones armadas de los 70 latinoamericanos, pues pareciera que hubiera amansado a muchos, polémica actitud pero dañina en su errada mirada retrospectiva. Sin duda las violencias son condenables, aun antes de explicarlas, pero no sirve tergiversar su realidad edulcorando un pasado tremendo que no tiene porque condenarnos a repetirlo.

La GCE fue muchas cosas pero sobre todas fue guerra peleada, y flaco favor hacemos si descuidamos tal constituyente hasta negarlo, pues indecorosamente, mentimos. Fue catástrofe, fue duradera y fue venganza, esa “fase superior” de una lucha entre clases. Esto sí que cabe dejarnos meditando en nuestro siglo XXI. Sin espejos pero con Historia.

*Por Dr. Mariano Eloy Rodríguez Otero, director del Instituto de Historia de España “Dr. Claudio Sánchez-Albornoz”, Facultad de Filosofía y Letras, UBA (en su 200 aniversario)

 

 

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